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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Silva Herzog Jesús

1892-1985

Hijo del profesor de inglés don Joaquín Silva, dipsómano de ascendencia española, y de doña Estefanía Herzog, de origen austriaco, nació en San Luís Potosí el 14 de noviembre de 1892. Desde niño tuvo problemas en los ojos, quedó ciego y después recuperó la visión muy parcialmente. A los siete años ingresó a la primaria de párvulos y más tarde al Seminario, aunque sería agnóstico el resto de su vida. Continuó sus estudios hasta que volvió a enfermar de la vista; sin embargo, desde los 13 años comenzó a escribir versos y prosa.

En 1910 obtuvo trabajo en la tesorería de su Estado natal y por las tardes se dedicaba a la lectura a pesar de su deficiente visión. Entre 1912 y 1914 radicó con su tío el reputado médico Alfred W. Herzog en Nueva York. Tras haber iniciado estudios de economía en la Paine Uptown Business School, mejor se dedicó a la lectura en la Gran Biblioteca de la Quinta Avenida.

Al regresar del país del norte, Silva Herzog se vio envuelto en el torbellino de la revolución mexicana. Así reflexionaría más tarde: “Una revolución es un movimiento popular violento cuando se han agotado los medios pacíficos para transformar las estructuras económicas, sociales y políticas; es por otra parte, la sustitución de una clase en el poder por otra clase social”…en las revoluciones, cuando lo son de verdad, se mezclan el bien y el mal; los ideales y el crimen; son así como un torbellino, como un viento huracanado que derriba lo que está en pié y suele levantar lo más bajo y aun la basura de los muladares; destruye, transforma, después construye y crea nuevas formas de convivencia social. Todo esto fue lo que presencié durante largos meses”…en hechos históricos como la Revolución mexicana los hombres suelen perder su calidad humana y volverse bestias carniceras. Las revoluciones son necesarias en determinados momentos históricos, son el único medio para marchar hacia adelante y abrir las puertas del porvenir”, escribirá luego.

En abril de 1914 fue un fogoso orador en un mitin antinorteamericano realizado en San Luís Potosí en protesta por la invasión de Veracruz. Trabajó como reportero para varios periódicos: El Demócrata, Redención y El Universal. En ese mismo año de 1914, se unió a las fuerzas de Eulalio Gutiérrez, de quien fungió como su orador y con quien asistió a la Convención de Aguascalientes para reportar acerca de lo que ocurría en esa reunión revolucionaria. Cuando Eulalio Gutiérrez fue nombrado presidente provisional y con el apoyo de villistas y zapatistas tomó la capital de la República, Silva Herzog regresó a San Luís Potosí con la idea de fundar un diario.

A la derrota de los convencionistas, Álvaro Obregón tomó San Luís Potosí y Silva Herzog fue presionado por la gente para que hablara ante el general vencedor del villismo; con gran audacia instó al pueblo a combatir a todo político que lo engañe y no cumpla sus compromisos, de frente al general constitucionalista.

Días después inició la publicación del periódico Patria y se presentó ante el general Gabriel Gavira, gobernador y comandante militar carrancista para manifestarle sus antecedentes convencionistas. Gavira le aseguró que no había problema y podía continuar su vida normal. Sin embargo, en julio de 1915 fue detenido por sus actividades periodísticas. En agosto de 1916, fue apresado nuevamente y sometido a Consejo de Guerra a pesar de ser civil; Silva Herzog se defendió personalmente y en varias ocasiones fue advertido de fusilamiento: “Pido a ustedes que antes de dictar su sentencia, consulten a los tres mejores consejeros que tiene el hombre; consulten a su conciencia; consulten a su corazón; y si creen en algo infinitamente grande que a falta de otro nombre llamamos Dios, consulten a Dios”. Finalmente fue condenado a tres años de prisión. Después escribirá en sus memorias: “Sólo el que ha sido prisionero y sabe lo que es que lo encierren con candados a las seis de la tarde, y que le abran su celda a las seis o siete de la mañana del día siguiente, y que no pueda salir de un espacio sumamente corto, sólo el que no sabe lo que es eso, puede decir que no tiene importancia ser prisionero.”

Tras cuatro meses fue liberado por su amigo el general carrancista Vicente Dávila, nuevo gobernador y jefe militar; entonces se dedicó al comercio de las medicinas viajando a Nueva York para importarlas. Con el dinero ganado fundó Proteo, la revista de literatura y arte de San Luís en 1917.

A finales de ese mismo año, marchó a la ciudad de México y obtuvo un modesto empleo en el gobierno del Distrito Federal. En 1919 ingresó en la Escuela Normal para Profesores de Primaria como profesor de inglés y en enero de 1920 contrajo matrimonio.

Los años siguientes, paralelamente a sus estudios de los clásicos griegos y latinos, así como de la Biblia; se inscribió en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México y fue alumno de Antonio Caso, Carlos Lazo y Ezequiel A. Chávez. De 1921 a 1923 estudió economía política con el profesor alemán Alfonso Goldschmidt, de orientación marxista. Así realizó estudios de postgrado que concluyeron en 1923, cuando se le otorgó el grado de doctor.

También participó como escritor y orador en la campaña para gobernador de San Luís Potosí, de Aurelio Manrique.

De ahí en adelante siguió una notable trayectoria académica: fue profesor de economía política en la Escuela Nacional de Maestros de 1925 a 1928; profesor de economía política e historia del pensamiento económico en la Escuela Nacional de Agricultura de 1923 a 1928; profesor de Problemas Sociales y Económicos en la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional de 1928 a 1930; profesor de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Nacional de 1931 a 1959.

En 1939 promovió la creación de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, de la que fue su primer director entre 1940 y 1942. Asimismo, fue miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM de 1945 a 1962, y distinguido como profesor emérito de la misma universidad en 1960. También, un año antes, en 1959, mereció el doctorado por la Universidad de Toulouse, Francia. En 1962 recibió del presidente Adolfo López Mateos el Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Tan importante como su labor académica fue su participación en la política activa: en 1921 militó en el Partido Nacional Agrarista, en cuyo órgano informativo, Combate, llegó a colaborar; en 1926 trabajó como técnico en la elaboración de la Ley y Reglamento de los Bancos Agrícola y Ejidal. En compañía de Gilberto Loyo y bajo la dirección de Juan de Dios Bojórquez reorganizó el Departamento de Estadística Nacional, que dependía directamente de la Presidencia de la República, y fue director de Estadística Económica de la misma dependencia.

En 1927 fue consejero de la Liga Nacional Campesina que dirigía Úrsulo Galván, para organizar cooperativas de producción y consumo. Entonces publicó su primer libro: “Apuntes sobre Evolución Económica de México”.

Luís Montes de Oca lo nombró asesor en la reorganización de los Ferrocarriles Nacionales de México y luego jefe del Departamento de Bibliotecas y Archivos Económicos.

Al ser asesinado el presidente electo Obregón y organizarse el Partido Nacional Revolucionario por el general Calles, Silva Herzog vislumbró una era de estabilidad y años después, escribiría: “el asesinato, la corrupción y el PNR, formaron inicialmente el triángulo de la estabilidad política de México”.

En 1928 participó en la fundación del Instituto Mexicano de Estudios Económicos junto con Alfonso Goldschmidt, Julio Antonio Mella y Víctor Raúl Haya de la Torre. A finales de este año, fue nombrado por Genaro Estrada miembro de la legación de México en Moscú, única representación diplomática de un país americano en la URSS. De sus experiencias de esta etapa del desarrollo del socialismo real, algunas esperanzadoras y otras amargas y desilusionantes, “¿Dónde está la revolución?”, dio cuenta en un folleto titulado Aspectos Económicos de la Unión Soviética. Descubrió que  “la política interior del gobierno soviético podía expresarse con las tres palabras siguientes: propaganda, censura y represión”.

El fusilamiento durante la rebelión escobarista de dos líderes de la Liga Nacional Campesina, también miembros del Partido Comunista, provocó un manifiesto de la Tercera Internacional en contra del gobierno mexicano, el cual fue refutado por Silva Herzog, quien a partir de entonces ya no fue tan bien tratado por los soviéticos. El enfriamiento de relaciones se agudizó por el desacuerdo que el gobierno mexicano manifestó por la violencia a que llegaba el conflicto sino-soviético. En este ambiente, Silva Herzog solicitó ir a Berlín, en donde durante tres meses estudió técnicas estadísticas. Ahí se enteró de que México y la URSS habían roto relaciones por la injerencia del embajador soviético en cuestiones internas mexicanas.

De regreso a México permaneció en disponibilidad en la Secretaría de Relaciones Exteriores.

En 1930 ingresó al Partido Nacional Revolucionario, bajo la presidencia de Emilio Portes Gil, de cuyo comité ejecutivo nacional fue secretario de Asuntos Exteriores. Silva Herzog participó en la fundación de la Universidad Obrera y Campesina, junto con Miguel Othón de Mendizábal. Sin embargo, pronto abandonó la organización. La Universidad que auspició fue suprimida por Lázaro Cárdenas, cuando tomó el mando del mismo partido.

En 1932 fue director fundador de la oficina de Estudios Económicos de Ferrocarriles Nacionales de México.

Al asumir la presidencia de la República el general Abelardo L. Rodríguez ratificó como su secretario de Educación Pública a Narciso Bassols y a Silva Herzog como oficial mayor primero, y después como subsecretario de la misma dependencia. Pero los grupos opuestos a su política educacional, principalmente señoras que cerraban las escuelas en contra de la educación sexual, provocaron la renuncia de Basssols, quien fue sustituido por Eduardo Vasconcelos. Al poco tiempo, Silva Herzog renunció también al no coincidir con la nueva política educativa.

Cuando Bassols fue nombrado secretario de Hacienda por el presidente Cárdenas, Silva Herzog fungió como Director de Egresos. Más tarde fue consejero del secretario del ramo en estudios económicos y hacendarios, cuando Bassols fue sustituido por Eduardo Suárez.

En 1937, como secretario de la Comisión Pericial, Silva Herzog dirigió y coordinó el dictamen económico en el conflicto petrolero, que fue clave para la expropiación de la industria petrolera. Durante el proceso de elaboración del dictamen, Silva Herzog rechazó un soborno de tres millones de pesos que la parte patronal le ofreció a cambio de concluir a su favor. El documento final, que sirvió de base al laudo de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje y a la sentencia final de la Suprema Corte de Justicia, “contenía al principio 40 conclusiones, tremenda requisitoria contra las compañías que durante más de un tercio de siglo habían explotado los mantos petrolíferos de México. Se decía que no obstante las cuantiosas utilidades obtenidas, jamás habían realizado una sola obra de beneficio social; se decía que solían ocultar sus utilidades por medio de maniobras contables para burlar el pago del Impuesto sobre la Renta…se ordenaba que debían pagar salarios y prestaciones sociales”.

Al darse a conocer el contenido del dictamen, sus autores fueron duramente atacados por la prensa al servicio de las empresas. Pero el 2 de septiembre de 1937, Silva Herzog pudo demostrar ante el presidente Cárdenas y los representantes de las compañías petroleras, que éstas no eran mexicanas, como se ostentaban, sino subsidiarias de consorcios extranjeros, así como la manera como ocultaban sus grandes ganancias para evadir impuestos. “El presidente de la República citó en su despacho del Palacio Nacional a los representantes de las compañías y a los peritos, algo así como un careo entre unos y otros. Al comenzar la junta, el gerente de la Compañía Mexicana de Petróleos El Águila [...] tomó la palabra afirmando que su compañía era mexicana y que no era cierta nuestra afirmación de que era subsidiaria de una entidad extranjera. Llegué muy bien preparado. Saqué de mi portafolio un periódico financiero londinense y leí, traduciendo al español, un informe de la Royal Dutch Schell correspondiente al año 1928, en el cual se decía: Nuestra subsidiaria, la Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, ha obtenido buenas utilidades durante el último ejercicio”.

Poco después, Silva Herzog fue designado director de la empresa estatal Productora Importadora de Papel SA, PIPSA. Además viajó a Washington en febrero de 1938 para informar al embajador Francisco Castillo Nájera sobre la posibilidad de que las empresas petroleras no se sometieran a las decisiones de la Suprema Corte mexicana.

Tras varios meses de negociaciones y al declararse en rebeldía las compañías ante la sentencia de la Suprema Corte de Justicia, vino la expropiación. La reacción de las empresas fue una campaña de prensa para augurar el fracaso, etiquetar a la medida de comunista, esparcir rumores de rebeliones y de violencia en el país, así como retirar sus carros y buques tanques para impedir la distribución, negar la venta a México de equipo, refacciones y materiales básicos para la industria, y aun amenazar a los posibles compradores del petróleo mexicano.

Silva Herzog escribió en su autobiografía: “Por fortuna para México, el mundo capitalista es un sistema lleno de pugnas, luchas y contradicciones...en el cual la fiebre del lucro es la palanca que lo mueve; y a pesar de la solidaridad entre industriales y comerciantes, cada industrial o comerciante está dispuesto a traicionar a sus congéneres en cuanto percibe la posibilidad de un buen negocio”. Fue así que paulatinamente, con el solo retiro del embajador inglés, y ante la inminente guerra mundial, se fueron venciendo las resistencias y los obstáculos que ponían quienes querían hacer fracasar la expropiación. “Las compañías petroleras procuraban por todos los medios [...] presionar al gobierno de Washington para que exigiese que el gobierno de México derogara el decreto expropiatorio [...] El presidente Roosevelt no les hizo caso [...] y reconociendo el derecho de México a expropiar mediante una compensación propia y justa…La explicación, a mi juicio, es muy sencilla: diez días antes del 18 de marzo, las tropas de Hitler avanzaron sobre Austria y ocuparon la ciudad de Viena. Desde aquel momento se vio que la guerra, la Segunda Guerra Internacional, era inevitable…La expropiación de los bienes de las empresas petroleras y la lucha contra ellas poco después tuvo, a mi parecer, matiz de epopeya. El héroe fue el pueblo de México; su caudillo, no hay que olvidarlo, se llama Lázaro Cárdenas”.

El 10 de mayo de 1939, Silva Herzog fue designado gerente general de la Distribuidora de Petróleos Mexicanos, encargada de las finanzas y del comercio, puesto que ocupó hasta 1940 (PEMEX se dedicaba sólo a la producción). Durante este año participó en Washington en las negociaciones con la petrolera expropiada Sinclair, representada por Hurley, y logró que en el convenio de indemnización se reconociera el derecho soberano de México a expropiar. “Un domingo […] en la biblioteca de nuestra Embajada de Washington, tuvimos una entrevista Hurley y yo; me dijo que Sinclair estaba de acuerdo en el convenio, en lo general, pero que exigía que en la cláusula correspondiente se dijese que el pago de los ocho millones quinientos mil dólares se pagaba por compra de sus empresas por el Gobierno de México y no por la expropiación; que de lo contrario, se negaba a dar su aprobación. Inmediatamente bajé a ver al Embajador [...] y le dije: ‘Señor Embajador, hemos trabajado durante un largo mes, a menudo agobiados por injustificadas preocupaciones; pero es necesario, absolutamente necesario, mantener que el pago se haga por la expropiación de las empresas de Sinclair, porque sentará un precedente importantísimo en futuras negociaciones; si no se acepta, tengamos el valor de fracasar’. Castillo Nájera estuvo de acuerdo conmigo [...] y subí a comunicárselo a Hurley. Se puso nervioso y dio un grito diciéndome que así gritaban los pieles rojas y que él era un piel roja [...] A las once de la noche me llamó por teléfono al hotel, anunciándome que Sinclair aceptaba el documento tal y como había sido redactado. Habíamos ganado una batalla.”

Más tarde fue director del Departamento de Estudios Financieros (después Hacendarios) de la Secretaría de Hacienda, de 1942 a 1945, y subsecretario de Hacienda, de 1945 a 1946, cuando sufrió la extirpación del ojo derecho. Dos años más tarde quedó completamente ciego. Sin embargo, casi al final de su vida expresaría: “Hace veinte años que no veo las letras de los libros y de vez en cuando ya no recuerdo cómo se escriben algunas palabras. No vivo triste ni amargado; vivo alegre y optimista; soy un discípulo del griego Zenón. La vida es buena, la vida es un privilegio… Puedo decir que he vencido la tremenda limitación de mis ojos”.

En el ámbito cultural también desarrolló importantes actividades. Tuvo una relevante participación en la fundación del Fondo de Cultura Económica, en septiembre de 1934; en 1942 fundó la revista Cuadernos Americanos, título sugerido por Alfonso Reyes, que aprovechó el destierro de españoles republicanos y de la que después fue director durante un largo periodo (1948-1981), cuyo propósito fue recoger la herencia de Europa, contribuir al florecimiento de la cultura mexicana y americana, a través del diálogo que permitiera dar a conocer sus problemas y sus hombres, defender la democracia, “la libertad del hombre, la dignidad del hombre, la decencia en la vida del hombre, la eliminación del temor, el mejoramiento de la vida humana”.

En noviembre de 1949 fue elegido miembro del Colegio Nacional.

Luchador de izquierda, condenó el uso de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, apoyó al gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz contra la agresión norteamericana (“las armas entregadas por los Estados Unidos a las dictaduras latinoamericanas para la defensa del continente, para la defensa de la justicia, la democracia y la libertad, se han utilizado y se están utilizando por los dictadores para asesinar en sus propios territorios la libertad, la justicia y la democracia”); defendió a la revolución cubana y estuvo en contra de la guerra de Vietnam: “estamos en contra de todo lo que rebaja al hombre, de todo lo que lo deprime, de todo lo que lo daña; estamos en contra de la injusticia, de la maldad y del crimen. Somos, como todos los progresistas, inconformes con lo que es porque soñamos en lo que debe ser. La historia es una hazaña de la inconformidad”.

Reconoció el gran avance que significó para el país la Revolución, pero manifestó su insatisfacción con lo alcanzado hasta entonces: “México debe mucho a la Revolución. Le debe la Constitución de 1917, cuajada de un extraordinario espíritu social. Le debe la reforma agraria, que ha promovido el reparto de más de 37 millones de hectáreas de tierra entre un millón ochocientas mil familias. Le debe la expropiación del petróleo, gesta sin precedentes llevada a cabo durante el gobierno más revolucionario del país, el de Lázaro Cárdenas. Pero mentiría si dijera que todo está hecho. Todavía hay en México más de dos millones de campesinos sin tierra, todavía hay mucha hambre, muchas necesidades y mucha incultura sin resolver”.

Nunca consideró que la Revolución Mexicana tuviera tintes socialistas: “Lo del socialismo de la Revolución mexicana no es cierto. El socialismo, ya sea reformista o revolucionario, consiste en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, en la existencia de una sola clase social y en que la producción se realice con fines de bienestar social y no lucro individual. El artículo 123 Constitucional no es socialista, ya que reconoce la existencia del capital privado, y el articulo 27 tampoco lo es, porque acepta la propiedad privada de: la tierra y de otros bienes materiales, aun cuando se declare el dominio de la nación inalienable e imprescriptible sobre la riqueza subterránea.”

Y señaló la necesidad de un nuevo ciclo de cambios más allá de la Revolución: Toda revolución tiene su periodo de gestación, desarrollo y muerte. Y estimo que aunque nuestra revolución no cumplió todos sus objetivos, ya cerró su círculo. Hoy hacen falta nuevas fórmulas, objetivos e ideas”.

Publicó numerosas obras que dejan ver su pensamiento progresista: La Reforma Agraria en México y otros países (1934), Petróleo mexicano, historia de un problema (1941), Historia del pensamiento económico de México (1947), México y su petróleo. Una lección para América (1959), El agrarismo mexicano y la reforma agraria (1959), Breve historia de la Revolución Mexicana (1960), Trayectoria ideológica de la Revolución Mexicana (1963), Una historia de la Universidad de México y sus problemas (1974), y un par de libros de memorias: Una vida en la vida de México y Mis últimas andanzas, entre otros.

Murió en la ciudad de México el 14 de marzo de 1985 Silva Herzog, quien según Benjamín Carrión “predicó con la palabra y con la acción. Pero sobre todo, predicó con su vida”. “Fue en suma, la encarnación de la integridad, la rectitud y la honradez, en un país y en un medio en que estos atributos hace tiempo que se han enrarecido”, escribió Gustavo Martínez Cabañas.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

 

Efeméride 14 de noviembre de 1892. Muerte 14 de marzo de 1985.