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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Juan Prim y Prats
1814-1870

Nació en Reus el 6 de diciembre de 1814, hijo de Teresa Prats Vilanova y del notario Pablo Prim Estapé, capitán de la legión catalana durante la Guerra de la Independencia y, después en la primera guerra carlista, jefe del batallón de Tiradores de Isabel II.

Durante la llamada Guerra de los Siete Años, a la edad de diecinueve años, se alistó en el primer batallón isabelino de Cataluña, al mando del capitán general de Cataluña Manuel de Llauder y de Camins. El  7 de agosto de 1834 participó por primera vez en combate. A partir de entonces, comienza a distinguirse por su intrepidez y valor en la lucha cuerpo a cuerpo, lo que le merece ser ascendido a oficial con nombramiento de teniente. Tras luchar en varias batallas contra los carlistas, resultó herido en Vilamajor del Vallés y fue ascendido a capitán. Durante la toma de San Miguel de Serradell, capturó personalmente la bandera del cuarto batallón carlista de Cataluña, por lo que le fue conferida la Cruz Laureada de San Fernando de primera clase. En el asaltó a Solsona, logró escalar personalmente el fuerte abriendo las puertas, por lo que fue ascendido a comandante. Tras el combate de Ager se le otorgó el grado de mayor, a cargo de la línea de Solsona-Castellvell, por la cual se transportaba el aprovisionamiento carlista. En los siguientes combates perdió su caballo varias veces  y  resultó herido, por lo que fue premiado con la cruz de San Fernando y el grado de coronel. Así terminó la guerra, habiendo ganado merecida fama.

En 1840 Prim se adhirió a los constitucionalistas progresistas, que estaban dirigidos por Calatrava y Mendizábal y al año siguiente ganó la diputación por la provincia de Tarragona y fue confirmado como coronel. Además, el regente Joaquín Baldomero Espartero lo nombró Subinspector de Carabineros de Andalucía. En este cargo evitó que los partidarios de devolver la regencia a Maria Cristina, al mando de Ramón María Narváez y Campos entraran a España por Gibraltar

Prim acusó a Espartero de tener más sometido el territorio catalán, de favorecer los tejidos ingleses y de arruinar la industria textil catalana. Al estallar la sublevación de Barcelona, que España tachó de separatista, Espartero bombardeó esta ciudad. Ambos hechos provocaron el rompimiento de Prim con Espartero.

En 1845, Prim se unió en París a la llamada “Orden Militar Española” encabezada por Leopoldo O'Donnell cuyo propósito era el derribamiento de Espartero. A su regreso a España, Prim fue aprehendido y luego liberado, por lo que regresó a su pueblo natal de Reus.

Al sublevarse Cataluña contra Espartero, Prim dirigió la rebelión en Reus, ciudad que tuvo que abandonar ante la llegada de las tropas del general Martín Zurbano, para dirigirse a Barcelona. Después marchó a Madrid, a donde llegó al otro día que el general conservador Narváez había tomado la ciudad, pero fue nombrado brigadier por Francisco Serrano y Domínguez, que en Barcelona había asumido la cartera de Guerra.
 
Cuando se produjo una rebelión contra los conservadores, Prim fue nombrado gobernador militar y comandante general de la provincia de Barcelona. Derrotó a los revolucionarios, lo que le ganó el grado de general. Después pacificó  otras zonas agitadas en Cataluña. Por eso recibió el título de Conde de Reus y Vizconde del Bruch.

A su regreso fue nombrado por los conservadores comandante militar de Ceuta, cargo que rehusó, por lo que tuvo que salir de España. De vuelta fue acusado de un complot y condenado a seis meses de prisión en el fuerte gaditano de San Sebastián, pero su madre obtuvo la gracia por Narváez, Prim fue liberado y se refugió en el extranjero.

Regresó durante el gobierno de Joaquín María Pacheco que concedió la amnistía.

En 1847, el ministro de la Guerra, Fernández de Córdoba, lo nombró Capitán General de Puerto Rico. Ahí Prim se mostró racista y cruel al perseguir a las guerrillas rebeldes. Capturó y fusiló a su jefe “El Águila”. También ayudó a la represión de los negros de Martinica que supuestamente atacaron una de las Antillas Danesas. Por este motivo se le concedió  la condecoración danesa de la Dannebrog.

Al año siguiente, regresó a España y se presento como candidato por varios distritos electorales catalanes y fue elegido por el de Vic. Sin embargo, las Cortes fueron disueltas y no asumió el cargo.

En 1851, Prim volvió a presentarse por Vic, pero el gobierno le ofreció de nuevo el puesto de Capitán General de Puerto Rico. Prim aceptó y se retiró de la elección, pero pasada ésta se anuló el nombramiento, de modo que quedó sin escaño y sin puesto. Pero un diputado progresista que había obtenido su escaño por dos distritos y dejaba libre uno de ellos en Barcelona, dio su apoyo a Prim para reemplazarlo. Obtuvo el puesto luego de prometer defender el liberalismo progresista. Así lo hizo durante sus actividades parlamentarias. Pero salió nuevamente del país, cuando el ministerio de Juan Bravo Murillo disolvió las Cortes. Estando en Francia fue reelegido por Barcelona. Entonces encabezó la oposición en el Parlamento, el cual fue nuevamente disuelto en 1853 y Prim salió a otra vez a Francia.

Al estallar la Guerra de Crimea, Prim fue designado delegado observador español en el frente turco. Presenció varias acciones, como el ataque de la isla de Totorkan, durante el cual pudo aconsejar acertadamente la colocación de la artillería, lo que le ganó que el  Sultán le otorgara la condecoración de Medjidie y un sable de honor.

En Turquía le sorprendió la victoria liberal en España, en donde O’Donnell y Espartero pactaron un acuerdo de colaboración para ejercer el poder. A su regreso, ninguno de ellos le ofreció cargo alguno.

En 1854, Prim fue elegido para las cortes constituyentes con apoyo liberal, republicano y socialista. Pero su participación no fue brillante y renunció para asumir la Capitanía General de Granada con la plaza aneja de Melilla. Ahí derrotó a los rebeldes  kabileños en Cabrerizas y en 1856 ascendió a Teniente General.

Al tomar el poder O’Donnell, Prim fue cesado como capitán general de Granada. Después fue acusado de faltar al honor militar y condenado a seis meses de castillo, por haber criticado al nuevo gobierno de Narváez, que derogó la ley de desamortización de los bienes del clero. La pena fue conmutada por un nuevo destierro en Alicante bajo palabra de no intentar escapar.

Entonces fue elegido para un escaño por el distrito de Reus por una mayoría abrumadora. Pero no tomó posesión porque se disolvió el parlamento y Prim obtuvo permiso para viajar a Vichy, Francia.

En 1856, O’Donnell volvió al poder con un nuevo partido llamado Unión Liberal, al cual se integró Prim. En estos años fueron asesinados en México unos hacendados españoles en San Vicente y Chiconcuac, supuestamente por fuerzas del general liberal Juan Álvarez, lo que levantó la ira popular en España. En 1857 se rompieron las relaciones diplomáticas entre ambos países y algunos sectores políticos exigían la guerra contra México. Prim se opuso a esta guerra como miembro del Senado: “EI Senado ha visto, con pena que las diferencias habidas con México subsisten todavía. Estas diferencias hubieran podido tener una solución pacifica, Señoría, si el Gobierno de V. M. hubiera estado animado de un espíritu más conciliador y justiciero. El Senado entiende que el origen de esas desavenencias es poco decoroso para la nación española, y por lo mismo ve con sentimiento los aprestos de guerra que hace nuestro Gobierno, pues la fuerza de las armas no nos dará la razón que no tenemos. ¿Cómo me ha de probar Su Señoría que en todos los tiempos no habrá derecho para reclamar contra el dolo y el fraude? Yo sostengo, y no soy letrado, que en todos los casos en que se hiciese una transacción entre dos particulares, dando el uno títulos y recibiendo una escritura con promesa de que serían satisfechos en tal o cual cantidad y en tales o cuales plazos, si después resultasen falsos títulos, se le podría decir con razón: ‘No pago, y a más de no pagar voy a entregar a usted a los Tribunales.’ Esto es lo que debe ser, lo que está en la sana razón, lo que sirve de base a todas las leyes del mundo: lo contrario sería proteger el dolo y la falsía...”

Fue acusado de proteger los intereses de su esposa mexicana Francisca Agüero y González Echeverría, emparentada con José González Echeverría que formaba parte del gobierno liberal de Benito Juárez, opuesto al gobierno que habían establecido los conservadores al margen del orden constitucional. La esposa de Prim pertenecía a una de las familias más acaudaladas de México, dedicada al agio y a la explotación de las minas de plata en Fresnillo, Zacatecas. Después de la invasión norteamericana, ella y su madre residieron en París y ahí tuvieron contacto con mexicanos liberales moderados, partidarios de Comonfort, y convencidos de la poca viabilidad del proyecto para traer un monarca europeo por el que trabajaban los conspiradores que las frecuentaban y de la necesidad de apoyar el proyecto liberal como único camino para que el país saliera del caos político y económico en que se encontraba. Estas ideas eran afines al pensamiento de Prim.

Según Antonia Pi-Suñer Llorens (El general Prim y la cuestión de México): “La Casa Agüero González, de importante trayectoria como prestamista, tenía algunos créditos que reclamaba al gobierno mexicano. Por eso Prim no podía permanecer indiferente ante la situación política y económica de México que afectaba directamente los bienes de su familia política y aún los de su propia esposa.”

La guerra con México no prosperó, pero O’Donnell buscaba un enemigo exterior para distraer la atención de los problemas interiores y en 1859 declaró la guerra a Marruecos, pese a que el Sultán estaba dispuesto a dar satisfacción completa a todas las reclamaciones españolas. Prim pidió incorporarse a la fuerza expedicionaria y fue nombrado comandante de la división de reserva. Marchó a Ceuta y en diversas acciones de guerra volvió a mostrar su valor, audacia y habilidad, aun en combates cuerpo a cuerpo y en condiciones desventajosas. También se condujo extremadamente sanguinario, al punto que durante muchos años se asustaba a los niños marroquíes con la frase “¡Que viene Prim!”. 

La guerra finalizó con la firma de la Paz de Tetuán el 26 de abril de 1860. A su regreso, Prim recorrió el trayecto de Alicante a Madrid recibiendo las aclamaciones de las multitudes que se reunían a su paso. Asimismo fue objeto de múltiples honores: arcos de triunfo, nombramientos de hijo adoptivo por varias ciudades, sables de honor, y similares. Por su parte, la reina le otorgó el marquesado de Castillejos con Grandeza de primera clase. Después fue nombrado director del Cuerpo de Ingenieros.

Así culminó su camino de ascenso militar y social, en el que Prim no tuvo empacho en cambiar de partido, en comportarse con crueldad extrema y en exhibir sus ambiciones de triunfo y ansia de gloria. Se cuenta que cuando los reusenses lo acusaron de llevarles agitación y represión, Prim respondió que un día, allí le levantarían una estatua. Y así fue, actualmente en la Plaza llamada “Prim” se encuentra su estatua ecuestre. También se dice que estando a punto de ascender a general si vencía en combate expresó su firme decisión de: “o caja o faja”, esto es, la caja para el entierro, o la faja de general.

Durante el conflicto entre liberales y conservadores que desencadenó en México la llamada Guerra de Reforma, España reconoció al gobierno conservador de Miramón, que fue derrotado por los juaristas en diciembre de 1860.

La guerra había vaciado las arcas mexicanas y la venta de los bienes nacionalizados del clero, no fueron suficientes para hacer frente a los gastos del gobierno de Juárez, a pesar de que había reducido al máximo la dimensión de su administración, además, algunos gobernadores, como Santiago Vidaurri, se resistían a entregar a la federación sus derechos aduanales y la persecución de las gavillas conservadoras aun cargaban sobre el presupuesto. Como una medida urgente, el 17 de julio de 1861 se declaró una moratoria de los pagos de la deuda externa y las convenciones diplomáticas firmadas con España, Francia e Inglaterra. De inmediato los ministros plenipotenciarios Alphonse Dubois de Saligny (Francia) y Charles Lenox Wyke (Inglaterra) rompieron relaciones con México.

España, desde la independencia de la excolonia, había mantenido relaciones conflictivas con México, que periódicamente hacían crisis por las reclamaciones de los agiotistas españoles que financiaban a los grupos en pugna, y al triunfo de Juárez en 1860, demandaba el reconocimiento del Tratado Mon-Almonte que España había firmado con Miramón. Otro agravio fue la expulsión del embajador español Joaquín Francisco Pacheco, activo partidario de los conservadores, que Juárez ordenó a su arribo a la capital de la República

Así, España decidió unirse a Francia e Inglaterra para actuar conjuntamente en la intervención de las aduanas marítimas mexicanas a fin cobrarse sus adeudos. En octubre de ese mismo año de 1861 las potencias acreedoras se reunieron en Londres y firmaron una Convención para hacer que México cumpliera con sus obligaciones, comprometiéndose a no buscar la adquisición de territorio ni involucrarse en su política interna. Invitaron a Estados Unidos a unirse a esta Convención para reclamar también sus adeudos, pero el gobierno norteamericano declinó la invitación, envuelto como estaba en una guerra civil.

Cada potencia perseguía fines distintos. Inglaterra sólo el pago de su deuda, consciente de que a futuro los Estados Unidos no permitirían propósitos de mayor alcance, por eso sólo aportó setecientos hombres a la fuerza conjunta de intervención. Francia ambicionaba no sólo el pago de la deuda, sino establecer una monarquía aliada, asegurar materias primas y mercados para la industria francesa, aprovechar la posición geográfica que esa “intersección entre Oriente y Occidente” para el comercio francés y defender la raza y cultura latinas de la expansión norteamericana.

España pretendía, además del pago de la deuda, reafirmar su prestigio perdido como antigua dueña de casi toda América y prevenir la posible pérdida de la única colonia que aun mantenía en Cuba; aunque algunos soñaban con establecer una monarquía bajo un príncipe español.

El mando de la fuerza expedicionaria de España se otorgó a Prim, pero al llegar a La Habana se encontró que las fuerzas españolas habían partido ya por decisión del general Serrano, Capitán General de Cuba y se habían apoderado de San Juan de Ulúa y Veracruz en México. El contingente español formado por unos seis mil hombres era el primero y el más numeroso enviado por las potencias aliadas contra México.

Prim llegó a Veracruz en enero de 1862,  prácticamente al mismo tiempo que las más reducidas fuerzas francesas e inglesas. Encontró que sus tropas comenzaban a sufrir el clima inhóspito de la región y que el llamado vómito negro diezmaba a su gente, al grado de que iniciar otras acciones resultaba muy aventurado. Por su parte, el gobierno de Juárez no atacaba a los invasores en espera de llegar a un acuerdo sin llegar a la guerra y para hacer las relaciones más tersas con las potencias, nombró secretario de Relaciones al moderado Manuel Doblado, y de Hacienda a González Echeverría, tío de la esposa de Prim.

Para evitar un desastre aun sin combatir, Prim solicitó permiso al gobierno mexicano para instalar sus tropas en un lugar más saludable y al no obtener respuesta en los siguientes dos meses, se entrevistó con González Echeverría, su pariente político, y logró el consentimiento para instalarse en Orizaba, Córdoba y Tehuacan, en tanto tenían lugar las negociaciones.

En el poblado de Soledad, Veracruz, a mediados de febrero se iniciaron las negociaciones con el propósito de firmar un tratado, que después llevaría el nombre de esta localidad. Al mismo tiempo, desembarcaba un importante contingente francés al mando del general Lorencez y con él, Juan Nepomuceno Almonte, encargado de organizar el establecimiento en México de un régimen monárquico con el apoyo de Francia.

Manuel Doblado y Prim acordaron los tratados preliminares, que fueron firmados por los comisionados de las tres potencias. Sus puntos principales fueron el reconocimiento del gobierno de Juárez y el compromiso de México a no “perdonar sacrificio alguno” para pagar sus adeudos. En las siguientes negociaciones, Doblado, Prim y Wyke acordaron dejar la deuda en “el mismo ser y estado” en que se encontraba antes de la declaración de la moratoria, y que cada potencia tenía derecho a nombrar un interventor en la aduana de Veracruz para verificar que los pagos se realizaran puntualmente. Se dio satisfacción así a las reclamaciones de Inglaterra y España. También se cuenta que los familiares de la esposa de Prim, lograron el pago de lo que les adeudaba el gobierno mexicano.

El 17 de marzo de 1862 Prim escribió a Napoleón III: "Mis ideas no pueden ser sospechosas, pues siempre he estado como soy, francamente ataché a la monarquía constitucional; lo que quiere decir que si yo viese la posibilidad de consolidar aquí una monarquía constitucional, coadyuvaría con mis buenos deseos y leales consejos. Mais, mon cher, creo que semejantes pensamientos son de imposible realización, si hemos de contar con la voluntad del país, por la terminante y concluyente razón de que en México no hay monárquicos. Ahora se presentan como tales algunos jefes del partido caído; aceptan la idea otros pocos hombres de posición financiera, que no harán nada para que la idea llegue a ser un hecho; pero unos y otros jamás formarán un milésimo población, y el resto, que será la inmensa mayoría, combatirá la monarquía cada uno como pueda; unos con las armas, otros con el silencio y la inercia, y la monarquía impuesta por las bayonetas extranjeras causaría heridas de muerte, y el solio del príncipe extranjero rodaría por el suelo el día que le faltase el apoyo de los soldados de Europa".

Pero Napoleón III ya había decidido convertir a México en Imperio con el Archiduque Maximiliano de Austria como Emperador, y Prim recibió su mensaje pidiendo la cooperación de las fuerzas españolas a su mando “para afianzar el orden en el país mexicano”, lo cual violaba todas luces la Convención de Londres.

A continuación, los franceses desconocieron la firma del contralmirante Jurien de la Gravière en los tratados de Soledad y el 9 de abril, tras una ríspida discusión entre los tres delegados de las potencias, se dio por rota la Convención de Londres.

En la sesión del 15 de abril de 1862, el delegado francés, anunció su apoyo a los conservadores opuestos a Juárez, y acusó a Prim de querer coronarse él mismo como Emperador. Prim rechazó estas afirmaciones y ordenó la retirada inmediata de sus tropas. Siguieron su ejemplo los ingleses. Los franceses se quedaron solos en su aventura imperialista.

Para Genaro Estrada (La labor diplomática de Prim en México): “Don Juan Prim, una vez cumplido su deber de dar a conocer a los aliados de su Gobierno la injusticia de la causa que explotaban; expuestos sus puntos de vista personales a su propio Gobierno y particularmente a los políticos de su país; convencido profundamente de que, de continuar adelante, no hubiera podido salvar a su patria de la sentencia de la posteridad, embarcó sus tropas, salió del país y volvió, con la estupenda serenidad en que a veces se resolvía su carácter impetuoso, a explicar una vez más su conducta y a esperar, con su peculiar decisión, el fallo que se diera a tan atrevida empresa de diplomático…Debemos señalar… tres aspectos principales de la conducta del general Prim en la expedición a México: su exquisita prudencia, propia del más hábil diplomático; su rápido y certero conocimiento de la situación de México, determinante de su inquebrantable resolución final, y su hondo y nobilísimo espíritu de justicia, que lo hizo sobreponer la causa de un pueblo extraño a los propios proyectos de su Gobierno. ¿Qué más podemos pedir los mexicanos para honrar la memoria de un hombre que sirviendo a su patria pudo también prestar a la nuestra un servicio benemérito?”

La reina Isabel, que se oponía a la candidatura de Maximiliano al trono de México, apoyó la decisión de Prim, en contra del propio gobierno español que pretendía congraciarse con Napoleón III. Prim se retiró a La Habana y después viajó a Estados Unidos. A su regresó a España, fue mal recibido y con duros  ataques por su actuación en México de parte de los sectores más conservadores y pero reafirmo la simpatía de los progresistas. Por el contrario, los liberales mexicanos reconocieron que su actitud de rechazo a las pretensiones francesas sirvió a la defensa de México y puso al desnudo que el propósito de Napoleón III, nunca fue cobrar la deuda, sino invadir e imponer una monarquía en  el país.

Por esta decisión, escribe Antonia Pi-Suñer Llorens en su obra citada: “El México liberal guardó desde entonces un gran respeto y admiración por su figura y por su comprensiva y amistosa actitud en una de las peores crisis de su historia”.

Después, Prim abandonó la Unión Liberal y se reintegró al Partido Progresista. Anunció que ellos tomarían el poder antes de dos años y comenzó a boicotear las elecciones mediante la no participación y a buscar alianzas en el ejército. Durante ese tiempo se dieron intentos fallidos de golpe de estado. Sospechoso de participar en las conspiraciones, Prim fue invitado a exiliarse y al negarse a hacerlo se le asignó como residencia Oviedo, después se acogió a una nueva amnistía concedida por Narváez.

Tras la llamada Noche de San Daniel, que resultó en una decena de muertos y medio centenar de heridos en Madrid por la represión gubernamental, Prim impulsó un levantamiento en Valencia que fracasó. Pasó a Francia y reingresó por Pamplona nuevamente sin éxito. Así, desde Francia hacía continuos viajes a Valencia a preparar nuevos levantamientos. Su popularidad crecía y se forjaba su leyenda. Por eso la reina le ordenó comparecer ante ella, pero Prim no obedeció.

Al volver O’Donnell al poder levantó cualquier restricción y amenaza a Prim, quien de regreso a España organizó un golpe para el 2 de enero de 1866 que volvió a fracasar y obligó a los sublevados a refugiarse en Portugal, en Inglaterra y finalmente en Francia. Desde ahí nuevamente prepararon otro golpe que contaría con el apoyo popular. El 21 de junio siguiente estalló la revuelta en Madrid, pero al día siguiente fue derrotado por las fuerzas gubernamentales y varios militares fusilados. Prim ni siquiera pudo salir de Francia, pero fue expulsado a Suiza.

En agosto de 1866, en Ginebra organizó y presidió el Comité de Ostende que reunió a progresistas y demócratas. Realizó otro intento de rebelión en agosto de 1867 de la que sólo resultaron combates aislados en Cataluña y Aragón, sin la presencia de Prim, que no alcanzó a desembarcar y regresó a Suiza y después viajó a Londres.  Entonces fue acusado de propiciar el fracaso de su propio movimiento para que la reina, ante la amenaza, llamase al Partido Progresista al poder.

Al morir O’Donnell y después Narváez, la agitación en España crecía. Prim obtuvo la neutralidad de Napoleón III en el conflicto interior español.  El 12 de septiembre de 1868 salió Prim de Londres en el vapor Buenaventura, disfrazado como criado de los Sres. Bark. En Gibraltar embarcó hacia Cádiz, en donde sublevada la escuadra, fue recibido con vítores. Ahí se formó una junta bajo la presidencia de Topete, con unionistas, progresistas y demócratas en forma paritaria. Luego Prim marchó por la costa sublevando sus ciudades: Málaga, Almería, Cartagena, Valencia y Barcelona.

Para entonces el general Blas Pierrad, Anselm Clave, José María Orense y Mariano Rossell habían proclamado la república en Figueras y la reina Isabel II se había dado a la fuga.. De modo que Prim fue obligado a aceptarla y continuó su recorrido a Madrid donde hizo una entrada triunfal como nunca antes vista.

Recibió la cartera de Estado en el gobierno provisional y Prim, como líder progresista, debía otorgar su beneplácito al nombramiento de jefe de gobierno. La Constitución de 1869 fue aprobada con la forma monárquica por decisión de Prim. Francisco Serrano quedó como regente y nombró a Prim jefe de gobierno, quien se reservó en el gabinete, además de la presidencia, la cartera de Guerra y nombró ministros unionistas y progresistas por igual. El problema entonces fue ofrecer el trono de España a una de las casas reinantes de Europa. Fueron varios los candidatos, unos no aceptaban, otros eran rechazados

En el ínterin, Prim propuso la independencia de Cuba si así lo decidía el pueblo cubano en referéndum, una amnistía para los patriotas cubanos, y una compensación a España garantizada por Estados Unidos. Pero se opuso a su venta a los Estados Unidos, porque sería la deshonra de España, y “a España se la vence, pero no se la deshonra”.

Asimismo, como presidente del Consejo de Ministros de España, Prim buscó la amistad mexicana y se puso en contacto con el gobierno de Juárez, ya restaurada la República, para reanudar las relaciones diplomáticas entre ambos países.

Finalmente, Amadeo de Saboya, duque de Aosta, aceptó la corona con la condición de que se obtuviera la conformidad de las principales potencias europeas, y conseguida ésta, ratificó su aceptación. El 26 de noviembre de 1870, fue elegido por 191 votos como Amadeo I, contra 60 por la República federal, 27 por el duque de Montpensier, 19 papeletas en blanco y el resto se diluyó entre otros candidatos. El 27 de diciembre el nuevo rey salió hacia España.

En Madrid, la noche de ese mismo día 27 de diciembre, la berlina en que viajaba Prim, entonces presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, fue interceptada en la calle del Turco (hoy calle de Prim) por dos carruajes de los que bajaron tres individuos que dispararon a quemarropa contra ambas ventanillas. Prim recibió los impactos en la mano derecha, cuyos dedos tuvieron que ser amputados de inmediato, y en el hombro izquierdo, en donde se alojaron ocho balas, siete de las cuales fueron sustraídas esa misma noche. Desgraciadamente, las heridas se infectaron y Prim murió tres días después.

La autoría del atentado se atribuirá al duque de Montpensier y al regente general Francisco Serrano como instigadores y al republicano José Paúl y Angulo como ejecutor con otros nueve hombres. Pero el magnicidio sigue sin resolverse.

A los pocos meses de la muerte de Prim,  llegará a México Feliciano Herreros de Tejada como plenipotenciario español, encargado de restablecer los vínculos que Prim había buscado.

Amadeo I reinará dos años y renunciará ante la ingobernabilidad de la situación. En la noche de su abdicación se proclamará la Primera República Española.

En la ciudad de México una de sus calles principales lleva el nombre del General Prim.

 

Doralicia Carmona. MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efemérides: Nacimiento  6 de diciembre 1814.   Muerte 30 de diciembre de 1870.