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2014

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José María Teclo Morelos y Pavón

1765-1815

Hijo del carpintero Manuel Morelos y de Juana Pavón, hija de un maestro de escuela, uno mestizo y la otra criolla, nació en la antigua calle del Alacrán, a espaldas del Convento de San Agustín, en ciudad de Valladolid (hoy Morelia en su honor), Michoacán, el 30 de septiembre de 1765 (también se dice que nació en Tehuejo, rancho cercano a Valladolid y que descendía de padres mestizos con algún ancestro negro). Siendo muy joven murió su padre, por lo que su madre se lo confió a su tío Felipe, quien le enseñó a cultivar la tierra y a conducir una recua de mulas que iba de México a Acapulco con mercancías orientales; como arriero fue que Morelos conoció muy bien los caminos del sur, así como a la gente de las poblaciones por donde pasaba.

Ante la oportunidad de heredar una capellanía (renta mensual heredada por un rico al morir, para que un sacerdote dijera una misa diaria en su nombre y así su alma saliera del purgatorio) fundada por su bisabuelo, si seguía el sacerdocio, y a pesar de que tenía ya 25 años de edad, en 1790 ingresó al Colegio de San Nicolás, en Valladolid, en el que era rector Miguel Hidalgo y Costilla. Después continuó sus estudios en el Seminario Tridentino. Fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1797 y nombrado cura interino de la parroquia de Tamácuaro, en el distrito de Churumuco. Cuatro años más tarde, obtuvo por oposición los curatos de Carácuaro y Necupétaro y Acuyo. Así quedó integrado al bajo clero, es decir, a los curas que servían en los poblados más pobres, sin recursos y con sueldos reducidos, que atendían a los indios, mestizos y demás castas miserables, a los cuales tenían que brindarles alguna esperanza de mejora en esta vida.

Como cura enfrentó la resistencia de sus feligreses a contribuir a sus gastos; pero también,  mejoró las ganancias de los productores al organizar recuas de mulas para vender sus cosechas en Valladolid. La buena administración del capital de la parroquia, le permitió construir una capilla, un cementerio y varias obras de beneficio común en Necupétaro. Allí procreó dos hijos (se le atribuyen cuatro) con Brígida Almonte, madre de Juan Nepomuceno, y María Ramona Galván.

Al recibir la instrucción del decreto de excomunión de Hidalgo por el obispo Abad y Queipo, Morelos buscó entrevistarse con Hidalgo, lo que ocurrió en Charo el 20 de octubre de 1810; aunque Morelos se ofreció como capellán, fue nombrado lugarteniente para que en las costas del sur recogiera armas, reorganizara los gobiernos locales, aprehendiera europeos, deportara a sus familias, confiscara sus propiedades y tomara Acapulco.

A partir de este momento comenzó Morelos su recorrido por las localidades de la región; entraba en ellas, reunía a la población, aprehendía y confinaba a las autoridades virreinales, nombraba nuevas autoridades, abolía el tributo a los indígenas y a veces repartía a los pueblos tierras para su cultivo sin que pudieran arrendarlas, tomadas a los latifundistas.

Llamaba a la insurgencia cuidando que sus proclamas no desencadenaran una guerra de castas y por lo general, en respuesta a su llamado, se incorporaban nuevos miembros a sus tropas, siempre y cuando tuvieran armas adecuadas o fuera posible dotarlos de ellas. Así logró que lo siguieran miles de hombres y personajes de la talla de los Galeana y los Bravo, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria o del cura Mariano Matamoros.

Morelos, a diferencia de Hidalgo, optó por un ejército pequeño, no mayor de seis mil hombres, entrenado, disciplinado y armado adecuadamente para tomar siempre la delantera al enemigo, ofenderlo y sorprenderlo con otras acciones rápidas y coordinadas. “Si descubren al enemigo, toman la mejor posición; no empeñan acción en la que no puedan salir victoriosos; no fijan sus pies en sitio que no esté bien abastecido, de agua, víveres y escala de retirada”. Morelos castigó con rigor la deserción y el abandono de armas, y estableció campamentos en donde se hacían lanzas y flechas, se forjaban espadas y se reparaban fusiles, escopetas y cañones. Además, alentó que los pueblos en vez de unirse masivamente a la guerra, sirvieran como una base social de apoyo a los combatientes insurgentes. “Veo de sumo interés escoger la fuerza con que debo atacar al enemigo, más bien que llevar un mundo de gente sin armas ni disciplina. Cierto que pueblos enteros me siguen a la lucha por la independencia, pero les impido diciendo que es más poderosa su ayuda labrando la tierra para darnos el pan a los que luchamos”. Asimismo, a falta de plata, Morelos mandó acuñar monedas de cobre para el comercio.

Principió su primera campaña con el objetivo de tomar Acapulco en Carácuaro con 25 voluntarios. A partir de este pequeño contingente comenzó a reclutar, entrenar y armar a los hombres más aptos para la guerra, de modo que, dotados de artillería ligera, pudieran desarrollar una gran capacidad de movimiento en terreno de difícil acceso. El éxito en la formación de su ejército le mereció que se le llamara el “Rayo del Sur". Antes de emprender algún asalto, Morelos solicitaba la capitulación a los realistas: “Antes de derramar sangre es necesario dejar a salvo nuestra responsabilidad. Para mí, es un caso de conciencia y me propongo siempre, antes de atacar una plaza, intimar rendición”.

Por otra parte, Morelos contó con el grupo denominado “Los Guadalupes”, quienes a riesgo de perder vida y hacienda, lo apoyaron con información y espionaje, entre quienes se encontraban Leona Vicario, Carlos María Bustamante y Quintana Roo. También, nombró al cura Tabares y al norteamericano David Faro para que negociaran algún tipo de relación con los Estados Unidos (Lucas Alamán lo acusaría, años después, de intentar venderles Texas), aunque nunca pudieron salir de Nueva España.

Así pasó por Churumuco, Coahuayutla, Zacatula, tras lo que logró tomar Petatlán y Tecpan el 7 de noviembre de 1810. En este lugar se le unieron los hermanos Hermenegildo, Fermín y Pablo Galeana junto con sus mayordomos y peones. En enero de 1811 las fuerzas de Morelos lograron batir a las tropas realistas, lo que les permitió capturar pertrechos y equipo militar. El 8 de febrero de 1811 intentó capturar el puerto de Acapulco, pero fue rechazado. En mayo fue hacia Chilpancingo, la que fue tomada por los hermanos Bravo (Leonardo, Miguel, Víctor y Máximo, además del hijo del primero, Nicolás) y Hermenegildo Galeana. Unos días después los insurgentes tomaron Tixtla y el 16 de agosto se adueñó de Chilapa. Con alrededor de 2,000 hombres avanzó sobre Acapulco, sin poder tomarlo, pero sí tomó el poblado muy próximo denominado El Aguacatillo el 12 de noviembre de 1811, desde donde publica el decreto de Hidalgo suprimiendo las castas, la esclavitud, tributos, deudas y monopolios. Con estas acciones logró apoderarse prácticamente de todo el estado hoy de Guerrero, derrotar a tres jefes realistas y organizar un ejército ordenado y disciplinado.

Con el propósito de tomar las ciudades de México y Puebla, emprendió su segunda campaña. El 1º de diciembre trabó combate con los realistas, logrando quitar armas al enemigo y sumar más hombres a la lucha. Enseguida se apoderó de Chiautla, de donde siguió a Izúcar, donde se le unió Mariano Matamoros, y entró el 24 de diciembre a Cuautla. Al principiar 1812, tomó Taxco.

Estos avances y triunfos de Morelos alarmaron al virrey Venegas, quien dispuso que Félix María Calleja, al mando del Ejército del Centro, persiguiera a Morelos. De modo que el 19 de febrero de 1812 las fuerzas realistas intentaron tomar por asalto Cuautla, pero fueron rechazadas con numerosas bajas. Morelos advirtió a Calleja: “Nosotros hemos jurado sacrificar nuestras vidas y haciendas en defensa de nuestra religión santa y de nuestra patria. Ya no hay España, porque el francés se ha apoderado de ella. Ya no hay Fernando VII porque o él se quiso ir a su casa de Borbón en Francia y entonces no estamos obligados a reconocerlo por rey, o lo llevaron a la fuerza, y entonces ya no existe. Y aunque estuviera, a un reino conquistado le es lícito reconquistarse y aun reino obediente le es lícito no reconocer a su rey, cuando es gravoso en sus leyes que resultan insoportables, como las que de día en día nos iban recargando en este reino los malditos gachupines. Os diré por último que nuestras armas están pujantes y la América se ha de poner libre, queráis o no queráis vosotros”.

Entonces Calleja decidió poner sitio a la ciudad, así como bombardearla. La notable defensa que Morelos y los insurgentes hicieron de Cuautla durante 72 días, pese a la sed y al hambre, admiró al propio Calleja cuya tropa doblaba en número a los sitiados: “Si la constancia y actitud de los defensores de Cuautla fuese con moralidad y dirigida a una causa justa, merecería algún día un lugar distinguido en la historia”. La madrugada del 2 de mayo Morelos ordenó la evacuación de la ciudad, lo que trajo grandes pérdidas a los insurgentes, e incluso el propio Morelos estuvo a punto de ser capturado, si su guardia personal no se hubiera batido hasta la muerte. Durante el sitio murieron cerca de 3,000 hombres entre soldados y civiles; asimismo, se dieron varios hechos heroicos como el de Narciso Mendoza, el “Niño Artillero”.

Cuando Leonardo Bravo fue capturado en mayo de 1812, Morelos ofreció a las autoridades virreinales 800 soldados españoles cautivos a cambio de su liberación, y cuando éste fue ejecutado a garrote vil, autorizó a su hijo, Nicolás Bravo, la ejecución de estos prisioneros realistas. Pero Nicolás reunió a los rehenes españoles y acto seguido, generosamente les perdonó la vida.

Sin descuidar las operaciones militares, Morelos participaba en las actividades políticas de la Junta insurgente encabezada por Ignacio Rayón, y al revisar los "Elementos constitucionales", redactados por la Junta, sugirió el nombramiento de un quinto vocal y la supresión de la mención al rey Fernando VII. “Que se le quite la máscara a la independencia, eliminemos la mención del Rey".

En su tercera campaña, los objetivos eran la ciudad de Oaxaca y otra vez el puerto de Acapulco. Morelos logró reunir 800 hombres en Chiautla, con lo que comenzó a cosechar nuevas victorias, como la toma de Tehuacán y de Orizaba. Partió entonces hacia Oaxaca, ciudad que cayó en su poder el 25 de noviembre de 1812. Ahí confiscó los bienes de los españoles, estableció una armería, acuñó moneda de plata, publicó los periódicos insurgentes “Sud” y el “Correo del Sur”, y el 29 de enero de 1813 dio a conocer un bando con providencias políticas y sociales que amplía las reformas decretadas por Hidalgo. En Oaxaca permaneció hasta el 7 de febrero de 1813, cuando inició la marcha sobre el puerto de Acapulco, el que tomó el 19 de agosto después de un prolongado sitio; entonces hizo un brindis: “¡Que viva España! Pero España hermana, no dominadora de América”. Con este último hecho cumplió la orden que le dio Hidalgo en 1810, pero además dominó un amplio territorio que incluía la mayor parte de de lo que hoy son los estados de Oaxaca y Guerrero, así como parte de los estados de Veracruz, Puebla, México y Michoacán.

El 13 de septiembre de 1813, en la cúspide de sus logros militares, Morelos estableció en Chilpancingo el Congreso Nacional, llamado Congreso de Anáhuac, con la asistencia de los dirigentes insurgentes más importantes: Rayón, Sixto Verduzco, José María Liceaga, José María Murguía, José Manuel Herrera, Carlos María de Bustamante, José María Cos y Andrés Quintana Roo, entre otros. Al día siguiente, en su discurso de apertura, Morelos expreso “que la soberanía reside esencialmente en los pueblos; que transmitida a los monarcas, por ausencia, muerte, cautividad de éstos, refluye hacia aquellos; que son libres para reformar sus instituciones políticas, siempre que les convenga; que ningún pueblo tiene derecho para sojuzgar a otro, si no precede una agresión injusta... Al 12 de agosto de 1521 sucedió el 14 de septiembre de 1813; en aquel se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre en México-Tenochtitlán; en éste se rompen para siempre en el venturoso pueblo de Chilpancingo... vamos a restablecer el imperio mexicano, mejorando el gobierno; vamos, en fin, a ser libres e independientes”. Fue entonces cuando presentó un documento llamado “Los sentimientos de la nación”, en el que propone los principios, la forma y medidas de gobierno que había de tener la América libre e independiente de España. Después fue nombrado generalísimo con el tratamiento de Alteza, pero el único título que reclamó Morelos para sí fue el de “Siervo de la Nación”. El Congreso aprobó el 6 de noviembre el Acta Solemne de Declaración de Independencia de América Septentrional, en la que además de declarar independiente a la nación, se establecía para ella un gobierno republicano.

Para Fernando López Trujillo (Morelos): “Es notable cómo las distintas leyes aprobadas en el mismo (Congreso) recogen demandas de las clases populares que están ausentes en el discurso de otros movimientos revolucionarios hispanoamericanos conducidos exclusivamente por la élite criolla”.

Instalado el Congreso, Morelos decidió salir de Chilpancingo para tomar Valladolid; con las mayores fuerzas que había reunido hasta entonces trabó combate con los realistas en las afueras de esa ciudad el 23 y el 24 de diciembre, pero fue derrotado por Agustín de Iturbide. Entonces decidió enfrentar a los realistas en Puruarán, en contra de la opinión de varios jefes insurgentes. Salió hacia la hacienda de Santa Lucía, mientras Matamoros hacía frente a los realistas, quienes lo vencieron y aprehendieron. Morelos ofreció 300 prisioneros a cambio de su vida y al ser Matamoros fusilado, acató la orden del Congreso de pasar por las armas a los 300 rehenes.

Derrotado, Morelos renunció al poder ejecutivo y al mando del ejército, Ignacio López Rayón, José María Cos y Juan N. Rossains asumieron el mando militar. Las decisiones pasaron a un grupo de legisladores carentes de la capacidad política y militar que poseía Morelos. En contraste, Calleja, ya convertido en virrey, trató de destruir la base social insurgente: decretó destruir todo poblado que prestara el menor auxilio a Morelos y diezmar a sus habitantes, al mismo tiempo que ofreció recompensas al pueblo o particular que lo entregara.

En adelante las derrotas se sucedieron una tras otra, Calleja fue recuperando las plazas que ocupaban los insurgentes. Morelos siempre protegió al Congreso aun a costa de su vida. En abril de 1814 se refugiaron en Acapulco, donde, acosados, mataron a 100 españoles, tras lo cual huyeron hacia Petatlán. En el trayecto Morelos ordenó matar a todos los prisioneros.

El Congreso, mientras tanto, se movía por todo Michoacán, perseguido por los realistas. En Apatzingán, Morelos se unió a la asamblea, alcanzando a firmar el 22 de octubre de 1814 el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana. La primera Constitución mexicana, inspirada en las de Francia, Estados Unidos y Cádiz, otorgó la soberanía nacional al pueblo, estableció un sistema representativo dividido en los poderes legislativo, judicial y un ejecutivo encomendado a tres personas (Morelos fue designado como uno de sus miembros) nombrados mediante elecciones indirectas y desde luego, la religión católica como única. Sin embargo, no recogió el contenido social plasmado en los Sentimientos de la Nación de Morelos.

La Constitución, al definir la Nación que pretendían formar los insurgentes, dio gran prestigio a su movimiento, pese a que nunca estuvo vigente y a los esfuerzos de Calleja por impedir su divulgación.

En julio de 1815 el Congreso expidió dos decretos sobre las banderas y el escudo nacional para dotar a la Nación de símbolos patrios.

El día 14 del mismo mes y año, Morelos solicitó al Presidente de los Estados Unidos “recomiende nuestras pretensiones, ceñidas a que se reconozca la independencia de la América Mexicana, se admita al expresado excelentísimo señor licenciado don José Manuel de Herrera, como ministro plenipotenciario de ella...”

Ante el constante amago de los realistas, en septiembre de 1815 el Congreso y el Poder Ejecutivo decidieron trasladarse a Tehuacán, y Morelos fue el encargado de protegerlos. Los realistas, enterados del movimiento, movieron sus tropas al mando de Manuel de la Concha para impedirlo. De esa forma el 5 de noviembre siguiente, Morelos se vio obligado a presentar batalla en Tezmalaca, en la que fue nuevamente derrotado, y no sólo eso: fue hecho prisionero por Matías Carranco, quien habiendo combatido como insurgente bajo sus órdenes, lo identificó y le impidió huir. Así, Morelos fue aprehendido con doscientos hombres, ciento cincuenta de los cuales fueron fusilados y el resto enviados a Manila como esclavos. Al conocerse la captura en la ciudad de México, el arzobispo Pedro de Fonte  mandó celebrar el hecho con un Te Deum el día 9 de noviembre siguiente.

Preso, el 13 de noviembre siguiente, desde Tepecuacuilco, Morelos escribió a su hijo Juan N. Almonte, quien habiendo combatido en el sitio de Cuautla, medio siglo después serviría al emperador Maximiliano: “Morir es nada, cuando por la patria se muere, y yo he cumplido como debo con mi conciencia y como americano. Dios salve a mi patria, cuya esperanza va conmigo a la tumba. Sálvate tú y espero serás de los que contribuyas con los que quedan aun a terminar la obra que el inmortal Hidalgo comenzó. No me resta otra cosa que encargarte que no olvides que soy sacrificado por tan santa causa y que vengarás a los muertos”.

Morelos fue conducido a la cárcel secreta de la Inquisición en la ciudad de México, a donde fue recluido el 22 de noviembre. Ese mismo día comenzó su juicio ante un tribunal mixto con jueces civiles y eclesiásticos. Los principales argumentos utilizados en su contra fueron sofismas, pero el más usado fue la firma de la Constitución de Apatzingán, que había sido condenada en Roma por Pío VII, además de que se le acusó de contener ideas contrarias a la fe católica. Condenado de antemano, el propósito real del juicio era desprestigiar a Morelos ante la población.

Así fue juzgado y declarado “hereje formal negativo, fautor de herejes, perseguidor y perturbador de la jerarquía eclesiástica, profanador de santos sacramentos y traidor a Dios, al rey y al Papa”. Vistiendo una sotana amarilla de menor talla que, según Lucas Alamán, ahí presente, "le hacía ver mal", Morelos fue degradado como sacerdote y condenado por el Tribunal del Santo Oficio a cadena perpetua en una misión en el África. "Apartamos de ti la facultad de ofrecer el sacrificio a Dios, y de celebrar la misa. Con esta raspadura, te quitamos la potestad, que habías recibido en la unción de las manos. Te despojamos con razón del vestido sacerdotal. Te privamos del orden levítico, porque no cumpliste tu ministerio dentro de él. Como a hijo ingrato, te echamos de la herencia del señor".

Por último, tras intensos interrogatorios y ser obligado a firmar una retractación elaborada con fines propagandísticos por el arzobispo Pedro de Fontes, un tribunal militar condenó a Morelos a la pena de muerte, no sin antes pretender que fuera sometido a mutilaciones corporales antes de su ejecución.

Hay quienes desde su virginidad política estéril y desde la comodidad de la crítica, (por ejemplo, “Contra la Historia Oficial” de Crespo) exigen a los héroes limpieza y congruencia absolutas, obviamente inalcanzables a seres de carne y hueso, y aprovechan la carta de Morelos a Calleja, fechada el 12 de diciembre de 1815, entre otros documentos, muchos de ellos apócrifos, para resaltar que Morelos abjuró de la causa por la que había luchado y aun delató a sus compañeros de armas. “Pero tal misiva obedece a las circunstancias en que fue escrita y no disminuye sino acrece en todo caso a su figura. Ha sido redactada o pensada por el hombre sometido a torturas, humillaciones, presiones que lo han despedazado más allá del límite de resistencia de sus posibilidades materiales. Sometido a tal desgaste y aniquilado, no es su signatario el verdadero caudillo de la independencia, sino el despojo espiritual y físico que sus verdugos nos han dejado. Deshecho moralmente, su libertad para razonar ha dejado de existir. Ningún juicio sereno, imparcial, podría establecerse sobre ese documento, para valorar al caudillo. Nuevamente, en lugar de disminuirlo, han contribuido a su futura exaltación”, escribe Baltasar Dromundo (Morelos).

Temeroso de un amotinamiento popular, el gobierno virreinal ordenó el traslado de Morelos al pueblo de San Cristóbal Ecatepec, en donde el 22 de diciembre de 1815, alrededor de las tres de la tarde, fue fusilado hincado y por la espalda en la antigua casa de los virreyes. Antes fumó brevemente un puro y sosteniendo un crucifijo dijo: “Señor, si he obrado bien, Tú lo sabes, pero si he obrado mal, me acojo a tu infinita misericordia”. Vendó sus ojos él mismo y arrastrando los pesados grillos, se hincó para recibir la descarga de fusilería. “Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin embargo un héroe, un caudillo en la más santa y más noble de las luchas; era, en fin, el hombre más extraordinario que produjo la guerra de independencia en México”, escribió Vicente Riva Palacio en El Libro Rojo.

Concluye López Trujillo en su libro citado: “Héroe trágico, Morelos fue, a diferencia de los líderes independentistas en el sur de América, el emergente de la lucha social de las masas sometidas. Y su muerte singular ha de ser vista como la derrota colectiva de esas masas, cuyas esperanzas y expectativas no volverán a estallar sino un siglo después. Es por eso que, preso Morelos, se constituyó en un trofeo de la mayor envergadura para las clases dominantes mexicanas, españolas o criollas. Y su escarmiento debía serlo para todas las clases humildes y populares. Como ya dijéramos, no eran sus ansias independentistas, ni su difuso republicanismo, ni sus veleidades liberales sus máximos pecados. Sino su atrevido programa social que lograra entusiasmar y movilizar a su pueblo”.

La ciudad de Valladolid, a partir de 1828 cambia su nombre al de Morelia; Maximiliano ordena construir una estatua en su honor en 1865 y un estado federal, en cuya capital pernoctó durante su trayecto como reo hacia la ciudad de México, lleva el nombre de Morelos desde 1869. Oficialmente sus restos descansan en la cripta de la columna de la Independencia desde el 16 de septiembre de 1925; sin embargo, corre la versión de que no es así, que su hijo, Juan Nepomuceno Almonte, los trasladó a Europa; también se dice que tampoco se hallan allá, que están perdidos en algún lugar del país. Pero esto ¿tiene alguna importancia histórica?

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 30 de septiembre de 1765. Muerte 22 de diciembre de 1815.