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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Moctezuma Xocoyotzin

Moctezuma Xocoyotzin
 
¿?-1520

Fue el octavo hijo de Axayácatl, emperador tenochca muerto en 1481, y sobrino de Ahuízotl. Su nombre, Moctezuma, significa “señor que se muestra enojado” o “el encolerizado”, en clara alusión al sol cuando es cubierto por las nubes; Xocoyotzin quiere decir “el más joven”, debido a que con anterioridad dos personajes habían llevado ese nombre: Moctezuma, uno de los caudillos que habían participado en la invasión del lago, y Moctezuma Ilhuicamina, “el que flecha el cielo”, quien había sido rey de los tenochcas algunas décadas atrás.

Fue educado en el Calmecac, escuela reservada para los hijos de la nobleza mexica; era agresivo, y adquirió grandes conocimientos de la religión tenochca por lo que a edad adulta llegó a ostentar al mismo tiempo el doble título de Tlacochcalcatl, alto rango militar, con el de Teotecuhtli, sumo sacerdote.

Según varias descripciones, Moctezuma era de tez oscura y estatura mediana, de cabello ondulado y nariz aguileña, de cuerpo bien proporcionado y delgado, de cabeza grande y con las ventanas de la nariz ligeramente aplastadas. Respecto a su carácter, Francisco Aguilar refiere que “era astuto, sagaz y prudente, sabio, experto, áspero en el hablar, muy determinado”; además, también era cortés y elocuente.

Al morir Ahuízotl en 1502, Moctezuma fue elegido rey por unos treinta señores, además de los reyes de Texcoco y de Tacuba. Desde ahí hizo una reorganización administrativa del imperio, en el que incluyó a muchos jóvenes como funcionarios, y reservó los principales cargos para la nobleza tenochca. Fue duro y despótico, lo que le permitió ampliar la zona de dominio militar y político y la influencia comercial del imperio, al que llevó al auge. Así, logró conquistar el Soconusco; someter a diversas ciudades que se encontraban en la región costera de lo que ahora es Veracruz; y reconstruir Tenochtitlán tras las inundaciones generadas bajo el reinado de Ahuízotl. También el arte mexica vivió una época de esplendor durante su reinado. Asimismo, construyó un templo en honor de los dioses de otras ciudades, además de que estableció la obligatoriedad de cultivar la tierra.

Se piensa que Moctezuma vivió todo su reinado sabiendo de la existencia de los españoles y de la amenaza de su gran superioridad tecnológica militar. Se supone que tuvo noticia de ellos desde que en uno de los viajes de Colón al continente justamente en 1502, una embarcación indígena hizo contacto con los exploradores. Asimismo, parece ser que una espada encontrada en un baúl entre los despojos de un naufragio español, pudo llegar a las manos de Moctezuma, quien así advirtió que su imperio podría estar por finalizar por la llegada estos seres tan extraños para él tanto como el cometa que surcaba el cielo, y por la creciente hostilidad contra los aztecas de los pueblos que les tributaban, todo lo cual dio una base objetiva a los augurios y mitos acerca del porvenir azteca, como el regreso de Quetzalcoatl en el año Ce Acatl (1519), justamente el año en que Cortés desembarcó en Veracruz.

A la llegada de los españoles existían civilizaciones complejas y refinadas, pero a pesar de la pluralidad de ciudades y culturas, y de las rencillas que las dividían, había cierta homogeneidad en sus rasgos fundamentales: agricultura del maíz, calendario ritual, juego de pelota, sacrificios humanos, mitos solares. Todas las sociedades mesoamericanas eran sumamente religiosas y el imperio Azteca era un estado teocrático-militar que exigía pesados tributos que provocaban el odio y el resentimiento de los pueblos sometidos a los aztecas, siempre en espera de una oportunidad de venganza en su contra, lo cual aprovechó Cortés para encabezar una especie de rebelión indígena y erigirse en nuevo tlatoani.

Moctezuma había mostrado valentía durante sus conquistas militares, pero también había sido supremo sacerdote, y como tal tenía una poderosa influencia religiosa; era muy supersticioso. Por esto es que empezó a inquietarse cuando comenzó a recibir información en 1518, de lo que ocurría en el mar del golfo, de los hombres blancos que llegaban en canoas grandes como casas. Moctezuma interpretó diversos hechos como presagios de que Quetzalcóatl regresaba a tomar posesión de su reino. Otras veces lo leyó como el fin del imperio mexica, lo que le aseguraron varios brujos, a los que les costó la vida.

Existiera o no el mito del regreso de Quetzalcóatl, que algunos historiadores ponen en duda, lo cierto es que para el rey tenochca la llegada de Cortés significaba el cumplimiento de los negros augurios. Por eso “no llama a las armas ese pueblo esforzado para que detenga al invasor extranjero, sino que, con pusilanimidad mujeril, se limita a pedir la salvación a los dioses” (ordena) que se juntasen todos los encantadores y nigromantes, y que […] fuesen a hacer el primer acometido y empleasen todo su poder para hacer mal, impedir y espantar a los españoles." (Sahagún. Relación de la conquista de esta Nueva España…). Al resultar inútiles los hechizos para ahuyentarlos, envió a embajadores a entrevistarse con el conquistador español para entregarle diversos y ricos obsequios y a conminarlo a no adentrarse hacia México Tenochtitlan. Sin embargo, provocó el efecto contrario, pues Cortés, al ver la riqueza del imperio azteca, decidió avanzar, logrando que en su trayecto se le unieran varios pueblos sojuzgados por los mexicas, para los cuales la llegada de los peninsulares era una liberación.

Eso terminó por convencer a Moctezuma que Cortés era una temible amenaza para su imperio, si no es que un verdadero enviado de Quetzalcóatl. Lo cual se lo hizo saber el emperador al conquistador a su llegada:

“Oh, señor nuestro, seáis muy bienvenido: habéis llegado a vuestra tierra, a vuestro pueblo, a vuestra casa. Habéis venido a sentaros en vuestro trono y en vuestra silla, todo lo que yo en vuestro nombre he poseído...Aquí está vuestra casa y vuestros palacios.”

A continuación ordenó que todos los nobles aztecas rindieran pública pleitesía a Cortés, quien a su vez trató de convertirlos a su religión. Siempre dudando de la verdadera identidad de Cortés, Moctezuma trató de convencerlo de que no valía la pena conquistar Tenochtitlan,  ya que no poseía tesoros ni grandeza y para demostrar su humildad se desnudó públicamente:

“Sé que os han dicho que yo tenía las casas con paredes de oro, y que las esteras de mis estrados y otras cosas de mi servicio eran asimismo de oro, y que yo que era y me hacía dios. Las casas ya las veis  que son de piedra, cal y arena... A mí vedme aquí que soy de carne y hueso como vos y como cada uno, y que soy mortal y palpable.”

Al mostrarse así también ante los suyos, que lo tenían por una deidad, sus propios súbditos comenzaron a perderle el respeto que hasta entonces le habían tenido y a indignarse ante tanta vejación a la que Moctezuma se sometía mansamente, al grado de permitir que se levantara una cruz sobre el Templo Mayor.

Después de algunos días durante los cuales los españoles pasearon admirados por la magnífica capital de los aztecas, un cacique  de la costa del después golfo de México, envió a Moctezuma la cabeza de un español, lo que constituyó una irrefutable evidencia de que los peninsulares no eran semidioses (“teules”). Ante el grave peligro que esto significaba, Cortés, en una audaz jugada, tomó preso a Moctezuma en su propio palacio con el pretexto de que se había asesinado a españoles y para reclamar justicia lo tomaba como rehén. Moctezuma se opuso: “A mí no me hagáis esta afrenta. ¿Qué dirán mis principales si me viesen llevar preso?” Pero acabó por aceptar hasta los grilletes que como castigo simbólico le impusieron a él mismo y algunos de sus familiares y nobles aztecas como Cuitláhuac. A continuación, Cortés obligó a todos a jurar fidelidad al emperador Carlos V y los condujo al edificio en donde los españoles habían improvisado su cuartel para que ahí vivieran en prisión. Ante tal atrevimiento y las abundantes lágrimas derramadas por Moctezuma, los demás nobles y jefes militares aztecas presentes sólo manifestaron gran tristeza, y espantados por lo que habían visto, simplemente se retiraron a sus casas.

Bernal Díaz del Castillo (Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España) escribirá años más tarde: ¿Qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos y cincuenta soldados, y aun no llegamos a ellos, en una tan fuerte ciudad como México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla... y prender a un tan gran señor?

Octavio Paz se preguntará siglos después: “¿Por qué cede Moctezuma? ¿Por qué se siente extrañamente fascinado por los españoles y experimenta ante ellos un vértigo que no es exagerado llamar sagrado –el vértigo lúcido del suicida ante el abismo? Los dioses lo han abandonado. La gran traición con que comienza la historia de México no es la de los tlaxcaltecas, ni la de Moctezuma y su grupo, sino la de los dioses. Ningún otro pueblo se ha sentido tan totalmente desamparado como se sintió la nación azteca ante los avisos, profecías y signos que anunciaron su caída… La llegada de los españoles fue interpretada por Moctezuma –al menos al principio- no tanto como un peligro ‘exterior’ sino como el acabamiento interno de una era cósmica y el principio de otra. Los dioses se van porque su tiempo se ha acabado; pero regresa otro tiempo, y con él, otros dioses, otra era”.

Cortés procedió a derrumbar los ídolos de los templos y mandó aprehender a muchos nobles y jefes militares aztecas en prevención de que encabezaran una revuelta. Para asegurar la lealtad de su gente, el conquistador repartió las riquezas que se hallaban en el palacio de Axcayácatl y el tesoro personal que le dio el propio Moctezuma para calmar su ambición. Obviamente, los objetos considerados por los aztecas como tesoros no sólo eran de oro, sino comprendían una amplia variedad de materiales: desde las plumas, las más diversas piedras, las conchas, las maderas y hasta las pieles; el oro no era tan apreciado y atesorado como en Europa.

En esos días llegó la noticia del desembarco en la Vera  Cruz de Pánfilo de Narváez, que enviado por Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, para someter a Cortés traía más efectivos que los que disponía el conquistador. La llegada de este nuevo grupo de españoles trató de ser aprovechada por Moctezuma, quien mediante sus representantes intentó sin éxito establecer alianzas con otros pueblos en contra de Cortés; al parecer este fue su único acto de resistencia. A pesar de su superioridad numérica, Narváez fue derrotado en un ataque sorpresa, cuando ya la mayoría de sus soldados habían sido comprados o convencidos de pasarse al lado de Cortés con la ilusión de grandes riquezas.

Tras partir Cortés a combatir a Pánfilo de Narváez, Pedro de Alvarado, Tonatiuh (llamado así “Dios dorado” por su pelo rojo), encargado del mando en Tenochtitlan, sus soldados y sus vengativos aliados indígenas hicieron una gran matanza de nobles y guerreros mexicas en el Templo Mayor, lo que levantó al pueblo al grado que el mismo Alvarado resultó herido por una pedrada. Al tener noticia Moctezuma de la matanza rogó a sus guardias que le dieran muerte inmediata, ya que su pueblo pensaría que lo había traicionado y que era cómplice de estos hechos crueles y sangrientos.

Los aztecas rebeldes sitiaron el cuartel en que se encontraban los españoles junto con Moctezuma y demás rehenes aztecas, cerraron los tianguis para impedir a los españoles el abasto de alimentos y quemaron los bergantines que podrían introducir alimentos para los conquistadores. Para entonces, ya pocos creían que los españoles eran semidioses enviados por Quetzalcóatl y la población entera de la capital azteca, se preparaba para expulsar a los conquistadores. También ya la mayoría estaba consciente de la actitud cobarde de Moctezuma ante los españoles, se avergonzaba de su conducta y lo consideraba un traidor a su pueblo.

A su regreso, Cortés pudo ingresar al cuartel asediado y enfrentó el levantamiento, para lo que contó nuevamente, con la ayuda de Moctezuma, quien  logró que se liberara a  su hermano Cuitláhuac para que ordenara abrir los tianguis, pero en realidad, para que, en un muy tardío intento del emperador azteca, encabezara la resistencia contra los españoles ya como su sucesor. Cortés accedió a la propuesta de Moctezuma porque pensó que con mantener en su poder a éste y a sus hijos, se impediría como en Europa que pudiera darse una sucesión legítima.

En esta situación desesperada, Cortés trató todavía de usar la supuesta autoridad de Moctezuma para calmar los ánimos y hacer que los sublevados retiraran el cerco que habían establecido alrededor de su cuartel. Pero el emperador azteca, ya teniendo noticia de que su pueblo había designado como su sucesor a su hermano Cuitláhuac, respondió al conquistador.

“¿Qué quiere ya de mí Malinche, que yo no deseo vivir ni oírle, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traído?”

No obstante, de nueva cuenta fue persuadido por Cortés e intentó apaciguar los ánimos dirigiendo un discurso a su pueblo en el cual pedía sumisión a los conquistadores. "Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazón tiran tanta piedra, y vara, que los nuestros le arrodelaban, y como vieron que entretanto que hablaba con ellos, no daban guerra, se descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas, é un flechazo, una en la cabeza, y otra en un brazo, y otra en una pierna;  y puesto que le rogaban que se curase, y comiese, y le decían sobre ello buenas palabras, no quiso; antes cuando no nos catamos, vinieron á decir que era muerto" (Díaz del Castillo).... Unos atribuyen ese hecho a Cuauhtémoc y otros a los propios españoles, porque dicen que murió de heridas de espada.


           

De acuerdo con Bernal Díaz del Castillo: "Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados, y hombres hubo entre nosotros, de los que le conocíamos y tratábamos, de que fue tan llorado como si fuese nuestro padre, y no nos hemos de maravillar de ello viendo que tan bueno era".

La muerte de Moctezuma el 29 de junio de 1520, marcó el principio de la resistencia azteca que culminó con la derrota de su imperio y el inicio de la etapa colonial de lo que tres siglos después formará la nueva nación mexicana.

Concluye José Antonio Crespo (Contra la historia oficial): “Moctezuma se ganó en nuestra historia la imagen de la cobardía y la claudicación frente al extranjero. El pobre monarca padeció la íntima convicción de que trataba con dioses, no con mortales, y en particular creyó inevitable el vaticinio según el cual Quetzalcóatl, el dios blanco, regresaría a recobrar sus dominios castigando al triste emperador. Si Moctezuma representa la cobardía en nuestra simbología histórica, la Malinche encarna la traición. Juntos forman la dualidad que, al menos míticamente, explican la derrota del poderoso y tiránico imperio de Mesoamérica a manos de un puñado de aventureros venidos de ultramar.”

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.