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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos

1816-1891

Nace en Zamora, entonces villa de la diócesis de Michoacán, el 21 de marzo de 1816, hijo menor de Manuel Luciano Labastida y María Luisa Dávalos y Ochoa, una familia de “fortuna mediana”. Su tío, José Antonio de Labastida, cura de Ixtlán le enseña las primeras letras, lo inicia en las humanidades y le despierta su vocación religiosa. En Zamora aprende gramática latina con el profesor Francisco Díaz. A los quince años ingresa al Seminario Tridentino Conciliar de Morelia, en donde realiza estudios de filosofía y de jurisprudencia bajo la dirección de Joaquín Ladrón de Guevara. Allí conoce a Clemente de Jesús Munguía, nativo también de Zamora, “su compañero en estudios, su colega en el foro, en la curia, en el profesorado, en el coro; su hermano en el episcopado, su colaborador en las grandes empresas en pro de la religión y de la patria, su socio inseparable en los triunfos académicos y en las vicisitudes políticas, en las cortes y en el destierro, en la vida y en la muerte”.

Es poseedor de una “elocuencia sólida y varonil” de la que hace gala, por ejemplo, en la arenga que dirige al pueblo en el aniversario de la independencia nacional.  En 1838 obtiene el título de abogado por el Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Michoacán. El 8 de diciembre de 1839 es ungido sacerdote por el Obispo Juan Cayetano de Portugal.

Además de sus labores religiosas, imparte enseñanza en el Seminario, desempeña varios cargos en la curia y una prebenda en la catedral de Morelia. También, a instancias del obispo Portugal, es promotor fiscal y Juez de Testamentos. Se encarga de velar por los intereses de la Iglesia para que se cumplan las disposiciones de los católicos que donan sus fortunas para la causa eclesiástica y con ese dinero puedan sostenerse las capillas y sus cuidadores, los capellanes.

Cuando en 1848,  Munguía, rector del Seminario, es relevado al darse una rebelión de estudiantes contra un nuevo reglamento, Labastida se hace cargo del plantel durante los siguientes seis años.

Al ser ascendido a obispo de Michoacán su compañero Munguía, a la muerte del obispo Portugal, Labastida es nombrado provisor, vicario de monjas y gobernador de la mitra en sus ausencias.

Es preconizado por Pío IX para la Mitra de Puebla, el 23 de marzo de 1855, con el apoyo del presidente Antonio López de Santa Anna. El 8 de julio del mismo año es consagrado obispo electo de Puebla de los Ángeles, en presencia de su amigo Munguía, obispo de Michoacán.  Al prestar el juramento indispensable antes de su consagración, expresa: "No venderé las propiedades pertenecientes a mi Iglesia, ni las daré, ni empeñaré, ni enfeudaré de nuevo, ni enajenaré en modo alguno, aunque en ello consintiera el Cabildo de mi Diócesis, sin el permiso del Romano Pontífice. Y si me hiciera culpable de alguna enajenación, me sujeto a incurrir, por el hecho mismo, en las penas decretadas por la Silla Apostólica”.

Ya como Obispo, Labastida concibe el proyecto de invertir el dinero de la Iglesia en ferrocarriles que a la vez que sirvan de comunicación rápida a la población, den ocupación a la gente. Es entonces cuando el gobierno liberal decreta la Ley Lerdo o Ley de Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas, Propiedad de Corporaciones Civiles y Religiosas. Labastida levanta la voz episcopal contra “tan injustos y sacrílegos decretos”.

En diciembre del mismo año, Labastida es acusado por el gobierno liberal de haber fomentado el alzamiento por la “religión y fueros” del general Antonio de Haro y Tamariz con dinero de la Iglesia. Derrotada la rebelión, el gobierno liberal comprueba que los medios financieros fueron suministrados por la Mitra poblana y ordena que los bienes del Obispado de Puebla en esa entidad, en Tlaxcala y en Veracruz, sean intervenidos y que con parte de ellos se destine a pagar gastos y perjuicios causados por la rebelión, así como a indemnizar a viudas, huérfanos y mutilados.

A esta acusación responde Labastida que el único cura implicado en el alzamiento fue el de Zacapoaxtla, pero que él no lo pudo separar por el apoyo que tenía del general Haro y de los indígenas de ese pueblo; y que además dicho cura fue elegido diputado a la asamblea departamental por los rebeldes. Expresa que está de acuerdo en que se castigue a dicho cura, pero no al clero en general. Asimismo, solicita las pruebas de la ayuda económica y a cambio ofrece castigar a quienes hayan cometido tal acción. Aclara que cuando Haro tomó ya la plaza, se le ministraron públicamente recursos insignificantes como gobierno reconocido, nunca como rebelde y que de este modo se ha actuado con los demás gobiernos en situaciones similares. Advierte que con la intervención de los bienes del clero en lugar de consolidar la paz y el orden público vendrán nuevo males y nuevos conflictos. Al final, declara su “sumisión, respeto y obediencia a todas las leyes, decretos y órdenes que nazcan de la autoridad civil, y tengan por materia los objetos de su inspección; así como me es fortificante tener que manifestar a V.E. el derecho de la Iglesia que considero lastimado con la intervención, y más todavía con su reglamento.”

Ante la puesta en ejecución de los decretos de intervención de los bienes eclesiásticos, Labastida insiste en otra carta ante las autoridades liberales: "En cuanto á los auxilios pecuniarios dados al General, ya indiqué en mi primera exposición, que mientras tuvo el carácter de revolucionario, ni un centavo se le dio  de los bienes de la Iglesia; pero que cuando en virtud de unos tratados se le entregó el mando de la plaza, y me ví  precisado á reconocerlo como gobierno, se le auxilió, como siempre lo he hecho con todos los gobiernos."

La intervención de parte del gobierno liberal de todos los bienes de su diócesis continúa, y el 12 de mayo de 1856, debido a su tenaz resistencia a la medida, Labastida es aprehendido en su palacio de Puebla y conducido por una fuerza militar a Veracruz para su exilio. Desde la Habana reflexiona en junio del mismo año: "Padeces no como ciudadano, sino como Obispo, no por mezclarte en la política, sino por defender á la Iglesia; no porque desobedeces á la autoridad civil en las materias de su inspección, sino porque rehúsas dejarla entrar al gobierno de la Iglesia."

De la Habana, Labastida se embarca a Europa y radica en París, Francia. Entonces es nombrado por Pío IX su Prelado Doméstico y Asistente al Sacro Solio Pontificio, “cual si hubiera nacido de familia de Condes”, como reconocimiento aprobatorio de su conducta asumida en Puebla. Mientras, en México tiene lugar el Congreso Constituyente, cuyo resultado será la Constitución de 1857.

El 2 de enero de 1857, desde Roma, en su Sexta Pastoral, Labastida reitera su postura en contra de la intervención de los bienes eclesiásticos, pues de consentirse, ninguna propiedad quedará en pié en una suave transición al comunismo; en contra de la tolerancia religiosa, por cuanto significa no reconocer ningún culto como verdadero y estimular el indiferentismo y la corrupción de las costumbres; y en contra del desconocimiento de la autoridad eclesiástica, siendo que es la que cuenta con mejores títulos, lo que provocará que ya ninguna autoridad se respete y que se destruya la sociedad. Sostiene que el instrumento de los enemigos de la religión es la separación de la Iglesia y del Estado, de la sociedad civil de la religiosa, de la razón y de la fe. Señala que lo que se pretende es someter a la Iglesia a la autoridad de los gobiernos civiles, para esclavizarla y luego hacerla tributaria.

Labastida denuncia que “nunca se hubiese encontrado en nuestro país un número bastante de hombres, que a título de gobierno, hubieran expedido con tanta audacia las leyes que se han dado en un periodo tan corto, contra la Iglesia, sus derechos, pastores, y ministros, sostenídolas con tenacidad y llevádolas a ejecución con agravio del buen sentido católico que reina en esa nación, y absoluto desprecio de las justísimas reclamaciones de los obispos... Pero lo más sensible sin duda para su santidad es la declaratoria, que el mismo gobierno hizo, de que jamás se habían de sugetar sus actos a la suprema autoridad de la Santa Sede apostólica. Declaratoria que quisiéramos borrar con nuestra propia sangre, y que ojalá nunca se hubiera escapado de los labios de nuestros gobernantes... si nuestro gobierno conserva y merece el nombre de católico, no puede menos que reconocer la dependencia en que está de la Santa Sede, como hijo de la Iglesia, súbdito de su suprema autoridad, y participante de sus inmensos beneficios... el Santo Padre por sí y a nombre de la Iglesia, y en uso de su augusta y soberana autoridad, con toda la antigüedad cristiana, y conforme a los principios más sanos de la legislación declara: 1º Que el fuero ha estado siempre vigente en la república mejicana; luego debió respetarse por su antigüedad; y como un punto por lo menos de derecho de gentes. 2º Que los decretos que privan a la Iglesia de Puebla de la libre y franca administración de sus bienes, y mandan que se inviertan en objetos extraños, son injustos y sacrílegos; luego ningún obispo católico ha podido contribuir a su ejecución, ni debió prestarse a consumar tal injusticia, tal sacrilegio. 3º Por último, que la ley de 25 de julio próximo pasado que, contra la voluntad de la Iglesia y protesta de los obispos, se dio y se ha ejecutado, adjudicando las fincas eclesiásticas a los inquilinos o denunciantes, es temeraria y sacrílega, luego ni los obispos pudieron consentir en ella sino resistirla, y protestar como lo hicieron, ni los fieles han podido comprar, o adjudicarse tales bienes; y los que lo han hecho en virtud de dicha ley y de los decretos ya citados, participan de la misma injusticia, de la misma audacia, de la misma temeridad, del propio sacrilegio... porque en buena moral, no debe hacerse jamás un mal de donde vengan bienes...”

Concluye, “con nuestro santísimo Padre el señor Pío IX, que el despojo de los bienes del clero es un robo sacrílego”...

Al año siguiente, estalla la Guerra de Reforma, entre liberales y conservadores. Labastida permanece en Europa, actuando en todo lo que puede en contra del gobierno liberal y cuando los conservadores manifiestan su sumisión al Papa, se le ordena a Labastida regresar a su diócesis. No obstante, los liberales, mismos que lo habían desterrado, le impiden desembarcar en tierra mexicana, por lo que se ve obligado a permanecer en Cuba, a viajar a Estados Unidos y nuevamente a fijar su residencia en París a mediados de 1859, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario cerca de la Santa Sede del gobierno conservador de Miguel Miramón.

Al ser derrotado el gobierno conservador por los juaristas, el Papa lo envía a las Indias Orientales a dirimir las diferencias entre los católicos de las posesiones portuguesas y los del Imperio Británico en el Indostán. Por ese entonces, Labastida se encuentra con el obispo Munguía, que ya también había sido desterrado de México.

Labastida participa de la idea de Napoleón III, de crear una monarquía mexicana que sirva de equilibrio al cada vez más manifiesto imperialismo de los Estados Unidos. “Para convertir el sueño en realidad sería preciso hacer mil sacrificios, é inmolar en aras de la patria el amor propio nacional. Pero estos sacrificios debían ser pasajeros, y los compensarían ampliamente las ventajas definitivas y el engrandecimiento de México.” Es así como Labastida decide no cumplir la misión que le encomienda el Papa, y dada la relevancia política que ha alcanzado por su oposición a los liberales, opta por convertirse en figura importantísima del partido monárquico, que también es el partido católico. Así, el 8 de diciembre de 1861, Maximiliano comunica a Gutiérrez de Estrada su satisfacción de contar con el apoyo de Labastida y de Santa Anna: "Es permitido augurar bien del porvenir de la causa monárquica en México, cuando se ve figurar a la cabeza de sus defensores los nombres de tan digno prelado y de tan eminente guerrero".

Ya en plena intervención francesa en México, en abril de 1862, Labastida pide al Papa que permita el regreso a México de los obispos mexicanos exiliados durante el gobierno juarista, que envíe un nuncio o representante papal y que le otorgue su aprobación, pues pretende reorganizar y reformar al clero mexicano. El Papa contesta que la única manera en la que podía concederlo era que el nuevo emperador suspenda las Leyes de Reforma.

No obstante, en Roma se reúne con los obispos de Guadalajara, San Luís Potosí, Oaxaca y Linares  opuestos a las leyes de Reforma y también desterrados, con quienes comienza a proyectar la reorganización de la Iglesia Mexicana. En el ínterin, viaja a Jerusalén, en donde calza las espuelas de Godofredo Bullón, empuña la espada del Gran Cruzado, y queda armado Caballero del Santo Sepulcro.

En enero de 1863, Labastida viaja a Miramar para entrevistarse con el Archiduque Maximiliano de Habsburgo, “para excitar al Príncipe Austriaco, en nombre de la religión y de todo el episcopado mexicano, a que aceptase la santa y gloriosa misión para que lo había predestinado con sus impenetrables secretos la Providencia divina.” Sale satisfecho de la visita, pese a que Maximiliano declara que "establecería instituciones sabiamente liberales".

A la muerte de Lázaro de la Garza, el 19 de Marzo de 1863, Labastida es promovido al Arzobispado de México. Mientras, en tierra mexicana, el gobierno de Juárez se ve obligado a huir ante el empuje de las fuerzas francesas y conservadoras. Sin embargo, ya dueño de la capital de la República, el general en jefe del ejército francés, Elías Federico Forey, el 12 de junio siguiente, declara que el emperador de Francia verá con buenos ojos que se establezca en México la libertad de cultos, principio esencial de las sociedades modernas. Anuncia, además, que no se molestará a los adjudicatarios de los bienes nacionalizados de la Iglesia.

El siguiente 21 de junio, Labastida es designado por la Junta Superior de Gobierno, establecida por el general Forey, miembro del triunvirato para ejercer el poder ejecutivo provisional al lado de los generales Juan Nepomuceno Almonte y José Mariano Salas, cuya misión es “fijar los principios sobre los cuales debe establecerse un gobierno que ni desprecie el pasado, ni desatienda lo presente, ni pierda de vista el porvenir; un gobierno que, sin desconocer las necesidades de la época, no se olvide de la rica herencia religiosa, social y política que nos legaron nuestros abuelos; un gobierno, en fin, que sea como la clave de un edificio grandioso, donde encuentren cabida todas las opiniones razonables y respeto todos los intereses legítimos.”  En ausencia del arzobispo Labastida, que continúa en Europa, el canónigo Juan B. Ormaechea, asiste en su representación a la instalación del triunvirato.

El 10 de julio del mismo año, en la capital de México, una asamblea con la asistencia de 210 “notables”, decide por unanimidad y casi por aclamación, la forma de gobierno de monarquía moderada hereditaria, con un príncipe católico, que tomará el título de Emperador de México, y elige al archiduque Maximiliano de Austria como candidato al trono, siguiendo los deseos de Napoleón III, a quien junto con la emperatriz Eugenia, Forey, Saligny, Almonte, Gutiérrez Estrada, Miranda, Hidalgo, Andrade y el ejército, se le otorga un voto de gracia; asimismo, informa de su decisión a la santa sede y solicita la bendición apostólica del Sumo Pontífice. Al día siguiente, se da a conocer al pueblo el decreto correspondiente, con salvas del ejército y repiques de campana de la Catedral. Conforme al mismo decreto, el poder ejecutivo provisional se convierte en Regencia del Imperio, con los mismos miembros, entre ellos, el todavía ausente Labastida.

En Europa, Labastida viaja en agosto a entrevistarse con Napoleón III para que garantice la devolución de los bienes eclesiásticos afectados por las leyes juaristas. Sin embargo, Napoleón evade comprometerse y por consiguiente complacer al arzobispo mexicano. No obstante, prepara su regreso a México en compañía del ya también arzobispo Munguía.

Labastida vuelve a México el 17 de septiembre de 1863, al amparo de las tropas invasoras francesas y en compañía de los obispos de Michoacán y de Oaxaca. Lanza una Pastoral el 8 de octubre desde Puebla, en contra de las leyes de Reforma y ocupa su lugar en la Regencia el 11 de octubre siguiente. Intenta usar su cargo para devolver a la Iglesia los bienes confiscados. Pero en lugar de ver realizados sus deseos, a los cuales ha dedicado tantos afanes, sufre la presión de sus propios aliados extranjeros para que acepte el contenido de las leyes de Reforma, contra las que ha luchado: supresión de los fueros eclesiástico y militar, libertad de cultos, régimen civil y desamortización de los bienes administrados por el clero. "Si á este punto habíamos de llegar, habrían podido ahorrarse al erario de Francia los millones invertidos en la guerra; á la nación francesa la vida de sus ilustres hijos; á los mexicanos honrados los golpes sensibles que sobre ellos se descargaron; á los fieles el indecible tormento de ver burladas sus esperanzas, y á los Pastores la pena y vilipendio de volver de su destierro, bajo la salvaguardia de este nuevo orden de cosas, á presenciar la legitimación del despojo de sus iglesias y la sanción de los principios revolucionarios."

En un escrito clandestino que se atribuye al propio Labastida y que merece respuesta del general francés Neigre, se lee: ¿Quién habría podido creer que los hombres que han escalado el poder, desconocieran hasta ese punto al partido de la religión y de la patria, y llevaran la audacia y el cinismo hasta adoptar  y realizar el programa del partido caído, hasta amparar con su protección las leyes tan depresivas y ultrajantes para los ministros de Cristo y las vírgenes del Señor?... No hay uno de vosotros, por corta que sea su penetración, que no haya comprendido que los generales (Almonte y Salas) y la Intervención, son los enemigos más encarnizados de la religión y el orden...  Los templos del Señor están convertidos en cuarteles y caballerizas. Los compradores de los bienes de la Iglesia están en pacífica posesión de los bienes robados... En fin, nuestro Ilustre Arzobispo, perseguido sin interrupción en su doble calidad de miembro de la Regencia y de prelado de la Iglesia mexicana por la única razón de que, comprendiendo sólo deberes políticos y religiosos, ha tenido bastante dignidad para protestar contra los proyectos inicuos e infames de los hombres que, aparentando pertenecer al partido del orden, han usurpado la dirección de los negocios y apenas han tenido el poder han puesto en ejecución el programa herético de la demagogia...”

Señalado como promotor de esta oposición velada y con manifiestas diferencias con el mariscal Aquiles Bazaine, quien trata de implantar el programa napoleónico sobre bienes eclesiásticos en lugar de restituir sus bienes a la Iglesia, Labastida se niega sistemáticamente a firmar los acuerdos de la Regencia y finalmente, es destituido de la misma el 17 de noviembre de 1863 por sus propios compañeros generales, a instancias de Bazaine. Entonces, por medio de publicaciones clandestinas, el clero da a conocer que no reconoce la existencia de un gobierno legítimo en México, pues la Regencia, sin Labastida, tiene un estado irregular y anómalo; por lo tanto, no hay base nacional para establecer el futuro Imperio. En respuesta, el abate Domenech declara que es “sensible ver al primer Prelado de una nación de 8,000,000 de almas, comprometer la tranquilidad de su patria por una cuestión de dinero, tan contraria a los preceptos evangélicos”...

En estas condiciones, Labastida espera pacientemente la llegada del nuevo Emperador, que si bien inicia su viaje desde la capilla de su Palacio de Miramar, después se arrodilla ante el Papa antes de embarcarse,  y ya en la capital mexicana inaugura su reinado con la visita a la Basílica de Guadalupe, participa de las ideas liberales a las que Labastida se ha opuesto radicalmente. Al rechazar el acuerdo de devolución de los bienes eclesiásticos que anhela Labastida, y enfrentar su disgusto y oposición, Maximiliano lo hostiliza y lo aleja de su lado porque lo juzga un obstáculo para la consolidación de la monarquía, de modo que paulatinamente, la situación de Labastida se torna cada vez más tensa.

Por consiguiente, las relaciones entre la Iglesia y el Imperio empeoran. Maximiliano prefiere negociar directamente con la Santa Sede, no con el clero mexicano, solicita al Papa un nuncio para reformar al clero y limar asperezas. A fines de 1864, arriba el nuncio Pedro Francisco Meglia, que comunica a Maximiliano que se deben devolver a la Iglesia sus privilegios, lo cual merece el apoyo de Labastida, quien insiste en que se revoquen las Leyes de Reforma y se declare a la religión católica como la única oficial del Imperio.

Para negociar con el Papa, Maximiliano envía una comisión que se embarca en Veracruz el 16 de febrero de 1865. La preside el conservador Velázquez de León. Enseguida promulga, el 26 de febrero siguiente, la libertad religiosa, y la ley que revalida las disposiciones de Benito Juárez de confiscación de los bienes de la iglesia. Pretende un Concordato cuyos puntos más relevantes son el pago del clero por el Estado y la confirmación de las ventas de los bienes de la iglesia. Sin haber logrado un acuerdo con Maximiliano, el nuncio Meglia abandona México en mayo de 1865.

Por su parte, Labastida: “En tan amarga situación, vuelve de nuevo los ojos á la Santa Sede, y ésta ordena al Arzobispo de México, que en unión de los demás Prelados de la Iglesia Mexicana, forme un proyecto de concordato sobre bases generosas, sí, pero admisibles por la Curia Romana.” Sin embargo, la perspectiva del inminente fin del Imperio, y el previsible retorno de la autoridad republicana, hacen que Labastida opine, con razón, que el concordato causará a la Iglesia más daño que beneficio. Por eso, en nombre de Maximiliano, el padre August Gottlieb Ludwig Fischer trata de reunir a los obispos mexicanos para que aprueben su proyecto de Concordato, pero la junta no se realiza y dicho Concordato, que pretende negociar Maximiliano, nunca será firmado.

A principios de 1867, Labastida sale de México, casi junto con las tropas francesas que abandonan a Maximiliano, se dice que no huye sino obedece a una invitación papal para asistir á la celebración del Centenario del martirio de San Pedro, y á la apoteosis de los Mártires Gorcomienses.

En Roma vuelve a encontrarse con el Arzobispo Munguía, quien ha sido alejado de México por el gobierno imperial desde hace unos años, al igual que otros prelados. Después viaja a Andalucía, España; ahí es convocado al Concilio Ecuménico Vaticano I, el cual se inicia en 1869, pero que tiene que ser suspendido en 1870 por la invasión que sufre el territorio de la santa sede por las tropas de Vittorio Emmanuele que pretenden la unificación de Italia.

En México, tras el fracaso del desastroso y sangriento intento de instaurar la monarquía con apoyo de las bayonetas francesas, la gente piensa que Labastida será relevado del Arzobispado y que nunca regresará al país. Pero la generosidad de Juárez con los vencidos lo lleva a decretar la amnistía para quienes lucharon al lado del ejército invasor y sirvieron a Maximiliano. Al paso de los años, también permite que la amnistía comprenda a personajes que tuvieron responsabilidad directa en esos trágicos sucesos, como Labastida, quien de este modo regresa a México el 12 de mayo de 1871.

Asume el arzobispado discretamente, con una nueva actitud de aceptación de que nunca más la Iglesia volverá a disfrutar de la situación privilegiada previa a la Reforma. Tras la muerte de Juárez, las relaciones Iglesia-Estado se van suavizando porque la política de Labastida, ya no es de enfrentamiento ni de confrontación con los gobiernos liberales, sino de contemporización, de manera que sus escasas protestas ante el gobierno, cuando no pueden dejar de darse, son excesivamente moderadas. No obstante, persiste en su posición inamovible de defender los derechos de la Iglesia y negar la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma.

Ahora dedica su vida a cuidar de los intereses de la Iglesia católica mexicana,  y en los siguientes diez años aumenta el número de arzobispados. Asimismo, vigila que se obedezca lo impuesto por el papado.

Durante la presidencia de Porfirio Díaz, con gran prudencia y paciencia, y con una política de acercamiento con los antiguos liberales, la Iglesia recupera paulatinamente parte de la importancia que tuvo durante más de tres siglos, y Labastida puede celebrar su jubileo en 1889 con toda pompa en la Basílica de Guadalupe. “El extranjero que haya asistido á tan solemnes fiestas, que haya visto á los Obispos agrupados en derredor del Metropolitano de México, al numeroso clero é incontables fieles que demostraban con su actitud y sus palabras que pertenecían al Prelado sus corazones; que haya admirado la riqueza de la Basílica, la esplendidez de los regalos, la magnificencia de las obras emprendidas en Guadalupe; que haya observado la cortesía y mutua benevolencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, habrá podido creer que unida de nuevo la Iglesia al Estado y derogadas las leyes contra la primera, existía perfecto acuerdo entre el primer Magistrado de la Nación y los Obispos de las diversas diócesis, y que el Arzobispo cuyo jubileo se celebraba, era no sólo Prelado de una Iglesia y Metropolitano de una entre la varias provincias eclesiásticas, sino (como ha dado en llamársele) jefe de la Iglesia Mexicana, con potestad de jurisdicción sobre Obispos y fieles en toda la extensión de la República.”

Así, en este ambiente de recuperación del poder de la Iglesia Católica, Pelagio Antonio Labastida y Dávalos muere en Oacalco, Morelos, el 4 de febrero de 1891.

 

 

Doralicia Carmona: Memoria Política de México.

 
Efeméride. Nacimiento 21 de marzo de 1816. Muerte 4 de febrero de 1891.