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2014


 


López de Santa Anna y Pérez Lebrón Antonio

1794- 1876

Nace en Jalapa, Veracruz, el 21 de febrero de 1794. Sus padres son el abogado del mismo nombre, funcionario colonial y Manuela Pérez de Lebrón, dama que pretende ser aristócrata. Junto con su familia se traslada al puerto de Veracruz y en 1810 se incorpora como cadete al Regimiento de Infantería de Línea de Veracruz sin cumplir aun la edad mínima requerida. En su primera campaña en Texas pelea contra los rebeldes y se distingue por su valor, espíritu militar, afición por las mujeres y las peleas de gallos, así como por sus deudas de juego. Es herido por la flecha de un indio. También pelea en Nuevo Santander, regresa a Veracruz y cumple con el encargo de acabar con insurgentes y ladrones en los caminos de ese estado.

En 1821 logra ser ascendido a coronel gracias al favor del virrey Apodaca, pero mantiene comunicación con Guadalupe Victoria. Se une súbitamente a José Joaquín Herrera, partidario de Iturbide y se adhiere al Plan de Iguala. Escolta a Juan O`Donojú a la ciudad de Córdoba, en donde se formaliza el reconocimiento por España de la independencia de México. Corteja a la hermana del emperador Iturbide.

En 1822, ya es general y se levanta en armas proclamando la república en apoyo a Guadalupe Victoria y a favor del federalismo. En 1824 es comandante militar de Yucatán, declara la guerra a España, suspende el comercio con Cuba y pretende conquistar la isla que aun es posesión española, razón por la cual es sustituido y decepcionado, se refugia en su hacienda de Manga de Clavo, en donde permanece recluido dos años. Entonces contrae matrimonio con Inés de la Paz García y Martínez Uzcanga, con quien procrea cuatro hijos.

En 1827 es nombrado vicegobernador de Veracruz. Apoya a Guerrero contra Nicolás Bravo, a quien toma prisionero. Poco después proclama el Plan de Perote contra Manuel Gómez Pedraza. El Congreso lo declara fuera de la ley y lo persigue hasta Oaxaca.

En 1828, cuando Guerrero es presidente, lo nombra comandante de la plaza del estado de Veracruz. En 1829 vence en Tampico al general español Isidro Barradas que intenta la reconquista de México y es declarado héroe benemérito de la República, “El Vencedor de Tampico”. En 1830, cuando Bustamante conspira contra Guerrero, quien finalmente es fusilado como resultado de una traición, se levanta contra Bustamante, probable autor intelectual del crimen, y apoya a Gómez Pedraza como nuevo presidente. Acompaña a Gómez Pedraza en su entrada triunfal a la capital del país y aumenta más su popularidad.

Vuelve a su hacienda y estando en ella es nombrado presidente de la República, “no obstante carecer de la edad que la ley requería”, según él mismo lo confiesa en sus memorias. El 16 de mayo de 1833 asume el cargo por primera vez y encarga a Valentín Gómez Farías, el vicepresidente, la formidable tarea de sacar de la bancarrota a la hacienda pública, inclusive afectando los bienes eclesiásticos, no así los privilegios del ejército. Solicita licencia para combatir la rebelión de los generales Gabriel Durán y Mariano Arista y delega sus funciones al vicepresidente Gómez Farías, quien inicia una serie de reformas para fortalecer las finanzas públicas y aumentar la capacidad del gobierno para hacerse obedecer; al efecto limita el poder de la iglesia, anula los fueros militares y clausura la Universidad de México. Como reacción a estas medidas, el Estado de Yucatán se declara independiente y a pesar de que Gómez Farías cuenta con facultades extraordinarias otorgadas por el Congreso, Santa Anna, aprovechando el malestar provocado por los “ataques a la religión”, procede a su destitución, pero poco después, en enero de 1835, solicita una nueva licencia, ahora por motivos de salud y se retira a su hacienda veracruzana.

Así, entre 1833 y 1855, Santa Anna ocupa, con varias licencias que interrumpen su mandato, once veces la presidencia de la república; en realidad cinco años, ocho meses, veintiún días:

Del 16 de mayo al 3 de junio de 1833;

del 18 de junio al 15 de julio de 1833;

del 28 de octubre al 14 de diciembre de 1833,

del 24 de abril de 1834 al 27 de enero de 1835;

del 18 de marzo al 9 de julio de 1839;

del 9 de octubre de 1841 al 25 de octubre de 1842;

del 5 de marzo al 3 de octubre de 1843;

del 4 de junio al 11 de septiembre de 1844;

del 21 al 31 de marzo de 1847;

del 20 de mayo al 15 de septiembre de 1847;

y del 20 de abril de 1853 al 9 de agosto de 1855.

Santa Anna pertenece a una generación de militares exrealistas que con el apoyo de los poderes que habían sostenido el régimen colonial, persistente a pesar de la independencia, disputan el gobierno con los liberales que pretenden destruir ese régimen y crear uno nuevo. Esta es la lucha esencial que divide al país entre conservadores y liberales durante las primeras décadas de su vida independiente. Los conservadores piensan que el progreso sólo se puede alcanzar mediante un sistema monárquico y una sociedad corporativa, fundamentados en una iglesia y un ejército fuertes. Los liberales pugnan por una república representativa, federal y popular similar a la norteamericana, que destruya la herencia colonial, las corporaciones y los fueros, y que desamortice los bienes del clero y las propiedades comunales para construir un país de pequeños propietarios. En el contexto de esta lucha, florece la ambición, el oportunismo y la traición de estos generales exrealistas, particularmente, del más exitoso de ellos: Santa Anna.

Para Victoriano Salado Álvarez (Su Alteza Serenísima): "En cualquiera otro hombre habría constituido una inferioridad, una falta notoria e imperdonable, lo que en Santa Anna formaba el mérito mayor: no tener parecer ni opinión conocidos, no contar con ideas ni programa de gobierno. Pero esto mismo hacía que todos los partidarios, todos los partidos, todos los credos y todas las ideas, lo consideraran materia dispuesta y se valieran de él como de un instrumento maravilloso". Por eso centralistas y federalistas, republicanos y monárquicos, liberales y conservadores, en algún momento de la lucha que libraban entre sí, estuvieron alrededor de este jefe militar "que sabía decir frases que sonaban bien en los oídos de aquella gente...”.

Escribe Enrique González Pedrero (País de un Solo Hombre) de Santa Anna: “Sus rasgos personales lo volvieron dueño de México durante más de dos décadas: audacia; indudable capacidad para recabar la adhesión de la tropa; poder de seducción para inflamar la imaginación popular. Pero, también, falta de escrúpulos y convicciones, inclinación al juego y afición al disfrute de prerrogativas más que al ejercicio de responsabilidades; ‘pragmatismo’ para adaptarse a las oportunidades cambiantes y al sube y baja de la fortuna de las facciones; hábito de concebir al país como patrimonio personal; y sobre todo, disposición autoritaria e ilimitada ambición de poder.”

Por otra parte, en la época de Santa Anna, los Estados Unidos ya habían iniciado su expansionismo a costa de sus vecinos. Compraron la Luisiana a los franceses y a los españoles las Floridas, disputaron con los británicos Canadá, avanzaron al sur sobre el territorio indio y, finalmente, pusieron sus ojos en territorio mexicano para llegar al Pacífico. Creían en su “destino manifiesto”, un derecho concedido por Dios a los norteamericanos blancos de habla inglesa para ocupar y “civilizar” con su democracia y sus altos ideales protestantes a los territorios deshabitados o poblados por nativos, o mestizos y españoles católicos. Así, la propaganda de su gobierno, anima al pueblo norteamericano a marchar a México, en donde priva la anarquía y la corrupción.

Poco antes de la independencia, el 22 de febrero de 1819, los Estados Unidos firmaron con España, el tratado Adams-Onís que marcó el inicio de la política expansionista que seguiría Estados Unidos: "tomar territorio por la fuerza, y después negociar su cesión". De este modo, entraron a Texas colonos norteamericanos desde los tiempos de Nueva España y durante las primeras décadas del México independiente, en violación a las leyes que establecían que los colonos fueran católicos y que no tuvieran esclavos.

La ambición norteamericana por los vastos territorios mexicanos, pronto se manifestó. Así, el 25 de agosto de 1829, Joel R. Poinsett, primer embajador de Estados Unidos en México, ofreció cinco millones por Texas. La propuesta fue rechazada, pero en abril de 1833 se llevó a cabo una convención texana que envió una representación al Congreso mexicano solicitando se le diera a Texas la calidad de estado de la república, independiente de Coahuila. Y finalmente, en 1835 los texanos se rebelaron con el pretexto de que México había adoptado el centralismo. Por su parte, Zacatecas se levantó en contra de la supresión de su milicia cívica que ordenaba el gobierno centralista.

Ante la rebelión de los texanos y zacatecanos, Santa Anna, que había  dejado en la presidencia a Miguel Barragán, retoma las armas para reprimir primero las milicias cívicas de Zacatecas con lujo de violencia, y meses después, para combatir a los separatistas de Texas, también exitosamente. Pero después de recuperar el fuerte del Álamo en San Antonio de Béjar, pierde la guerra en la batalla de San Jacinto, durante la cual es capturado, conducido a Washington a pactar con el presidente norteamericano Andrew Jackson y liberado a cambio de reconocer la independencia de ese territorio mediante el Tratado de Velasco. “A las dos de la tarde del 21 de abril de 1836, me había dormido a la sombra de un encino, esperando que el calor mitigara para emprender la marcha, cuando los filibusteros (texanos) sorprendieron mi campo con una destreza admirable. Júzguese mi sorpresa al abrir los ojos y verme rodeado de esa gente amenazándome con sus rifles y apoderándose de mi persona. La responsabilidad de Filisola era evidente, porque él y sólo él había causado catástrofe tan lamentable con su criminal desobediencia”, según Santa Anna, perdió la guerra porque Filisola en lugar de reforzarlo, huyó a Matamoros; ni una palabra dedica a explicar en sus Memorias por qué convino el Tratado de Velasco con los texanos rebeldes.

A su regreso a México en febrero de 1837, vuelve a recluirse en su hacienda de Manga de Clavo para evitar las críticas que genera su actuación en la guerra de Texas. Durante su ausencia se redactan y juran Las Siete Leyes, que establecen la república centralista en sustitución de la Constitución de 1824 que era federalista.

Cuando en 1838, Bustamante se niega a atender las reclamaciones de los comerciantes franceses avecindados en la capital, llama a Santa Anna a detener la toma del puerto de Veracruz por los barcos y tropas francesas. Santa Anna participa en la llamada “Guerra de los Pasteles” como comandante del puerto, pero sufre la amputación de una pierna al ser herido por una bala de cañón y no puede cumplir la misión encomendada. Bustamante se ve obligado a firmar la paz, en condiciones muy desventajosas para México, el 9 de marzo de 1839.

Aun convaleciente, Santa Anna es nombrado presidente interino por el Supremo Poder Conservador por quinta ocasión. A su regreso a la capital de la República, su pierna es enterrada con todos los honores en el Panteón de Santa Paula. Al poco tiempo vuelve a dejar la presidencia para combatir las rebeliones de los generales José Urrea y José Antonio Mejía.

En 1841, al ser derrocado Bustamante por la insurrección del general Manuel Paredes Arrillaga, la Junta de Notables lo vuelve a nombrar presidente. Por primera vez, Santa Anna ejerce, para mal, plenamente el cargo, por su actuar despótico, represión a la prensa, intervención abierta en las elecciones de diputados e inacción dolosa frente a la independencia de Yucatán, que hasta ya había firmado un tratado con la nueva República de Texas para recibir apoyo en su intento de separación de México. La amenaza de un levantamiento masivo en su contra, lo hace volver a solicitar nueva licencia en 1842, pero al año siguiente retorna al poder, persiste en su misma actitud y aprueba las Bases de Organización Política de la República Mexicana favorable a la iglesia y a los conservadores. A pesar de que esta nueva constitución fortalece al ejecutivo frente al Congreso, de nueva cuenta, en previsión del rechazo de los liberales, Santa Anna deja la presidencia al general Valentín Canalizo en octubre de 1843.

En junio de 1844, asume otra vez el poder y con la pretensión de aliviar la bancarrota de las finanzas públicas, eleva desmesuradamente los impuestos e impone otros absurdos que gravan, por ejemplo, las ventanas de las casas. Se dedica a ensalzar su figura y trata de recobrar Texas mediante una expedición que no pasó del intento. Al fallecer su esposa, contrae nupcias con Dolores Tosta y en octubre siguiente vuelve a solicitar nueva licencia.

Cuando intenta combatir la insurrección del general Paredes a favor del federalismo, el pueblo de la capital se amotina, desentierra su pierna y destruye su estatua. Paredes asume la presidencia y Santa Anna es enviado preso al fuerte de Perote, pero en lugar de fusilarlo, es exiliado y abandona el país rumbo a La Habana, el 3 de junio de 1845. Ahí entabla negociaciones con empresarios norteamericanos para que inviertan en México, cuando regrese al país.

José Antonio Crespo (Contra la historia oficial) cuenta que ante la inminente guerra México-Estados Unidos, Santa Anna ofrece al presidente Polk sus oficios para llegar a una paz “rápida y favorable” a cambio de apoyo para regresar a la presidencia de México. En respuesta, Polk envía a La Habana a Alex Slidell Mackenzie a negociar con Santa Anna que dicha paz incluya la cesión de territorio mexicano mediante el pago de una compensación en efectivo para restaurar las finanzas públicas. Según Richard Holmes (Las guerras que han marcado la historia), para aparentar una guerra, Estados Unidos ocuparía Saltillo, Tampico y Veracruz, y el gobierno mexicano, ante la amenaza de una invasión general, cedería los territorios ambicionados por Polk mediante el pago de treinta millones de dólares. Esto fue aceptado por Santa Anna, quien además proporcionó al enviado norteamericano información militar valiosa para facilitar la derrota de los mexicanos. Pero el patriotismo y la heroica resistencia de muchos militares mexicanos hicieron fracasar este plan para ellos desconocido y que lógicamente mantuvo secreto Santa Anna.

La posible incorporación de Texas a los Estados Unidos, violatoria del Tratado de Velasco, genera fricciones con México y cuando el 4 de julio de 1845, Texas confirma esa incorporación, México rompe relaciones con Estados Unidos, pero sin declaración de guerra. Entonces el presidente norteamericano, James Knox Polk, pretextando cierta indefinición de límites entre el nuevo estado de la Unión Americana y México, ordena la ocupación del territorio en disputa en franca provocación, cuyo propósito es crear el “motivo” para invadir México y expandir sus fronteras hasta el Pacífico. Las tropas mexicanas resisten la ocupación y el 25 de abril de 1846, la caballería mexicana vence en tierras mexicanas a los norteamericanos en el Rancho de Carricitos. Con el pretexto de la “sangre norteamericana derramada en suelo norteamericano” en esta escaramuza, el 11 de mayo siguiente, Estados Unidos declara la guerra a México.

En plena guerra y durante la confusión creada por el general Mariano Salas, quien derroca a Nicolás Bravo, vicepresidente en funciones y desconoce al presidente Paredes, quien combate a los invasores norteamericanos, Santa Anna logra librar el bloqueo (los estadounidenses lo dejaron pasar conforme a sus acuerdos previos con ellos, hay un cable fechado el 13 de mayo de 1846 de George Bancroft, secretario de Marina de los Estados Unidos, dirigido al comodoro David Conner que ordena: Si Santa Anna trata de llegar a puertos mexicanos le permitirá usted que pase libremente) y llegar a la ciudad de México.

Ahí se reconcilia con los liberales y a la renuncia de Salas en diciembre de ese mismo año, es nuevamente nombrado presidente, otra vez teniendo como vicepresidente a Gómez Farías, a quien nuevamente encarga la presidencia para luchar contra los norteamericanos. En febrero de 1847 es sangrientamente derrotado en la batalla de la Angostura, aunque según Santa Anna, la traición de un desertor impidió atacar a los norteamericanos por sorpresa, y cuando “la situación presentábase bastante lisonjera, y nadie en mi campo dudaba que la victoria quedaría completa al día siguiente”, el Ministro de Guerra ordenó la contramarcha del ejército debido a una revolución en la capital, “en su concepto era preferente a todo la conservación del gobierno”. Así volvió a perder, según Santa Anna, otra batalla: “A esos invasores afortunados estábales reservado el oro de la California y a los mexicanos el infortunio”. ¿Estaba cumpliendo sus acuerdos secretos con los norteamericanos?

Santa Anna regresa a la capital para destituir a Gómez Farías, quien había adjudicado bienes del clero para financiar la guerra y provocado por ese motivo la rebelión de los polkos.

Al desembarcar otro ejército norteamericano en Veracruz, encarga la presidencia a Pedro María Anaya y sigue la lucha contra el invasor. Es otra vez derrotado en el Cerro Gordo, Veracruz, en donde, según Santa Anna, “cuatro mil milicianos inexpertos resistieron el empuje de catorce mil veteranos con brillante armamento, causándoles pérdidas considerables; y cuando no pudieron más tan bizarros milicianos, se retiraron ordenadamente por veredas desconocidas por el enemigo”.

Se repliega para defender a la capital, en cuyos alrededores organiza la defensa con los restos de las tropas mexicanas en Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. La improvisación, desorganización o mala fe de Santa Anna contribuye a la derrota de los mexicanos. El 14 de septiembre de 1847, los invasores norteamericanos entran a la capital y los poderes de la República se trasladan a la ciudad de Querétaro.

Veinticinco años de anarquía política, de falta de cohesión en las clases dirigentes divididas en centralistas, monarquistas, liberales puros y liberales moderados, que en varias ocasiones antepusieron los intereses de partido a los de la Nación, la traición de Santa Anna y la complicidad de la Iglesia que excomulga a los civiles que ataquen a los norteamericanos a cambio de salvar sus propiedades, permitieron que “un ejército extranjero de diez a doce mil hombres haya penetrado desde Veracruz hasta la capital de la república, y que, con excepción del bombardeo de aquel puerto, la acción de Cerro Gordo y los pequeños encuentros que tuvo con las tropas mexicanas en las inmediaciones de la misma capital, puede decirse que no ha hallado enemigos con quién combatir"...como lo expresa Mariano Otero en 1847.

Santa Anna se retira a la ciudad de Guadalupe Hidalgo, el día 16 de septiembre encarga la presidencia a Manuel de la Peña y Peña y se dirige a Puebla y Huamantla. Ahí relata en sus Memorias que tiene asediados a los invasores. “Todo anunciaba la victoria, nadie dudaba la derrota”. Pero “los decretos de Dios deben cumplirse y se cumplieron”. Luís de la Rosa, Ministro de Relaciones de Peña y Peña le ordena suspender de inmediato las hostilidades. “Quién hubiera pensado que el hombre en quien deposité el poder, faltando a la confianza, su primer paso sería suspender las hostilidades y destituirme del mando del ejército”, lamenta en sus Memorias. Abandona el campo de batalla y se refugia en su hacienda de Manga de Clavo. Sin embargo, ante las críticas y ataques de que es objeto por la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, entre ellos la acusación de traición que presenta el diputado Ramón Gambo el 17 de noviembre de 1847 ante el Congreso reunido en la ciudad de Querétaro, en agosto de 1848, Santa Anna sale a Jamaica llevando cuantiosos caudales.

En Jamaica permanece cerca de dos años y después radica en Turbaco, Colombia, en donde compra una hacienda que fue propiedad de Simón Bolívar. Ahí se dedica al cultivo del azúcar y del tabaco, además de que organiza peleas de gallos.

En 1853, un grupo de conservadores lo invita a regresar a México otra vez como presidente, pero ahora con el título de “Alteza Serenísima”. El 19 de abril de ese año hace su entrada triunfal a la capital de la República.

Los siguientes dos años ejerce un poder dictatorial y se rodea de una corte de opereta, disfruta de una vida ostentosa, de teatro, peleas de gallos, abusos contra la población y de represión contra los inconformes.

Así, lo largo de dos décadas, cada vez que Santa Anna ocupa la presidencia, sus gobiernos se caracterizan por su Ley de imprenta opresiva, la expulsión de opositores y la ejecución sumaria de delincuentes, así como su gusto por la reglamentación de ceremoniales, vestimentas, órdenes como la de Guadalupe, y desde luego, impuestos excesivos hasta por puertas, ventanas y perros. Su actuación política revela que sus convicciones variaban según sus intereses: soldado a las órdenes de los virreyes, insurgente, imperialista, republicano, monárquico, centralista, pero siempre “llana y sencillamente santanista”.

Su vida pública pasa a ser una interminable serie de contradicciones en las que lo mismo se cubre de gloria que de ignominia y traición. Santa Anna inaugura una época y una tradición de golpes de estado que quita toda legitimidad a la política, la convierte en un sainete plagado de intereses inmediatistas, en el que con mucha facilidad se pasa del drama al terror o a la farsa en la medida en que proliferan las conspiraciones generalmente ridículas y se falsean las posiciones ideológicas.

La corte, el fausto militar, los ministros ocupados de secretas marchas y desfiles, distinciones y homenajes hacen de la Capital la ciudad más pintoresca que centraliza la corrupción, mientras el país queda despoblado por el hambre y la leva, se arruinan los campos y declina el comercio. A los muy contados decenios de la vida independiente de México, se consolida arbitrariamente lo que se ha heredado de los virreyes: el ejercicio del poder discrecional. Es una etapa de anarquía en la que los batallones y los fusiles deciden la política y el centralismo acelera la desintegración del territorio nacional.

Guillermo Prieto llama a Santa Anna “El Gran Farsante”, y hace ver que en su última etapa en Palacio Nacional, se superó a sí mismo, dice que él y su gabinete eran “payasos haciendo de personajes, cada prensa tenía su mordaza y cada sospechoso su enjambre de espías”.

José Joaquín Blanco refiere que en 1853 cuando Santa Anna regresó al poder, Guillermo Prieto lo combatió desde el “Monitor Republicano” y que produjo en la vida real una escena tan satírica como la de sus escritos: “Santa Anna lo mandó llamar, lo insultó, trató de golpearlo... pero estaba cojo, y en una escaramuza de comedia de pastelazos en torno a una mesa, pudo Prieto evadir los bastonazos y escaparse”. Por supuesto Prieto fue desterrado.

El 30 de diciembre de 1853, Santa Anna vende a los norteamericanos en diez millones de pesos La Mesilla, que comprende más de cien mil kilómetros cuadrados, mediante un tratado firmado con el embajador norteamericano general James Gadsden, que modifica los límites entre ambos países; asimismo, por este tratado, llamado de La Mesilla o de Gadsden, Estados Unidos es relevado de la obligación de impedir a los indios las incursiones al territorio nacional; además, México da libre tránsito a los buques norteamericanos por el golfo de California y concede a Estados Unidos libre tránsito de personas y mercancías por el istmo de Tehuantepec. En el fondo, lo que se buscaba era controlar el valle de Gila que atravesaría el ferrocarril transcontinental norteamericano. Santa Anna escribe en sus Memorias: “La proposición excedía en mucho a lo que esperaba y no ofrecía réplica, quedó aceptada” (veinte millones de pesos que después fueron rebajados a diez). De todos modos, para Santa Anna, “quedaba la satisfacción de haber conseguido relativamente por un pedazo de terreno inculto, lo que dieron por la mitad del territorio nacional”.

Durante esta última estancia en la presidencia, Santa Anna ejerce el poder apoyado en un ejército de 90,000 efectivos. Expide un decreto que ratifica sus poderes dictatoriales y le otorga el tratamiento de “Alteza Serenísima”.  Crea una administración central de caminos, concluye la carretera México-Cuernavaca, impulsa la construcción de vías férreas México-Puebla y Puebla-Veracruz y concluye el tendido de la línea telegráfica México-Veracruz. Asimismo, convoca a concurso el Himno Nacional cuya letra y música aun perduran, como perduran también las mutilaciones del territorio nacional.

La fiesta sigue hasta el 1° de marzo de 1854, cuando el general Juan Álvarez proclama el Plan de Ayutla que desconoce su gobierno. Al mismo tiempo, tiene que distraer tropas para enfrentar en el norte del país, las invasiones filibusteras de los aventureros William Walker y de Gastón de Roausset-Boulbon, quien proclama su adhesión a los rebeldes. Después de resistir más de un año el levantamiento popular, de convocar a elecciones y de fracasar en su intento de ser nombrado presidente vitalicio, Santa Anna huye de la capital, se ve obligado a renunciar en Perote el 12 de agosto de 1855 y se exilia en el buque de guerra “El Guerrero” rumbo a Colombia, a su hacienda de Turbaco: ”me ausenté antes de verme en el caso extremo de apelar a las armas en sostén de la primera autoridad y en defensa de mi propia persona, lo que no produciría ningún bien”.

Dedicado a sus actividades privadas, Santa Anna mantiene sus vínculos con los grupos conservadores. Al sobrevenir la intervención francesa, desde el extranjero Santa Anna hostiliza al gobierno de Juárez porque sus servicios militares son rechazados; entonces los ofrece en varias ocasiones a los franceses. Impaciente y convencido de la necesidad de la monarquía, en febrero de 1864, regresa a México para insistir ante la Regencia de que acepte su espada. Escribe a Maximiliano: “Al tener el honor de saludar a Vuestra Alteza Imperial como emperador de México, secundando el voto de mis compatriotas, al ofrecerle respetuosamente mis débiles servicios, puedo asegurarle, sin lisonja, que mi adhesión a su augusta persona no tiene límites.” Pero Bazaine desconfía de sus intenciones y lo detiene en Veracruz. Santa Anna responde indignado con un manifiesto contra la intervención. Expulsado de México, radica en la isla de Saint Thomas, desde donde ofrece sus servicios a Estados Unidos para mediar entre Juárez y Maximiliano. Incluso los norteamericanos lo llegan a considerar como una posible opción para sustituir a Juárez como parte de un arreglo con Francia, aunque después lo desechan porque encendería viejas rencillas. Negocia en Nueva York un préstamo para levantar un ejército, que sólo le sirve para regresar a México, cuando ya ha triunfado la República. Juárez le prohíbe desembarcar so pena de fusilarlo, por lo que Santa Anna publica desde su barco un manifiesto republicano y opta por entrar a territorio nacional por Sisal, Yucatán, en donde es aprehendido el 30 de julio de 1867.

A pesar de que los cargos comprobados en su contra merecen la pena de muerte, el Consejo de Guerra que lo juzga en el Castillo de San Juan de Ulúa, sólo lo condena a ocho años de exilio. Los jueces que lo sentencian tan benignamente, pasan seis meses en esa misma prisión por ese motivo.

A partir de entonces, Santa Anna vive en Saint Thomas, en Puerto Plata, República Dominicana, y Nassau, Bahamas, en donde escribe sus Memorias tituladas Mi Historia Militar y Política 1810-1874, en las que ataca ferozmente las personalidades y el actuar de Juan Álvarez – la “Pantera del Sur”, perteneciente a “la raza africana por parte de madre y a la clase ínfima del pueblo”- y del “indígena” Benito Juárez, además de que omite o disculpa sus fracasos atribuyéndolos a la traición, a la fatalidad o a su buena fe, nunca a sus propios errores. Como buen monárquico confiesa: “En honor de la patria habría empleado mis ruegos de muy buena gana para que a ese príncipe (Maximiliano) se le dejara regresar tranquilo a su casa de Miramar, al lado de su virtuosa esposa”…

Antes de cumplir por completo su condena regresa a México bajo el amparo de la amnistía otorgada por el presidente Lerdo de Tejada en 1873, ya muerto Juárez.

Pasa sus últimos días viviendo muy cerca de la pobreza. Muere en la ciudad de México el 21 de junio de 1876. Sus restos se encuentran en el Panteón de Tepeyac.

Concluye Ana María Cortés Nava (Epílogo a las Memorias de Santa Anna): “Durante cuarenta años Antonio López de Santa Anna fue una figura pública en la historia nacional. Sus éxitos y fracasos afectaron el desarrollo del país, por lo que su persona nunca será tratada desapasionadamente.” En realidad, su origen, ambición y vanidad le hicieron poner sus virtudes y capacidades al servicio de los poderes fácticos conservadores e imperialistas, aunque a veces, por conveniencia coyuntural se declarara republicano. Sus aparentes habilidades políticas sólo pudieron tener cabida en un ambiente de gran corrupción de la vida pública, de exclusión de la política de la mayoría de la población mestiza e indígena, de defensa a toda costa de fueros y privilegios de las clases altas y de expansión territorial norteamericana.

Santa Anna terminó de escribir sus Memorias con la confianza de que “la posteridad me hará justicia”. Años antes, al borde de la muerte por la amputación de su pierna había deseado “que los mexicanos todos, olvidando mis errores políticos, no me nieguen el único título que quiero donar a mis hijos: el de buen mexicano.” No fue así, para los mexicanos su recuerdo no es grato porque se asocia al infame despojo o venta del territorio nacional, que lo redujo a menos de la mitad del que tenía México al iniciar su vida independiente.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 21 de febrero de 1794. Muerte 21 de junio de 1876.