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Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Jean Baptiste Jecker

1810-1871

Nació en 1810, en Porrentruy, catón de Vaud, Suiza, poblado al pié de de la cordillera de Jura que en ese entonces formaba parte de Francia. Era entonces un pequeño pueblo cercano a la frontera con Francia, dedicado a la relojería, a la agricultura y a la pequeña ganadería. Jecker aprendió varias lenguas y en la práctica, adquirió conocimientos de finanzas y de minería. Se tiene noticia que su primer trabajo fue en la casa bancaria Hottinguer.

Louis, hermano mayor de Jean Baptiste, estudió medicina en Paris, emigró a México y alcanzó un gran éxito profesional como oculista y cirujano, lo que le permitió acumular una gran fortuna y hacer importantes obras de filantropía; de modo que durante las primeras décadas del México independiente, ya era un médico reconocido y adinerado. Con motivo de “la guerra de los pasteles” fue expulsado del país y volvió a reunirse en Europa con su familia; regresó a México alrededor de 1835 acompañado de dos de sus hermanos, Pierre y Jean Baptiste.

Entre 1840 y 1844, Jean Baptiste trabajó como dependiente en la casa Montgomery, Nicod y Compañía MN&C, que representaba los intereses de los prestamistas ingleses que operaban en México. Era una de las tres principales casas de ese tipo, con negocios tales como el préstamo de dos millones de pesos otorgado al gobierno mexicano en 1840. Ahí aprendió las artes y las artimañas de los contratos financieros con gobiernos que por estar sujetos a la quiebra e insolvencia crónicas y a la inestabilidad de las asonadas militares, para sobrevivir requerían siempre de recursos frescos que se veían obligados a obtener a cualquier costo.

Era una época en que si bien el capital comercial y usurario era el único importante en la economía nacional, los prestamistas tenían en los gobiernos una fuente inagotable de jugosas utilidades. Los principales prestamistas eran extranjeros, se amparaban en sus consulados y embajadas, se asociaban con empresarios mexicanos y con funcionarios públicos, lo que estimulaba la corrupción gubernamental. Los prestamistas operaban con poco efectivo y muchos pagarés y documentos que luego compraban muy barato, para obligar después a sus deudores a aceptar su valor nominal con el señuelo de agregar un poco más de efectivo o de bienes. Así, cada vez que se renegociaban los créditos, debido a la acumulación de intereses y su capitalización, las deudas se perpetuaban. De este modo se fueron cediendo a los agiotistas funciones de administración y recaudación fiscal, acuñación de moneda, manejo de correos, construcción de caminos e incluso llegaron a controlar a funcionarios de las aduanas marítimas. Bárbara Tenembaum tituló con mucha razón su libro sobre la época que va de la independencia a la guerra de Reforma, “México en la era de los agiotistas”.

En 1844, MN&C cerró sus operaciones en México y dejó a Jean Baptiste la responsabilidad de liquidar sus asuntos pendientes, quien al efecto, constituyó la Casa Jecker, Torre y Compañía CJT&C, en sociedad con Isidro de la Torre, español gaditano, y con Felipe Alonso Terán, heredero de un pariente acaudalado. Al parecer, su hermano médico, Louis, ayudó a Jean Baptiste con el capital inicial de trescientos mil pesos para comenzar este nuevo negocio antes de regresar a Europa, en donde murió a mediados del siglo XIX, sin haberse casado y sin dejar descendencia.

CJT&C se organizó como casa prestamista y de comercio, dedicada a las importaciones y exportaciones en los puertos de Veracruz, Tampico y Mazatlán; desde esta última población influía en las actividades económicas de todo el noroeste mexicano. Así fue extendiendo sus intereses al algodón, textiles, fierro, plata, carbón de piedra y hasta armamento y suministros militares a partir de 1846, cuando participó como fiadora de Joseph Limantour (padre de José Yves) en el contrato para abastecer de víveres, vestuario, armas y municiones a las tropas que defendían las Californias de la invasión norteamericana. También destacó como una gran empresa exportadora de plata de importantes minas, como las de Real del Monte, Real del Catorce, y Purísima.

Pero su actividad principal fue la financiera: hipotecas, letras de cambio, pagarés y libranzas, contratos de avío y demás instrumentos, con tasas de 24% y aun del 48%, cuando el interés legal era de sólo 6% anual. En materia de créditos gubernamentales, a partir de 1845, CJT&C realizó préstamos a diversos gobiernos locales (México, Jalisco, Zacatecas) y nacionales (Arista, Ceballos, Miramón, Comonfort), sin considerar sus diferentes ideologías y posiciones políticas. Pero paulatinamente comenzó a perder su aparente neutralidad y tendió a inclinarse por lo que convenía a los intereses franceses imperialistas. Además, Jecker logró, siendo suizo, que sus operaciones se clasificaron dentro de la deuda francesa; se desconoce cómo lo consiguió.

Debido a su creciente importancia, los negocios usureros de CJT&C levantaron las críticas de periodistas como Francisco Zarco, por los abusivos gravámenes que obtenían de las aduanas marítimas debido a sus leoninos contratos con el gobierno; y de políticos liberales como Mariano Otero, por sus efectos nocivos en la moral pública.

En 1851, bajo la influencia de la “fiebre del oro”, CJT&C promovió la constitución de la Compañía Restauradora de la Mina de Arizona, en la que participaron André Levasseur, embajador francés, el presidente Mariano Arista y José de Aguilar, gobernador de Sonora.  Después se agregaron al proyecto minero y de colonización el conde francés Gastón Raousset-Boulbon y Patrice Dillon, cónsul de Francia en San Francisco, California. Planeadamente o por iniciativa del conde, la expedición que tenía propósitos mineros y de lucha contra los apaches, devino en inscursión filibustera para apoderarse de Sonora. El conde sólo tuvo en su poder brevemente Hermosillo y fue derrotado en 1852. Públicamente, los diplomáticos franceses retiraron su apoyo al conde y Jecker le negó más financiamiento. CJT&C se vió obligada a pagar los daños ocasionados por el conde, debido a la reclamación del general Blanco, vencedor de los filibusteros y del señor Cubillas, nuevo gobernador de Sonora.

En 1853, la Casa Jecker participó en el intento de Manuel Escandón, agiotista destacado, de fundar un banco, lo cual no fue aceptado por el presidente Santa Anna, porque sintió que estaría más a merced de los agiotistas nacionales y extranjeros.

Sin embargo, en enero 1854, Santa Anna y Jecker firmaron un contrato para deslindar en veinte meses, todas las tierras inactivas de Sonora y Baja California, por un porcentaje de las tierras deslindadas. Este es un antecedente importante de lo que serían las compañías deslindadoras durante el porfiriato. Por su parte, el conde Raousset-Boulbon hizo un segundo intento por fundar un enclave francés en Sonora, que al fracasar, le costó la vida en agosto de 1854. CJT&C tampoco fue ajeno por completo a este nuevo acto de filibusterismo. Quizás debido a estos malos negocios, este mismo año, De la Torre rompió la sociedad con Jecker y se disolvió CJT&C para dar lugar a la Casa Juan B. Jecker y Compañía, CJBJ&C.

Al triunfo del Plan de Ayutla que derrocó a Santa Anna, Jecker trató de actualizar el contrato de deslinde en Sonora y California, así como de obtener otro similar respecto al Istmo de Tehuantepec, con base en que representaba al inversionista Falconnet, a quien Santa Anna había concesionado un canal interoceánico. En agosto de 1856, el gobierno de Comonfort accedió a sus propósitos con la condición de que el plazo de realización fuera de tres años, cobrara una tercera parte de las tierras deslindadas y se aceptara una multa de diez mil pesos si incumplía el contrato referido. Jecker fundó entonces, la Empresa de Deslinde del Departamento de Sonora con importantes socios como Antonio Escandón y Manuel Payno, secretario de Hacienda. Asimismo, subcontrató por diez mil dólares el financiamiento y la realización del proyecto a una compañía norteamericana. Afortunadamente, sonorenses como el gobernador Ignacio Pesqueira, se opusieron al grupo de norteamericanos encargados de realizar el proyecto, a pesar de la amenaza del bombardeo de Guaymas por un buque de guerra estadounidense.

Aun durante la guerra de Reforma, Jecker siguió presionando a los gobiernos paralelos de Miramón y Juárez para hacer ratificar y cumplir los contratos otorgados por Santa Anna y Comonfort.

El 29 de octubre de 1859, el gobierno conservador de Miramón expidió un decreto en el que hizo una emisión de bonos por quince millones de pesos, “admitidos en un 20 por ciento en el pago de todos los derechos y contribuciones que deba percibir el fisco, exceptuando el contingente nacional.. que ganarán  un rédito de 6 por ciento anual…el 3 por ciento lo garantiza por cinco años la casa de los Sres.J. B. Jecker y Cía., que lo pagará cada seis meses en los días 1º al 30 de junio y del 1º. al 30 de diciembre, y cuya firma autorizará los bonos…El 3 por ciento de réditos que queda a cargo del gobierno, representado en cupones, se admitirá en el 20 por ciento de los pagos que tengan que hacerse al erario, lo mismo que los bonos”. Los tenedores de bonos anteriores los debían cambiar por los nuevos bonos que les entregaría CJBJ&C.

El decreto sufrió modificaciones el 26 y el 30 de enero, así como el 12 de marzo de 1860 para ajustarse a los deseos de Jecker, quien a cambio de una mínima cantidad de dinero en efectivo ($618,927) y en enseres y vestuario militares, cubrió con papel devaluado de la deuda anterior (bonos Zuloaga-Peza adquiridos a precios ínfimos) lo principal de su compromiso, cobró por adelantado su comisión respectiva y trasladó al gobierno los gastos de la operación. En síntesis: lo que recibió Miramón en efectivo y especie fue $1,490,428.39, y el total de la emisión fue de $15 millones.

Dada la situación nacional y la escasa aceptación de estos nuevos bonos en el mercado, el 19 de mayo de 1860, Jecker se declaró en quiebra y suspensión de pagos para proceder a la liquidación de su empresa. El pánico cundió entre los grandes inversionistas y pequeños ahorradores que habían confiado su dinero a Jecker, ya que en ese tiempo no existían en México bancos en donde guardar el dinero.
 
Con la victoria de los liberales sobre los conservadores, Jecker fue a la ruina porque el gobierno de Juárez decretó la insubsistencia de los actos y contratos celebrado por Miramón, de modo que los bonos Jecker ya no fueron aceptados en la Tesorería General.

Por otra parte, el 18 de noviembre de 1861, el consejo de ministros de Juárez acordó: "que la referida casa de los Sres. Juan B. Jecker y Compañía había adquirido derecho a la tercera parte de los terrenos baldíos de Sonora, Baja California y Tehuantepec por una concesión condicional que le hizo el Supremo Gobierno y no por compra, permuta o algún otro título oneroso propiamente tal; que la condición única que se le puso…de planografiar y deslindar los referidos terrenos en un tiempo dado no ha sido cumplida...y habiéndose declarado nulo en 27 de febrero de 1861 el contrato que en 4 de agosto de 1859 celebró la casa con el llamado Gobierno de Miramón, al que tampoco ha dado cumplimiento… declara que ha caducado la concesión hecha a los Sres. Juan B. Jecker y Compañía en los terrenos baldíos de Sonora, Baja California y Tehuantepec y que en consecuencia la referida casa no tiene derecho de propiedad, ni otro alguno en los expresados terrenos".

En respuesta, Jecker demandó una indemnización al gobierno mexicano por la cancelación de los contratos, e intentó vender en Francia los derechos para el deslinde de las tierras de Sonora, por 10 millones de francos. También se dice que propuso a Napoleón III, por medio del duque de Morny, el establecimiento en el norte de México de una colonia de confederados norteamericanos, sostenidos por tropas francesas, belgas y austriacas para contrarrestar la expansión de Estados Unidos.

Al mismo tiempo, Jecker logró el apoyo del gobierno francés para exigir el pago de los bonos no reconocidos por Juárez, por intermediación de su cuñado X. Elsesser  con el duque de Morny, medio hermano y ministro de finanzas de Napoleón III, quien aceptó intervenir en el asunto por el 30% de lo que se recuperara. Morny presionó a  Thouvenel, ministro de Negocios Extranjeros, para que incluyera los bonos Jecker dentro de las reclamaciones francesas  e influyó en el nombramiento del conde de Saligny, como embajador francés en México, para que promoviera el pago de esos bonos como parte de la deuda francesa.

Ya en México, Saligny negoció el asunto con el secretario de Relaciones Exteriores, Francisco Zarco, quien ofreció pagar lo que Jecker había entregado realmente a los conservadores más los intereses respectivos, pero no los quince millones. Saligny difundió que había logrado el reconocimiento del total de estos bonos y ante una aclaración negativa por parte del gobierno mexicano, exigió que se indemnizara a los tenedores de esos bonos o de lo contrario, se usaría la fuerza del ejército francés.

En reunión secreta, el Congreso mexicano rechazó esta pretensión y el 4 de mayo de 1861, Zarco escribió a Juan Antonio de la Fuente, embajador mexicano en Francia: “El señor De Saligny nos ha manifestado que su gobierno está resuelto a obligar al de México al cumplimiento de ese contrato empleando si necesario fuere el apremio de la fuerza. V. E. hará conocer a ese gobierno lo ruinoso que en sí ha sido ese contrato para la nación y ventajoso para la casa de Jecker, el origen vicioso de él por haber sido celebrado con un gobierno que carecía de títulos para ello y sobre todo su objeto, que además de envolver en sí una falta a los principios de neutralidad que todo extranjero debe tener en las guerras intestinas de un país, supuesto que ese contrato se celebró para facilitar recursos a la reacción, prolongó la lucha y la guerra civil con todas sus consecuencias doble y quizá más tiempo que lo que debiera haber durado. Con toda prudencia hará V. E. entender que México en esto no ve más que el abuso de la fuerza y el disgusto que le causan las amenazas para lograr que sus pretensiones sean atendidas por el gobierno de México. En este punto advertirá V. E. a ese gobierno que México no necesita de esos medios que lastiman y son humillantes, que sobre las cuestiones que se ventilan está siempre porque se discutan y jamás se rehusará, porque éste y no la fuerza es el medio más propio para entenderse. Si no obstante las razones que V. E. exponga, México tuviere que ceder en el negocio lo hará como un acto en beneficio de la paz, mas no porque reconozca ninguna justicia”.

En junio siguiente, Juárez declaró nulos los bonos Jecker y el 17 de julio del mismo año, decretó la suspensión de pagos de la deuda externa. Pudo negociar con los acreedores ingleses y españoles, pero no con los franceses, que marcharon hacia la capital mexicana.

En el ultimátum de Saligny enviado a Juárez, antes de iniciar la guerra en su contra, se exigió también “la ejecución plena, leal e inmediata” del contrato suscrito entre el gobierno mexicano y la Casa Jecker. Así, los citados bonos se convirtieron en una de las “causas” de la intervención del ejército francés en México.

Una vez detenido el avance de las fuerzas imperialistas en Puebla el 5 de mayo de 1862, el 2 de octubre siguiente, Juárez decretó la expulsión del país de siete franceses y de Jecker, quien viajó a Francia, en donde, gracias a sus gestores, se encontró que había obtenido la nacionalidad francesa desde el 26 de marzo anterior, pese a que tenía dos décadas de no pisar suelo galo.

En el Cuerpo Legislativo francés, algunos políticos como Jules Favre, Aquiles Jubinal y Adolfo Thiers, manifestaron su oposición a la guerra con México y específicamente, denunciaron el patrocinio gubernamental de las desmedidas demandas de Jecker en beneficio de algunos miembros de la nobleza napoleónica. Otros pensadores como Anatole France sentenciaron: “Uno cree morir por la patria y muere por los industriales”, (agiotistas). Por su parte, Jecker emprendió con ayuda de su sobrino, una campaña en los diarios franceses para torcer los hechos y encender el orgullo nacional francés en apoyo a la intervención en México.

Al afianzarse en el trono Maximiliano, Jecker regresó a México discretamente y negoció con Carlos Eustaquio Corta, asesor del nuevo emperador, el pago de los bonos con un fuerte descuento y sujeto a un calendario. Obtenido este arreglo volvió a Paris. Tras nuevas discusiones con Bonnefonds, se llegó a reducir la deuda con Jecker a $4,552,000 pesos a liquidar en tres pagos girados sobre París entre octubre de 1865 y febrero de 1866. Para estar en posibilidades de sufragar el pago se aumentaron 50% los derechos de importación de mercancías extranjeras que entraran por los puertos mexicanos. El arreglo causó gran descontento popular en París y contribuyó a aumentar la presión para el retiro de las tropas francesas que ocupaban México. Finalmente, ante la inminente caída de Maximiliano, los últimos dos millones de pesos no fueron pagados a Jecker.

Tras el fusilamiento de Maximiliano, durante los siguientes tres años, ya en París, Jecker continuó reclamando a las autoridades francesas el pago no efectuado, e inclusive lanzó amenazas de publicar información comprometedora para Napoleón III, porque reveló que un agente del duque de Morny le había propuesto la operación de los ya famosos bonos a cambio de una participación del 30% de las ganancias. No tuvo éxito. Tampoco pudo regresar a México para rehacer su fortuna a partir de una mina de plata que aun poseía en Zacatecas.

Derrocado Napoleón III, durante la Comuna de París, totalmente arruinado, Jecker trató de obtener un salvoconducto para salir de la capital francesa, pero el 23 de mayo de 1871 fue detenido por los comuneros y conducido a la prisión de La Roquette. Tres días después fue fusilado, según la versión de Martín Reyes Vayssade (Jecker, el hombre que quiso vender México) en la Rue de Puebla, nombrada así en conmemoración de la toma de esa ciudad por los franceses en 1863 y que hoy es la Rue des Pyrenées: “Qué mejor lugar para fusilarlo que el arroyo de la calle Puebla, símbolo de las ambiciones colonialistas del odiado imperio?” Conforme a Victoriano Salado Álvarez (Rocalla de historia) Jecker fue muerto en la Rue de Chine: “Se colocó Jecker de cara al muro después de hacerlo que se quitara el abrigo. Él volvió la cabeza y dijo: ‘No me hagais sufrir’. Los asesinos tiraron, el infelíz cayó con el rostro al aire, y como respiraba todavía, le dieron el tiro de gracia. La justicia del pueblo quedaba satisfecha…Cinco días después llevaban el cadáver al cementerio de Charonne”.

El 30 de mayo siguiente, Juárez tuvo noticia de la muerte del banquero, a quien  Justo Sierra definió "como una especie de cuervo siniestro que apareció en las ruinas de la reacción y de los imperios". Para Reyes Vayssade fue un personaje cuya biografía muestra que “la época de los agiotistas no ha cambiado mucho, sólo se ha globalizado”.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride: Muerte 26 de mayo de 1871.