Edicion 2017

 

Autora: Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

 

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Daniels Josephus

1862-1948

Nació el 18 de mayo de 1862 en Washington, North Carolina. Su padre, un constructor de barcos del mismo nombre, fue muerto durante la guerra civil norteamericana antes de que Josephus cumpliera tres años, por lo que la familia se mudó a Wilson, en el mismo estado. Ahí estudió en el Collegiate Institute y en el Trinity College (hoy Duke University). Para ayudar a su familia, Josephus desempeñó diversos trabajos, desde cosechar algodón hasta despachar en una botica. Posteriormente, junto con su hermano Charles, inició una brillante carrera periodística en el diario amateur Cornucopia y después en el “Wilson Advance” y, aunque estudió derecho en la Universidad de North Carolina en Chapel Hill y fue admitido en la barra de abogados en 1885, nunca practicó la profesión, sino continuó siempre en el periodismo durante toda su vida, como dueño o socio del Kinston Free Press, del Rocky Mount Reporter y finalmente del Raleigh News & Observer, que compró en 1894, y con el cual se convirtió en uno de los políticos más importantes de su estado natal.

Militante activo del Partido Demócrata, al grado que su propia madre fue despedida por los republicanos como respuesta a sus artículos, fue director del semanario Daily State Chronicle; en 1887 se encargó, por elección, de la imprenta del estado de North Carolina; el 2 de mayo de 1888 contrajo matrimonio con Addie Worth Bagley; y al comenzar a perder dinero en sus publicaciones, solicitó y obtuvo trabajo en el Departamento Federal del Interior bajo el gobierno del presidente Grover Cleveland de 1893 a 1895. Su asistente en el puesto fue Theodore Roosevelt, presidente de Estados Unidos años más tarde.

En 1898 y 1900, mediante el Raleigh News & Observer, que prácticamente era ya un órgano del Partido Demócrata, y su caricaturista Norman Jennett, Daniels participó en campañas racistas que promovían la supremacía blanca y que lograron grandes victorias electorales para los demócratas. Inclusive fue señalado como el “precipitador” de los disturbios que provocaron la caída del gobierno electo de la ciudad de Wilmington. Después confesaría su arrepentimiento y apoyaría algunas causas de los “progresistas”, como la educación pública y la prohibición del trabajo infantil y del comercio de alcoholes. Sin embargo, persistió en el uso de su diario como arma de influencia política.

Como periodista y ferviente partidario de la democracia, Daniels se mantuvo siempre accesible a todo quien deseara hablar con él (por eso ubicó su despacho en la planta baja del edificio, siempre con las puertas abiertas y lo más próximo a la calle) y ganó fama de hombre valiente e íntegro, especialmente cuando condenado por sus artículos al pago de dos mil dólares o prisión, prefirió la cárcel durante tres días. Publicaba todo tipo de noticias sin considerar las consecuencias que esto podría acarrearle. “Pongo en el papel todo lo que Dios Todopoderoso permita que suceda en su mundo”. Defendió los derechos de los trabajadores y el sufragio femenino. Atacó el poder de las corporaciones que amenazaban la democracia y el bienestar de la gente. Creía que "un periódico debe ser como un predicador, manteniendo siempre la justicia." Así, Daniels llegó a ser considerado uno de los más importantes voceros del “Nuevo Sur” y un político muy influyente en el Partido Demócrata, durante veinte años miembro de su comité nacional.

En 1908 recorrió el país como jefe de publicidad de la campaña presidencial del demócrata William Jennings Bryan (opositor a ultranza de la enseñanza del evolucionismo darwiniano en las escuelas públicas), que fue derrotado por el republicano William Howard Taft.

En 1912, también como jefe de publicidad, Daniels contribuyó de manera importante al triunfo de Woodrow Wilson en las elecciones presidenciales y de 1913 a 1921 fue secretario de Marina en su gobierno, teniendo como su segundo de a bordo al joven Franklin D. Roosevelt.

Su nombramiento fue criticado por su falta de idoneidad.

En los inicios de su gestión, tuvo su primer contacto con México, cuando por instrucciones presidenciales ordenó el bombardeo, desembarco y ocupación del puerto de Veracruz el 21 de abril de 1914, junto con Roosevelt, su principal asistente. Cuatro días más tarde, Daniels respondió a las críticas que generó esta intervención: "Creo que la mayoría de los constitucionalistas están actuando poseídos de un sentimiento de patriotismo y este sentimiento, así como el Gobierno Constitucional, y la libertad, tendrán que prevalecer en México al igual que en cualquier parte del mundo. Yo siempre he sostenido que los constitucionalistas en su mayoría están animados del mismo espíritu y sentimiento que alentó a Madero y sus partidarios. Han determinado y resuelto darse a sí mismos un Gobierno Constitucional a pesar de cualquier obstáculo o error y la mayoría de ellos están alentados de sentimientos y motivos patrióticos. La libertad es un anhelo y ésta tendrá que ser adquirida por ellos de cualquier manera en México así como en todas partes. La causa del Gobierno Constitucional tendrá que prevalecer si se le hace justicia ya sea por medio de ésta o de su personalidad, se podrá apagar una llama, sin embargo, por poco que ésta brille, el pueblo americano no puede menos que sentir honda simpatía por quien quiera que esté luchando por tener un voto en los asuntos públicos de su patria y su Gobierno. La época del absolutismo pertenece ya al pasado. No hay un movimiento que valga la pena de considerársele, si no es el encaminado a establecer un Gobierno por y para el bienestar del gobernado. Con muchos esfuerzos tal vez, pero tal forma de Gobierno tendrá que ser obtenida por los mexicanos."

También fue criticado por sus tendencias pacifistas y su ineficiencia administrativa. Pero ante la inminente entrada a la guerra europea comenzó a tomar diversas medidas, como abolir privilegios tradicionales y promover un trato más humano y democrático hacia los reclutas, así como prohibir el consumo de alcohol en la flota y la prostitución en un radio de cinco millas alrededor de las bases navales, lo cual fue congruente con su devoción metodista. Asimismo, promovió que se licitaran los contratos efectuados con las empresas privadas. En 1915 inició el crecimiento de la flota norteamericana, sin embargo, muchos de los nuevos barcos entraron en servicio hasta 1919, ya terminada la guerra.

Finalmente, Daniels tuvo que dirigir la participación de la flota de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, aunque fue el último miembro del gabinete que se pronunció a favor de entrar a la guerra. Durante el conflicto, estableció escuelas para el entrenamiento de los civiles reclutados, incorporó mujeres al servicio, abrió las puertas de las academias navales a los cien marineros rasos más distinguidos del año, combatió la corrupción de los contratistas de blindajes y aumentó el número de los capellanes de la Marina. Asimismo, estableció el “puente de barcos”, un sistema de convoyes entre Estados Unidos y Europa, a salvo de los torpedos de los submarinos alemanes. Preocupado por mantener a la Marina acorde con el desarrollo de nuevas tecnologías de posible uso bélico, creo un consejo asesor, al que invitó a Edison como su presidente.

Al finalizar la guerra, promovió, sin éxito, la propiedad estatal de las fábricas de blindajes, teléfonos y telégrafos, así como el control de los radiotransmisores. Difirió con el presidente Wilson por la firma del tratado de Versalles, con el que no estaba de acuerdo. También fue partidario del ingreso de los Estados Unidos a la naciente Liga de las Naciones.

En 1921, con la derrota de los demócratas, regresó a sus actividades periodísticas, no sin antes escribir sus experiencias en el libro “The Navy and the Nation”. En 1922 publicó “Our Navy at War” y en 1924 “The Life of Woodrow Wilson”.

Diez años más tarde, tras rechazar la candidatura a gobernador de North Carolina, volvió a la política en apoyo de la campaña presidencial de Roosevelt, quien al ocupar la presidencia de los Estados Unidos, en una criticada decisión, el 17 de marzo de 1933 nombró a Daniels, de más de 70 años de edad, embajador en México.

En su discurso inaugural, el sábado 4 de marzo anterior, Roosevelt había explicado su nueva política exterior: “Empeñaré a esta nación en la política del buen vecino que por sobre todo se respeta a sí mismo y, porque lo hace, respeta los derechos de los demás; el vecino que respeta sus obligaciones y respeta la inviolabilidad de sus acuerdos en y con un mundo de vecinos.”

Eran esos, años de depresión y de inminente conflagración mundial; cuando las relaciones de Estados Unidos con los vecinos de América Latina no pasaban por su mejor momento, especialmente con México, tras la invasión de 1914 y las exageradas demandas norteamericanas de compensación por daños de guerra a personas y empresas; además, el petróleo mexicano aumentaba su importancia estratégica para la seguridad nacional de los norteamericanos a la luz de la futura guerra mundial.

Roosevelt, al nombrar al Daniels pretendía restablecer las relaciones diplomáticas con una visión de largo plazo en la que el interés regional compartido de ambas naciones fuera la meta, y no las exigencias inmediatistas de compensación y castigo de los trusts petroleros. Así se explica la elección de Daniels, más que como un representante de un gobierno, como un representante personal del propio Roosevelt, capaz de oponerse al regreso a la diplomacia del dólar o del garrote. Su relación con Roosevelt garantizaba la eficacia de la política del “Buen Vecino”, a salvo de los contubernios entre políticos y empresarios maquinados desde la capital estadounidense.

Sin embargo, los antecedentes de Daniels y del propio Roosevelt parecían desmentir el nuevo discurso presidencial del “Buen Vecino”. Lógicamente, el anuncio fue recibido con manifestaciones callejeras en la capital mexicana y el apedreo de la sede de la embajada, pues no se había olvidado la invasión de 1914, en la que perecieron decenas de patriotas mexicanos y se vulneró la soberanía nacional, no obstante haber sido en parte una medida de presión contra la dictadura de Victoriano Huerta y que se dice que fue tomada porque no se esperaba la resistencia de los jarochos.

Además, el nuevo embajador era demasiado viejo para el puesto. También se pensó que su rechazo al consumo de alcohol y su religión metodista, no favorecerían su trabajo en un país consumidor de pulque, tequila y cerveza, cuyo gobierno recientemente había concluido un conflicto religioso con los católicos. Inclusive se llegó a dudar que el gobierno mexicano le concediera el beneplácito, como finalmente lo hizo.

Este rechazo inicial motivó a Daniels a esforzarse por mejorar las relaciones entre los dos países y aun a instruir a los cónsules norteamericanos radicados en México, a abstenerse de cualquier intervención en los asuntos internos.

Desde que aceptó su nombramiento, Daniels comenzó a leer afanosamente libros sobre México, en lo que él mismo llamó “la educación de un embajador”, entre ellos “La Conquista de México” de Prescott y “Notes on México”, escritas por Joel Poinsett, primer embajador norteamericano acreditado ante el gobierno de México. Además, cultivó la amistad con intelectuales mexicanos y extranjeros como el Dr. José Siurob y el profesor Fank Tannenbaum, involucrados en el estudio de los problemas sociales del país y, desde luego, logró excelentes relaciones con el gremio de periodistas del que se sentía parte.

A su arribo a la capital mexicana, Daniels escribió en “Shirt Sleeve Diplomat”: “Recordé que en aquellos días [durante la Primera Guerra Mundial] Wilson censuró a los petroleros norteamericanos que intentaron inducirlo a dictar por la fuerza las políticas petroleras mexicanas. B.M. Baruch, entonces jefe de la Comisión de la Industria Militar, me dijo que cuando algunos petroleros intentaron convencer a nuestro gobierno de que era necesario ‘ocupar la parte de México en donde estaban localizados los grandes pozos petroleros’, Wilson preguntó: ‘¿Quieren decir que a menos que vayamos a México y tomemos por la fuerza los campos petroleros localizados en su territorio no podremos librar la guerra?’ Alguien respondió:’Así es.’ El Presidente entonces dijo: ‘Pues entonces tendrán que prepararse para un guerra con cualesquiera que sean las reservas de petróleo que tengan o aquellas que se puedan comprar en los mercados. Alemania utilizó el mismo argumento cuando invadió Bélgica. Nosotros no podemos hacer lo mismo.”

Desde su llegada se sintió fascinado por la revolución mexicana que alcanzaba su culminación: “Es un país cautivador y en muchos aspectos es hoy el laboratorio del mundo. Aquí la gente no tiene miedo de intentar cosas nuevas, aun con sus pequeños recursos. Algunas de las cosas que están intentando, por supuesto, no funcionarán (esto es cierto también para nuestro propio país) pero México no teme intentarlo.”

Escribe Joseph L. Morrison (Josephus Daniels-Simpático): “Su interés de periodista en la gente fue evidente a donde quiera que fuera…En todas partes de la escena mexicana buscó la confirmación de su propia trinidad de ideales: pequeña democracia, separación Iglesia-Estado y educación universal… simplemente se enamoró de México y de su gente. No es de extrañar que los mexicanos amaran a este embajador que no podía hablar español: él nunca tuvo que decir una palabra porque todo lo que él era estaba ya escrito sobre él”.

Siempre afable y sonriente, escuchaba atentamente y aplaudía los discursos nacionalistas y antiimperialistas, sin entender una palabra de español. Llegó incluso a retratarse portando el traje de charro al lado de su esposa vestida de tehuana. Para agradecer el salvamento de la norteamericana Tita Constantine por habitantes de Canonitas, sobreviviente de un desastre aéreo, y asistir al funeral de los estadounidenses muertos en el mismo, hizo un penoso viaje a esa aislada localidad en el estado de Puebla; después consiguió fondos para construir ahí la “Casa del Pueblo” y la escuela “Fraternidad”. Y al cumplir 75 años, cuando le llevaron las “Mañanitas”, bailó el jarabe tapatío con una de las cantantes vestida de china poblana. Así se fue ganando la aceptación y después el afecto de la gente, quien escribió alguna vez: “Un hombre es tan viejo como sus arterias e intereses. Si permite que sus arterias económicas, religiosas o sociales endurezcan o pierdan interés en todo lo que concierne a la humanidad…sólo necesitará seis pies de tierra.”.

No obstante, Daniels conservó sus convicciones puritanas y racistas, prohibió el consumo de alcohol en la sede de la embajada, pero simpatizó con las aspiraciones de los mexicanos, porque los vio como individuos soberanos que en su propia tierra defendían su derecho a una mejor educación y a una vida mejor. Así por sus creencias políticas y su temperamento, se convirtió en su amigo. Además, su entusiasmo por la historia y la cultura mexicanas también tuvieron su impacto. Se reveló como un embajador con encanto personal, buen juicio y sumamente interesado en el país.

En general apoyó las políticas del presidente Cárdenas. Escribió el mismo Cárdenas que Daniels le expresó que “pudo comprobar que el ‘plan’ del Gobierno de México tiene muchos puntos semejantes con el que sigue el presidente Roosevelt, que tiende a mejorar las condiciones de los trabajadores.” (Apuntes. Julio 10 de 1935). Su reiterada actitud abierta hacia las transformaciones sociales y su simpatía hacia Cárdenas, tachado de comunista, le mereció el mote del “Embajador Rojo” en la prensa de extrema derecha.

Por sus efectos sobre México, Daniels estuvo del lado de los republicanos españoles que al final resultaron derrotados por los franquistas apoyados militarmente por Hitler y Mussolini.

En 1938, siendo el consejero sobre asuntos mexicanos de mayor confianza del presidente Roosevelt, Daniels apoyó la expropiación de la industria petrolera decretada por el presidente Cárdenas, en contra de la posición de Hull Cordell, secretario de Estado, y de los voceros de las empresas expropiadas, lo que evitó un eventual rompimiento de relaciones entre Estados Unidos y México, como sí sucedió con Inglaterra, que rompió relaciones con México al decretarse la expropiación.

Daniels argumentó al presidente Roosevelt que la expropiación era un acto de nacionalismo, no de comunismo y que ésta, a largo plazo, sería benéfica para los propios Estados Unidos, pues elevaría el nivel de vida de los mexicanos y por lo tanto, su poder de compra de artículos norteamericanos, lo cual superaría con creces las pérdidas ocasionadas en el corto plazo. Años después reveló que detuvo una carta de Hull que podría resultar ofensiva a los mexicanos y podría interpretarse como la vuelta a “la diplomacia de dar órdenes a las naciones más débiles”. Finalmente, el presidente Roosevelt decidió que si México cumplía con el pronto pago de indemnizaciones justas, su gobierno no intervendría diplomáticamente a favor de las compañías norteamericanas expropiadas. Esta decisión se fundamentó en el consejo de Daniels, por lo que su actuación en el manejo de la crisis petrolera, motivó que la prensa mexicana no ocultara su afecto hacia él.

Así, a pesar de la propaganda, el boicot, las listas negras y demás formas de guerra económica contra México en respuesta a la expropiación, finalmente las empresas petroleras, incluyendo las británicas, se vieron forzadas a encauzar sus reclamos en los términos establecidos por el presidente Cárdenas, y cesó la amenaza de una intervención extranjera contra México, cuando el gobierno mexicano dio la certeza de que pagaría oportunamente las indemnizaciones resultantes.

Al despedirse de México, Daniels dijo durante una comida en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el 7 de noviembre de 1941: "En esta época en que la humanidad se desplaza, en todas partes, hacia un sistema social mejor, es muy satisfactorio, que, como nunca antes en el pasado, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos Mexicanos hagan frente a los cambios necesarios sin adhesiones serviles ni a los precedentes, ni a la tradición... Juntos, hoy en día contemplamos el camino real que conduce a condiciones mejores de vida, oportunidades más amplias, salarios más justos, alojamientos más decentes, la posesión de la tierra por mayor número de hombres que la cultivan ellos mismos, la educación generalizada, expresada materialmente por la construcción de miles de escuelas rurales, en donde se prepara a los jóvenes para una vida útil y el desempeño de sus obligaciones cívicas, la construcción de buenas carreteras y el ensanche de los proyectos de irrigación, todo ello robustecido por la libertad sagrada de pensar, de hablar, de escribir, de imprenta y de conciencia." Y por último, esta frase muy interesante en labios del embajador de los Estados Unidos: "Hay en cada generación hombres a quienes se tilda de extremistas y radicales porque no están dispuestos a vivir en un mundo estático" ... (Citado por Vicente Lombardo Toledano. La Revolución Mexicana).

Daniels renunció como embajador y el 9 de noviembre de 1941, fue sustituido por George S. Messersmith, tras ocho años de servicios diplomáticos; era casi octogenario, su salud y sobre todo la de su esposa estaba muy deteriorada (moriría dos años después) y su hijo Jonathan, había sido nombrado asistente especial del presidente Roosevelt.

Su gestión como embajador, para muchos sirvió a la causa de la justicia y de la libertad; según Roosevelt fue “el más eminente embajador de los Estados Unidos en América”. Y para muchos mexicanos, Daniels demostró que es posible gobernar las relaciones entre dos pueblos con inspiración democrática y sustituir con sentimientos de respeto mutuo, amistad e imperio de la ley, el impulso de la fuerza bruta. Para Miguel Ángel Sánchez de Armas, ”fue un hábil, inteligente y leal embajador que supo ponerse, hasta donde las circunstancias lo permitieron, al lado de la legalidad y de la razón. Un amigo de México.”

Concluye Morrison que “El simpático embajador ejemplificó la política del “Buen Vecino” a la perfección”. En sus nueve años al frente de la Embajada de Estados Unidos en México trató con el callismo, actuó en el periodo cardenista cuando se dañaron necesariamente intereses norteamericanos, y vivió la agitada sucesión presidencial y el inicio del periodo de Manuel Ávila Camacho.

A su regreso a los Estados Unidos, Daniels se incorporó nuevamente al periodismo en el News & Observer y escribió dos libros más: “The Wilson Era” en 1944 y “Shirt-sleeves Diplomat” en 1947. En este último libro trató sus experiencias como embajador en México; según Daniel Cosío Villegas es una obra “de grata lectura para los mexicanos, si bien de una importancia histórica limitada… El libro del Embajador Daniels sirve ya a un doble propósito muy claro e interesante: primero, es y será una vara para medir las increíbles mudanzas de la política norteamericana; segundo: demostrará una vez más lo que ya podría elevarse a la categoría de ley histórica: México y Estados Unidos no se han entendido sino cuando ambos han sido gobernados, simultáneamente, por gobiernos liberales… pero es dudoso que se entiendan un gobierno liberal y otro conservador, y menos aun dos gobiernos conservadores.”

Durante su vida fue objeto de reconocimientos tales como los Doctorados que le otorgaron varias Universidades.

Daniels murió de neumonía el 15 de enero de 1948. Lázaro Cárdenas escribió en sus Apuntes: “Ayer murió en Raleigh, Carolina del Norte, el señor Josephus Daniels, que fue embajador de la Unión Americana en nuestro país. Como embajador en México y después ya retirado a su país, fue un gran amigo de México.”

Sus restos reposan en el Oakwood Cemetery.

Quizás su simpatía y comprensión con el México rural de sus tiempos, se explique por lo que publicó el Washington Post tras su muerte: “La vida fructífera y feliz de Josephus Daniels no existió sin un elemento de tragedia. La tragedia fue que él perteneció a una América agraria que ya no existe más”.

Efemérides: Nacimiento 18 de mayo de 1862  Muerte 15 de enero de 1948

Doralicia Carmona. MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.