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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga

1753-1811

Nace el 8 de Mayo de 1753 en el rancho de San Vicente perteneciente a la hacienda de San Diego Corralejo, jurisdicción de Pénjamo, Guanajuato. Hijo de los españoles don Cristóbal Hidalgo y Costilla, administrador de esa hacienda, y de doña Ana María Gallaga Mandarte, hija de don Antonio Gallaga, arrendatario del rancho de San Vicente. Es bautizado con los nombres de José, Miguel, Gregorio e Ignacio en la capilla de Cuitzeo de los Naranjos, el día 16 del mismo mes y año. Pasa su infancia con sus tres hermanos en el lugar de su nacimiento y a la muerte de su madre, viaja a Valladolid (hoy Morelia) a estudiar en el colegio jesuita de San Francisco Xavier, clausurado poco después por la expulsión de los jesuitas. Ingresa al Colegio de San Nicolás Obispo en donde en 1770 se gradúa como Bachiller de Letras. Llega a dominar siete lenguas, entre ellas español, francés, italiano y los principales idiomas indígenas de entonces. De joven es apodado "El Zorro" por su inteligencia.

La Real y Pontificia Universidad de México le confiere el título de Bachiller en Artes y en 1773 recibe el título de Bachiller en Teología. Conoce y es sumamente influenciado por el Obispo de Michoacán, fray Antonio de San Miguel, persona de ideas reformistas y que practicaba con los pobres la teología política caritativa.

Desde su juventud manifiesta su inconformidad con el régimen colonial, su oposición a los monopolios y a que los altos cargos militares, eclesiásticos y políticos, estén reservados para los peninsulares. Critica los estudios teológicos y desagrada a las autoridades eclesiásticas porque dice que en Francia, éstos son de mayor nivel que los de España.

En 1779 se ordena sacerdote. En 1783 es catedrático de teología escolástica, filosofía y moral en el Colegio de San Nicolás de Valladolid. En 1787 es rector del mismo, pero no puede ocupar otros cargos porque es criollo y puestos más altos son reservados para los peninsulares. Se dice que por haber establecido textos de teología moderna, es hostilizado, y como sospechoso en materia de religión se le envía a servir en varios curatos, como los de Colima y San Felipe.

Para Carlos Herrejón Peredo (Miguel Hidalgo y Costilla, párroco insurgente) servir en estos curatos es realmente un ascenso en su carrera eclesiástica, pues "siempre aspiraba a un beneficio parroquial que le permitiera tener acceso al diezmo", de ahí que participara en los concursos para parroquias: en Colima aumentó sus ingresos a tres mil pesos anuales y en San Felipe a cuatro mil, en tanto que anteriormente sólo obtenía un poco más de mil pesos.

Ahí auxilia a los endeudados campesinos pobres; promueve actividades agrícolas, industriales y culturales; impulsa el cultivo prohibido de la uva y la mora; establece pequeñas fábricas de loza, de ladrillos y curtiduría de pieles. Ama las artes, practica la música y la literatura y posee una cultura enciclopédica. Es lector de Racine y de Moliere, de quien traduce algunas obras. Organiza tertulias literarias, conciertos y obras teatrales en su casa, a la cual tienen acceso las distintas clases y castas igualitariamente, que por eso se le llama “La Francia Chiquita”, lo cual en su momento, será aprovechado en la propaganda contrainsurgente para acusarlo desde libertino y licencioso, hasta de alcahuete. También, en el mismo sentido, se especula si perteneció a alguna logia masónica. Su vitalidad lo lleva a procrear hijos con las señoras Josefa Quintana, Manuela Ramos (?), y Bibiana Lucero (¿): Agustina, Mariano Lino, María Josefa, Micaela y Joaquín, a quienes reconoce. Asimismo, toca el violín y disfruta del baile y de los juegos de azar.

En 1800 es denunciado como hereje ante el Santo Oficio de la Inquisición por leer libros prohibidos, cuestionar los dogmas de fe y darse a una vida escandalosa. La acusación no prospera y la denuncia es desechada; sin embargo, al darse la insurrección diez años más tarde, el 28 de noviembre de 1810, el mismo fiscal revivirá el mismo expediente con el propósito político de propagar la herejía de Hidalgo y disuadir a los católicos de unirse a su causa.

En 1803 al morir su hermano Joaquín, lo sustituye en el curato de Dolores, en donde continúa su tarea pastoral y de mejoramiento de las condiciones de vida de la gente.

En 1808 pierde sus haciendas familiares de Michoacán por la despiadada exacción fiscal, que mediante la Consolidación de los Vales Reales, realiza la Monarquía Española para financiar su guerra contra Inglaterra, lo que indirectamente provoca la muerte de su hermano Manuel. Así experimenta en carne propia las consecuencias de las reformas borbónicas, de importancia crucial en la gestación del movimiento independentista criollo. Ese mismo año conoce en San Miguel el Grande a don Ignacio Allende, capitán del Regimiento de Dragones de la Reina, quien en broma le dice “el endiablado cura”.

Ante la invasión napoleónica de España, Hidalgo, Allende y otros personajes como don Miguel Domínguez y doña Josefa Ortiz, coinciden en que es necesario impedir que el hereje francés se apodere de los dominios españoles, por lo que es urgente reasumir temporalmente la soberanía (idea que toman de la sublevación del Ayuntamiento de México en 1808) hasta en tanto Fernando VII sea restituido en el trono.

Hay versiones de que Hidalgo sostiene una reunión con el militar francés Conde Octaviano D'Alvimar, -preso en Dolores en espera de su expulsión de Nueva España-, supuesto confidente y espía de Napoleón, quien le sugirió encabezar con el apoyo de Francia la insurrección de las colonias españoles bajo el grito de “Viva la religión y muera el mal gobierno”. Pero Hidalgo rechaza de antemano la posibilidad de pasar del dominio español al de los franceses, porque piensa en un país independiente. Lo cierto es que D'Alvimar, fue un aventurero, que a su regreso a México quiso unirse al ejército imperial mexicano, de nuevo preso pintó la plaza mayor, y fue otra vez expulsado en 1822. También es un hecho que Napoleón tenía intención de conservar y extender sus dominios en América, como lo demostró con la expedición del general Leclerc enviada a combatir la independencia de Haití.

Durante las últimas décadas del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX, la necesidad de la Corona española de mayores recursos para la guerra contra Inglaterra y el temor de que se propagaran las ideas de las revoluciones americana y francesa habían provocado que se aumentara el control sobre la colonia para fortalecer la hacienda real, para la defensa contra la amenaza de la invasión inglesa y también en prevención de aspiraciones independentistas de los habitantes. Este afán de control se concretó en medidas que causaron el malestar de la población novohispana, principalmente de los criollos, como la consolidación de los vales reales que arruinó a agricultores y comerciantes, o la exclusividad para los peninsulares de los cargos públicos superiores. A estos hechos, se agregaron la formación de las milicias provinciales que integró a muchos criollos a la profesión militar.

En la época de Hidalgo, el quiebre de la monarquía española, la lucha que el pueblo español sostenía contra la invasión francesa y la carta constitucional de José Bonaparte que concedía derechos y otorgaba igualdad a los americanos, plantearon una coyuntura favorable a la independencia de la Nueva España. Para entonces, la sociedad de la colonia presentaba una abigarrada estratificación social compuesta por un 17.5% de peninsulares y criollos que constituían las clases sociales superiores; un 22% de castas (mezclas de españoles, indios, negros y mestizos) excluidos de la propiedad raíz, de los puestos públicos y del grado de maestro en los gremios; un 60% de indígenas que conservaban sus estructuras corporativas; y un 0.5% de negros esclavos que trabajaban en las haciendas azucareras.

El descontento de los criollos se extendió a otras capas sociales y la situación fue propicia para las conspiraciones, como la del ayuntamiento de la ciudad de México y la de Valladolid, que al fracasar incrementaron el descontento general de la gente.

Además: “Entre 1720 y 1810 México sufrió diez crisis agrícolas en las cuales la escasez de maíz bajó al nivel del hambre y los precios superaron con mucho los salarios  de los trabajadores […] Los efectos secundarios del hambre eran también feroces: epidemias que devastaban a las gentes, especialmente a los subalimentados indios y castas”… (John Lynch. Las Revoluciones Hispanoamericanas 1808-1826).  La sequía que comenzó en 1808, sumió al país en el hambre y la desesperación.

En 1810 Hidalgo participa en la conspiración de Querétaro, que pretende que los cuerpos del ejército virreinal emprendan la rebelión. El movimiento armado debería iniciarse en el mes de diciembre durante la feria de San Juan de los Lagos de ese mismo año, pero denunciados en Querétaro ante el cura y juez eclesiástico, doctor Rafael Gil de León, son detenidos varios de los complicados; en tanto que en Guanajuato, el intendente Riaño ordena la detención de Allende y Aldama, y la observación de Hidalgo, tras la delación del Tambor Mayor del Batallón Provincial de Infantería, Juan M. Garrido.

Desde Querétaro, Josefa Ortiz de Domínguez envía al alcalde Ignacio Pérez a avisar a Allende de los sucesos a San Miguel, y al no encontrarlo se dirige junto con Aldama a Dolores. Al escuchar la noticia, Hidalgo, en unión de Aldama, Allende, Abasolo y otros, decide efectuar el levantamiento al amanecer del domingo 16 de septiembre: “¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recursos que ir a coger gachupines!”.

Ante la imposibilidad de disponer de una fuerza militar, convoca al pueblo en general e incorpora sus demandas de reivindicación a su movimiento, lo cual lo distingue de los otros conspiradores anteriores. Desde el atrio de la iglesia arenga a la multitud: "¡Hijos míos! ¡Únanse conmigo! ¡Ayúdenme a defender a la patria! Los gachupines quieren entregarla a los impíos franceses. ¡Se acabó la opresión! ¡Se acabaron los tributos! Al que me siga a caballo le daré un peso; y a los de a pié, cuatro reales". (Herrejón, ya citado) Juan Aldama y Mariano Hidalgo serán responsables de conseguir recursos de los caudales públicos y privados para cumplir con la remuneración prometida.

Los vecinos de Dolores, alfareros, carpinteros, herreros y campesinos, acuden a su llamado para iniciar la lucha por la independencia; se les unen algunos dragones de la Reina.

Hidalgo aprehende a los españoles y se hace de sus caudales; tras pronunciar una nueva arenga libera a los presos y se apodera de las armas de la guarnición realista. Para media mañana ya son más de ochocientos los sublevados que Allende trata de organizar militarmente. Encarga la parroquia al padre José María González y montado a caballo, inicia la marcha de la insurgencia.

La ideología de Hidalgo y el gran atractivo que éste ejerce sobre el pueblo, hacen que la rebelión se transforme de una muestra de descontento criollo, como aconteció en otras colonias españolas de América, en una verdadera revolución popular, radical y campesina, lo mismo que en un movimiento de autodefensa de las formas comunitarias de vida religiosa y política amenazadas por las reformas borbónicas, lo que provocará el rechazo de muchos criollos que ven amenazada la seguridad y propiedad de la población blanca de Nueva España.

Ese mismo día, 16 de septiembre, llega a Atotonilco y de la sacristía del templo saca una imagen de la virgen de Guadalupe, al óleo, la fija en la punta de una lanza y la convierte en la bandera de la insurrección. Así, además de aprovechar la devoción popular, pretende mostrar que su movimiento nada tiene de herético.

Enseguida, el ejército insurgente encabezado por Hidalgo marcha victorioso a Chamacuero, San Miguel el Grande (en donde el 17 de septiembre se constituye el primer ayuntamiento presidido por Ignacio Aldama) y Apaseo. En Celaya es aclamado como "Capitán General" o "Generalísimo de América" y Allende como "Teniente General". Con más de 20,000 hombres armados con pocas armas de fuego, sigue a Salamanca, Irapuato, Silao y Guanajuato, el mineral más importante de la época. Ahí los españoles, junto con sus familias y sus caudales, se refugian en la "Alhóndiga de Granaditas" el 28 de septiembre y después de una sangrienta lucha en la que la multitud enfurecida aniquila a sus defensores, toma la fortaleza gracias al “pípila” que quema la puerta. En el ataque de la masa sublevada a la Alhóndiga, que dura de las doce a las cinco de la tarde, estalla el rencor social acumulado por siglos de dominación y mueren el Intendente Riaño, doscientos soldados y ciento cincuenta españoles, así como tres mil insurgentes.

La aprehensión y a veces asesinato de españoles, así como el saqueo y destrucción total o parcial de sus propiedades, serán constantes de principio a fin del movimiento encabezado por Hidalgo y motivo de gran disgusto de Ignacio Allende. Sin embargo, los recursos más cuantiosos necesarios para pagar a las huestes insurgentes -unos veinte mil pesos diarios en su mejor momento-, serán sustraídos de los administradores y arrendatarios de diezmos, cuya operación era bien conocida por Hidalgo. (Jaramillo M. Juvenal. El sustento económico de las revoluciones en México)

Excomulgado por Abad y Queipo, obispo de Michoacán, para evitar que la población se sumara a la insurgencia, Hidalgo sale a Valle de Santiago y se acerca a la ciudad de Valladolid; entonces el canónigo Mariano Escandón y Llera, ante la inminente caída de esta ciudad en manos de los rebeldes, levanta la excomunión, pues de otro modo, conforme a sus términos, prácticamente toda la población quedaría excomulgada: Así, Hidalgo se apodera sin resistencia de Valladolid; proclama la abolición de la esclavitud en Nueva España. Sigue en triunfo por Indaparapeo, Zinapécuaro, Acámbaro, Ixtlahuaca y Toluca. Nombra a jefes insurgentes que organicen la lucha en casi todas las provincias de nueva España, incluyendo Texas, como José María Morelos en el sur, José Antonio Torres en Guadalajara, José María González de Hermosillo en las Provincias de Occidente, José María Mercado en Tepic y San Blas, José María Sáenz de Ontiveros en Durango, Rafael Iriarte en Zacatecas; así como Mariano Jiménez, Mariano Aldama y Bernardo Gutiérrez de Lara, entre los más destacados. El 30 de octubre, en el Monte de las Cruces, a las afueras de la ciudad de México, derrota al frente de más de 80,000 insurgentes al jefe realista Torcuato Trujillo, que comanda 3,000 soldados profesionales bien armados. Avanza a Cuajimalpa, pero en lugar de lanzar sus tropas sobre la capital del virreinato, ordena la retirada.

Mucho se ha especulado sobre las causas reales de este hecho, pero el mismo Hidalgo lo refiere: "El vivo fuego que por largo tiempo mantuvimos en el choque de las Cruces debilitó nuestras municiones, en términos que convidándonos la entrada a México las circunstancias en que se hallaba, por este motivo no resolvimos su ataque y sí retroceder para habilitar nuestra artillería. De regreso encontramos el ejército de Calleja y Flon, con quienes no pudimos entrar en combate por lo desproveído de la artillería; sólo se entretuvo un fuego lento y a mucha distancia, entretanto se daba lugar a que se retirara la gente. Esta retirada, necesaria por la circunstancia, tengo noticia se ha interpretado por una total derrota [...] proveídos de abundante bala y metralla no dilataré en acercarme a esa capital de México, con fuerzas más respetables y temibles a nuestros enemigos".

Escribe Patricia Galeana (Charlas de Café con Miguel Hidalgo y Costilla): “Tal vez Hidalgo cometió errores tácticos al no avanzar sobre la Ciudad de México después de haber triunfado en el Monte de las Cruces, y también al no auxiliar a Allende para sostener Guanajuato, o al sacar a todo su contingente de Guadalajara a Puente Calderón. Haciendo historia contrafactual, se puede elucubrar que la independencia se hubiera podido consumar si toman la Ciudad de México, pero también es probable que hubieran sucumbido ante las tropas realistas, el implacable Calleja no se habría dado por vencido tan fácilmente....En la historia lo que cuenta es lo que pasó. Hay que buscar los datos duros, como propone Eric Hobsbawm. Si bien el historiador debe aportar su interpretación sobre por qué supone que pasó tal o cual hecho, lo primero que debemos saber es lo que pasó y después averiguar el porqué.”

Esta decisión provoca que buena parte de la masa campesina deserte y hace perder a Hidalgo el mando militar por sus diferencias con Allende, aunque conserva el político. Desde el principio Allende quiere conservar el reino para Fernando VII; Hidalgo, en cambio, sin oponerse a esta línea, afirma que el rey ya no existe y debe actuarse en nombre de la nación. Allende trata a los prisioneros europeos y sus bienes conforme al derecho común, Hidalgo, conforme al derecho de guerra por lo que autoriza ejecuciones y confiscaciones. Para Allende, el objetivo principal es la toma militar de la ciudad de México; para Hidalgo, los objetivos son dar libertad a los esclavos y a las castas, devolver la tierra a los indios, sostener la guerra ideológica, establecer los poderes del Estado nacional y fomentar la rebelión en todos los territorios ocupados por el enemigo. Allende trata de organizar el movimiento como un ejército, Hidalgo lo considera un movimiento popular de reivindicación social, este carácter social es lo que hace diferente al movimiento de independencia mexicano de los otros movimientos independentistas de América. Allende aspira al poder para él, los militares y los criollos en general, Hidalgo piensa que el pueblo, no sólo los criollos, es el único dueño del poder y éste debe ejercerse en representación de su voluntad soberana.

Se retira a Ixtlahuaca y después de sufrir una gran derrota en Aculco, -en la que pierde hasta $300,00 pesos-, marcha a Valladolid, en donde ordena la matanza de los españoles que tiene presos (lo hará también en Guadalajara). Sigue a Guanajuato y Guadalajara. El 26 de noviembre es recibido en Tlaquepaque por los insurgentes al mando de José Antonio Torres, acompañados por las autoridades civiles y eclesiásticas de Guadalajara, a donde hace su entrada por la tarde en medio de grandes con festejos y repiques de campanas. Allí trata de establecer un gobierno con José María Chico, como ministro de Guerra y Justicia; con Ignacio López Rayón, como secretario de Estado y del Despacho; y nombra a Pascasio Ortiz de Letona embajador plenipotenciario ante Estados Unidos para negociar un tratado de comercio. Encarga a José María Mercado tomar el puerto de San Blas y a José María González Hermosillo extender la insurrección a Sinaloa y Sonora. Además, propone la creación de un Congreso Nacional con representantes de todas las ciudades villas y lugares del reino y encomienda a Francisco Severo Maldonado que elabore un proyecto de Constitución, así como la edición de “El Despertar Americano”, primer periódico insurgente, en el que reitera que “para la felicidad del reino es necesario quitar el mando y el poder de las manos de los europeos; esto es todo el objeto de nuestra empresa, para la que estamos autorizados por la voz común de la nación y por los sentimientos que se abrigan en los corazones de todos los criollos... ”

Pero su lucha no es sólo por el control del poder entre españoles y criollos, sino es una lucha popular por la libertad que abarca a todos los demás grupos sociales. Por lo que ordena que “se entreguen a los naturales las tierras para su cultivo, sin que para lo sucesivo puedan arrendarse, pues es mi voluntad que su goce sea únicamente de los naturales en sus respectivos pueblos”. Y decreta “que siendo contra los clamores de la naturaleza vender a los hombres, quedan abolidas las leyes de la esclavitud”... Asimismo, ordena la abrogación de los tributos, la supresión de la distinción en castas y la confiscación de los bienes de los europeos. También, bajo la sospecha de conspiración, ordena la muerte de alrededor de 300 españoles que mantenía en los conventos como rehenes.

En puente de Calderón Hidalgo sufre una cruenta y decisiva derrota a manos de Félix María Calleja el 17 de enero de 1811. Entonces decide ir a Estados Unidos en busca de armas y pertrechos; marcha a Zacatecas y al pasar por la hacienda del Pabellón, se le somete a juicio: Allende lo acusa de flaqueza por no atacar la ciudad de México, de provocar la derrota de puente de Calderón y de haber cedido Guanajuato al enemigo; Ignacio López Rayón lo defiende y propone dividir el mando otorgando el militar a Allende y el político a Hidalgo; finalmente Allende asume el mando supremo como generalísimo y discretamente reduce a Hidalgo a la calidad de prisionero. Ambos continúan a Saltillo y cerca de Monclova, Allende es traicionado por Ignacio Elizondo y son tomados presos en las Norias de Acatita de Baján el 21 de marzo de 1811, y conducidos a Chihuahua.

Durante varios meses, preso en un oscuro calabozo, Hidalgo es interrogado; finalmente es obligado a firmar una retractación de sus ideas e intenciones, la cual es redactada por la Inquisición para su uso propagandístico contrainsurgente.

Por su investidura de sacerdote es sometido a dos juicios, el militar y el eclesiástico. En materia eclesiástica es acusado de 53 cargos, a los cuales Hidalgo ya había contestado, meses antes, en 12 puntos: “jamás me he apartado ni un ápice de la creencia de la santa Iglesia Católica, jamás he dudado de ninguna de sus verdades, siempre he estado íntimamente convencido de la infalibilidad de sus dogmas, y estoy pronto a derramar mi sangre en defensa de todos y de cada uno de ellos. Testigos de esta protesta son los feligreses de Dolores y de San Felipe”… Pero desde enero de 1811, se le había consignado como ““Hereje formal, Apóstata de nuestra Sagrada Religión Católica, Deísta, Materialista, Ateísta, Reo de Lesa Majestad Divina y humana, libertino, excomulgado, sedicioso, revolucionario, cismático, judaizante, luterano, calvinista, blasfemo, enemigo implacable del cristianismo y del Estado, seductor protervo, lascivo, hipócrita, astuto, traidor al Rey y a la Patria, pertinaz, contumaz y rebelde al Santo Oficio, soberbio suscitador y secuaz de las sectas y herejías de los Gnósticos, de Sergio, Berengario, Cerinto, Carporates, Nestorio, Marción, Joviniano, Evionistas, Luteranos, Calvinistas y otros autores pestilenciales antiguos y modernos, deístas, materialistas y ateístas”... Se le inculpa criminalmente de ser el autor de la sublevación y los homicidios alevosos de Valladolid y Guadalajara. El 18 de mayo firma un manifiesto de arrepentimiento: “me dejé llevar por el frenesí revolucionario”. Por sentencia definitiva es privado de todos los beneficios y oficios eclesiásticos que obtiene, deponiéndolo de todos ellos y por lo tanto, es condenado a su degradación actual y real. Sin embargo, ya muerto Hidalgo, la Inquisición afirmará que “no resultan méritos bastantes para absolver su memoria y fama, ni tampoco para condenarla”.

El 3 de julio se inicia la causa militar, acusado de "alta traición, sedicioso, tumultuario, conspirador y mandante de robos y asesinatos”; se le condena a muerte y a la confiscación de bienes. Inclusive el auditor militar, licenciado Rafael Bracho, pide que la ejecución tenga un carácter cruel.

Como sacerdote, su proceso degradatorio se lleva a cabo el 29 de julio de 1811 en una de las salas del Hospital Real de Chihuahua, y consiste en rasparle la piel de la cabeza, que había sido consagrada, como cristiano y sacerdote, con el santo crisma. También le arrancan la yema de los pulgares e índices de las manos que habían sido consagradas el día de la ordenación. “Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos ... el hábito clerical y te desnudamos del adorno de la Religión y te despojamos; te desnudamos de toda orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica, te devolvemos con ignominia al estado de hábito seglar... Te arrojamos de la suerte del Señor, como hijo ingrato, y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdocio, a causa de la maldad de tu conducta".

La degradación no significa la excomunión sino el despojo de su inmunidad sacerdotal, por lo que ya puede ser entregado al gobierno español para que lo fusile sin ninguna de las prerrogativas y beneficios eclesiásticos. Ya degradado, puesto a disposición de la jurisdicción real, se le obliga a arrodillarse para escuchar la sentencia de muerte.

El 30 de julio de 1811 es fusilado en Chihuahua, no sin haber recibido la comunión para que muera en el seno de la Iglesia Católica y pueda ser sepultado en camposanto, ya que su discutida excomunión había tenido en realidad un propósito político.

En agradecimiento a las atenciones recibidas por parte del cabo que lo custodiaba, Miguel Ortega, y del carcelero Melchor Guaspe, Hidalgo escribe versos con carbón en una de las paredes del calabozo. Antes de partir al paredón, perdona y regala dulces a quiénes lo fusilarán, les dice: “La mano derecha que pondré sobre mi pecho será hijos míos, el blanco seguro al que habéis de dirigiros”.

Es sentado en una silla para ser fusilado. Se niega a ser vendado y a dar la espalda al pelotón. Su muerte no es fácil porque yerran los tiros; tras varias descargas, finalmente le dan tiro de gracia para hacerlo morir. El brigadier Nemecio Salcedo hace que un indio tarahumara corte la cabeza de un solo tajo con un machete a cambio de veinticinco monedas de plata. Su cuerpo decapitado es expuesto al público.

Su cabeza es enviada a Guanajuato para ser colocada en una jaula de hierro que es colgada en uno de los ángulos de la Alhóndiga de Granaditas; en los otros tres, de igual manera, son exhibidas las cabezas de Allende, Aldama y Jiménez, con la siguiente inscripción “insignes facinerosos, primeros caudillos de la revolución, que saquearon y robaron los bienes del culto de Dios y del Real Erario, derramaron con la mayor atrocidad la inocente sangre de sacerdotes fieles y magistrados justos; fueron causas de los desastres, desgracias y calamidades que experimentamos, y que afligen y deploran los habitantes todos de esta parte tan integrante de la nación española”. Las cabezas permanecerán ahí hasta marzo de 1821.

El cuerpo decapitado de Hidalgo es sepultado en la Tercera Orden de San Francisco, en la ciudad de Chihuahua.

Cuenta Pedro García (Con el cura Hidalgo en la guerra de independencia): “Después de estos hechos horrorosos se siguió una guerra encarnizada a la memoria de Hidalgo y sus ideas. Se hizo correr una retractación ominosa. ¡Invención extraña y ridícula! Porque ni el mismo Hidalgo tenía ya poder para recoger las semillas que había sembrado y regado con su sangre y la de sus dignos compañeros, y más tarde o más temprano habían de fructificar. Se prohibió hablar de Hidalgo en ningún sitio, pues esto era un gran delito que se castigaba con rigor. Esta es la razón porque no se encuentra en todo el país un retrato que siquiera se le parezca, pues que la prohibición duró cerca de diez años. Se siguió un espionaje tremendo. Nadie estaba seguro de hablar dentro de su casa. Los espías estaban por todas partes. En la noche, las puertas no estaban solas, y no faltaba un oído atento en los agujeros de las llaves o rendijas de una ventana. La policía estaba en manos de los frailes, por lo que se veían patrullas a todas horas por las calles, mandadas por un capitán fraile, que con espada en mano ostentaba en parte charreteras sobre el hábito. Este servicio lo daban los conventos según sus turnos, y hubo quien mandara una expedición por la confianza que inspiraba por su rigor, y no era más que de San Francisco.”

Desde el púlpito, la Iglesia reforzó su apoyo al gobierno virreinal con oraciones como la pronunciada el 31 de diciembre de 1811, en la catedral de México,  por el doctor don Manuel Alcalde y Gil: “La autoridad del rey dimana del cielo [...] estamos obligados a quitar la vida, aunque sea a nuestro hermano, cuando sepamos que es pseudo-profeta, esto es, alborotador y sedicioso [...] Cuando sepáis que alguno [...] [tiene] comunicación con los malvados, entonces armad vuestro invicto brazo con el divino escudo que os protege y a cortarle la cabeza [...] o desolladlo vivo, y poned su piel por forro en el asiento de su silla [...] y así cuando sepáis que alguno [...] trata de formar conspiraciones, desolladlo vivo [...] Que alguno critica injustamente las operaciones del gobierno [...] desolladlo vivo.” (Toro Alfonso. La Iglesia y el Estado en México).

Por decreto del 19 de abril de 1823, el Soberano Congreso Mexicano nombra a Hidalgo "Padre de la Patria", y la Iglesia, libre ya de obispos sujetos a la Corona española, permite que su cuerpo y su cabeza se depositen en la Catedral de México; el 15 de enero de 1869 se crea una entidad federativa con el nombre de Estado de Hidalgo; por decreto presidencial del 18 de abril de 1873, el 8 de mayo, día de su nacimiento, la Bandera es izada a toda asta; y en 1925, sus restos son trasladados a la Columna de la Independencia.

Reflexiona Vicente Riva Palacio (El Libro Rojo): “Hidalgo es grande porque concibió un gran proyecto, porque acometió una empresa gigantesca, porque luchó contra el fanatismo religioso que apoyaba el supuesto derecho del rey de España, contra los hábitos coloniales arraigados en el transcurso de tres siglos, contra el poder de la metrópoli que podía poner millares de hombres sobre las armas. Hidalgo es héroe porque comprendió que su empresa se realizaría, pero él no vería nunca la tierra de promisión.”

Para Edmundo O’Gorman (Discurso de ingreso a la Academia de Historia), “Hidalgo con su insurrección dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, y aunque la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda de que fue él quien hirió de muerte al virreinato”.

Concluye Patricia Galeana en el escrito citado: “Si volvemos a los datos duros, encontraremos que Hidalgo fue un hombre inteligente, culto y carismático, con agallas, que supo ponerse al frente del movimiento insurgente, despertar y encauzar una revolución social, que implicó en lo político la independencia de España, en lo económico la liberalización de cultivos y comercio, y la supresión de alcabalas y estancos, en lo social la liberación de los esclavos y castas y la restitución a los indios de las tierras de las que se les había despojado desde la conquista. Por ello merece el reconocimiento que se le ha dado.

Ciertamente, si él no se hubiera lanzado a ‘coger gachupines’, alguien más lo hubiera hecho, pero el hecho es que fue él quien lo hizo. Aranda había visto venir la independencia desde el siglo XVIII. El abate de Pradt, con un ejemplo grafico irrefutable, habría afirmado que así como no se puede evitar que un fruto maduro se desprenda del árbol que le dio vida, tampoco se podía evitar la independencia de las colonias de su antigua metrópoli.

Pero el hecho es que fue Hidalgo el que tuvo el valor de iniciar el proceso. Los enemigos de los héroes populares, los iconoclastas que quieren quitar al pueblo sus símbolos para poner a contrahéroes, han reiterado hasta la saciedad que Hidalgo sumió al país en el caos. Consideran que la Nueva España habría sido una potencia con una independencia pacífica, pero se les olvida que fueron los grupos fácticos de poder los que cerraron esta vía.”

 


Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 8 de mayo de 1753. Muerte 30 de julio de 1811.