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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Antonio Díaz Soto y Gama

1880-1967

Hijo del abogado Conrado Díaz Soto y de Concepción Gama Cruz, nació el 23 de enero de 1880 en la ciudad de San Luís Potosí, en el seno de una familia de clase media ilustrada, liberal y opuesta al régimen. Desde su niñez fue influido por sus lecturas de la historia patria y pronto se identificó con Morelos, “el más grande hombre que ha tenido México”. Inició sus estudios en el Colegio de la Inmaculada Concepción; con posterioridad continuó su preparación académica en el Instituto Científico y Literario de San Luís Potosí, en donde cursó la carrera de abogado, recibiendo su título en 1900. Fue en ese entonces cuando el club político Chichimeca y participó en la fundación del Club Liberal “Ponciano Arriaga”, del cual llegó a ser vicepresidente. En esa organización, anticlerical y jacobina, que se extendió a una veintena de ciudades a lo largo del país, también participaron los hermanos Flores Magón, Camilo Arriaga y Juan Sarabia. Asimismo, llegó a ser presidente del Comité Liberal de Estudiantes de San Luis Potosí.

Al celebrarse el primer Congreso Liberal Mexicano en 1901, que inició la oposición organizada al porfiriato, Díaz Soto y Gama comenzó a conocer la prisión por haberse convertido en uno de sus activistas más importantes. Tras ser liberado, poco tiempo después volvió a prisión, en esta ocasión por varios meses, lo mismo que en 1902. En esta época colaboró en la publicación de El hijo del Ahuizote, en la que se difundían las ideas del Club Liberal. Debido a la creciente represión sobre los grupos liberales, Díaz Soto y Gama se trasladó a Texas en 1903, en donde coincidió con Sarabia, Librado Rivera, los hermanos Flores Magón y Santiago de la Hoz. Ahí impartió conferencias sobre la situación de México y escribió en el periódico La Reforma Social que se publicaba en El Paso, además escribió para los periódicos Vésper y El Colmillo Público, que se difundían en la capital de la República.

Dados los apremios económicos de su familia, para regresar a México, en 1904 se comprometió con el general Díaz a ya no participar en la política a cambio de un permiso para volver. Y así lo cumplió hasta que fue derrocado el dictador. A su regreso trabajó como notario del Partido Judicial de Tacubaya, cargo que desempeñó hasta 1913.

Así fue como regresó a la acción política en 1911 y se convirtió ahora, en uno de los más severos críticos de Madero, cuya actitud de benevolencia hacia el régimen porfirista criticó Díaz Soto y Gama, porque dejaba intacta toda la estructura de poder y abandonaba los propósitos de cambio económico y social que habían sustentado la revolución maderista, de lo cual resultaba un verdadero suicidio para el naciente movimiento de reivindicación popular. En ese mismo año, conoció a Emiliano Zapata y compartió sus ideales agrarios.

Sin ser miembro de la XXVI Legislatura federal, Soto y Gama presentó en 1912, al alimón con Juan Sarabia, un proyecto de ley agraria que no tuvo tiempo para prosperar por el cuartelazo de Victoriano Huerta y la disolución del Congreso de la Unión que ordenó el dictador.

Asimismo, inspirado por el anarquista catalán Francisco Moncaleano, se sumó a la actividad sindical al promover la creación de la Biblioteca y la Casa del Obrero Mundial, organización que promovía la unión de los trabajadores en la lucha contra el capital y que además de condenar el asesinato de Madero y Pino Suárez, llegaría a aportar sus “Batallones Rojos” en la guerra contra la dictadura de Huerta.

En la celebración del Día del Trabajo, Soto y Gama tuvo el valor, junto con otros oradores, como Serapio Rendón (a quien este acto le cuesta la vida), de atacar al régimen huertista por su origen espurio, su cinismo y su crueldad desde el Hemiciclo a Juárez. Asimismo, por esos días, Soto y Gama rechazó la intención de Huerta de disolver la Casa del Obrero Mundial con el pretexto de que la invasión norteamericana de 1914, obligaba a la alianza nacional en torno al dictador. En un mitin sostuvo que primero se debía acabar con la dictadura huertista y después luchar contra los invasores.

Huerta ya no resistió más los ataques de los sindicalistas y ordenó su inmediata aprehensión, por lo que decidieron huir y unirse a alguno de los grupos revolucionarios en armas. Soto y Gama decidió incorporarse a las fuerzas encabezadas por Emiliano Zapata, de cuyo Ejército Libertador del Sur fue uno de los delegados en la Convención de Aguascalientes, reunión revolucionaria en la que tuvo una destacada actuación, provocando incluso el escándalo por haber pronunciado un audaz discurso contra la bandera nacional. Sucedió que al subir a la tribuna lamentó que la Convención se llamara asamblea militar y no revolucionaria, que en las sesiones no se discutiera algún plan, y al volver la cara hacia la bandera que ya habían firmado todos los delegados, expresó según Florencio Barrera Fuentes (Crónicas y Debates de las Sesiones de la Soberana Convención Revolucionaria)

“Cuando se viene a esta asamblea no se es constitucionalista, ni villista, ni zapatista: se es mexicano...aquí venimos honradamente. Creo que vale más la palabra de honor que la firma estampada en este estandarte, este estandarte que al final de cuentas no es más (toca la bandera) que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide (Voces: ¡No! ¡No!) Yo, señores, jamás firmaré sobre esta bandera. Estamos haciendo una gran revolución que va expresamente contra la mentira histórica, y hay que exponer la mentira histórica que está en esta bandera; lo que se llama nuestra independencia no sólo fue independencia del indígena, fue la independencia de la raza criolla y de los herederos de la conquista para seguir infamemente burlando... "          

Al estrujar la enseña patria entre sus manos, Soto y Gama provocó la indignación de los militares que echaron mano de sus pistolas y le gritaban traidor y loco, y exigían bajara de la tribuna.

Martín Luis Guzmán (El Águila y la Serpiente) recoge esos momentos:

"Hasta esa mañana Díaz Soto no dio nunca señales de haber advertido, en el curso de sus peroraciones, que tal bandera estuviese allí. Pero esta vez, mientras ordenaba sus ideas para empezar a hablar, tomó la tela por una de las puntas, la levantó ligeramente, y al fin la dejó caer, a tiempo que iniciaba la primera frase. El tema central de aquel discurso no lo recuerdo, por más que los periodos principales versaran, como de costumbre, sobre el ideal zapatista y la necesidad de hacerla bajar desde las montañas meridionales hasta las llanuras del centro y el norte de la República -dicho todo ello con la elocuencia pirotécnica y reiterativa en que Díaz Soto era maestro-. El caso es que hubo un bello trozo, de grandes rasgos históricos, donde se hacía ver cómo era uno el género de los hombres, uno su origen, uno su destino. Hubo otro por donde desfilaron, ante los ojos encandilados de los convencionistas, los grandes guiadores de la humanidad, la procesión magnífica de los maestros que no incurrieron en las distinciones de nacionalidad, ni de color, ni de raza: Buda, Jesucristo, San Francisco, Karl Marx y Zapata. Y luego, en el paroxismo de la elocuencia militante y arrebatadora, vinieron otros periodos -éstos los más brillantes- destinados a denunciar la perversa división de los hombres en pueblos y naciones, a vituperar los imperios, a negar y escarnecer la patria y las patrias y abominar de todos los emblemas pueriles que los hombres inventan para odiarse entre sí y combatirse.

En esta última parte de su oración quiso Díaz Soto unir el acto a la teoría, para lo cual, cogiendo la bandera mexicana que tenía al lado, la hizo objeto de múltiples apóstrofes y exclamaciones y preguntas retóricas.

-¿Qué valor -decía, estrujando la bandera y recorriendo con la vista palcos y butacas-, qué valor tiene este trapo teñido de colores y pintarrajeado con la imagen de un ave de rapiña?

Nadie, naturalmente, le contestó. Él tornó a sacudir el lienzo tricolor y a preguntar, o exclamar:

-¡Cómo es posible, señores revolucionarios, que durante cien años los mexicanos hayamos sentido veneración por semejante superchería, por semejante mentira? ..

Aquí los militares convencionistas, cual si fueran librándose poco a poco de la magia verbal del orador predilecto de Zapata, empezaron a creer que veían visiones, y, segundos después, vueltos del todo en sí, se miraron unos a otros, se agitaron, iniciaron un rumor y en masa se pusieron en pie cuando Díaz Soto, a punto ya de arrancar del asta la bandera -tamaño era su ahínco-, estaba dando cima a su pensamiento con estas palabras:

-Lo que esta hilacha simboliza vale lo que ella, es una farsa contra la cual todos debemos ir. ..

Cuatrocientas pistolas salieron entonces de sus fundas; cuatrocientas pistolas brillaron por sobre las cabezas y señalaron, como dedos de luz, el pecho de Díaz Soto, que se erguía más y más por encima del vocerío ensordecedor y confuso. Flotaban principios, finales, jirones de frases; sonaban insultos, soeces, interjecciones inmundas ...

-Deje esa bandera, tal por cual. ..
- ... Zapata, jijo de la …
-Abajo ... bandera... don ...

En aquellos instantes Díaz Soto estuvo admirable. Ante la innúmera puntería de los revólveres, bajo la lluvia de los peores improperios, se cruzó de brazos y permaneció en la tribuna, pálido e inmóvil, en espera de que la tempestad se aplacase sola. Apenas se le oyó decir:

-Cuando ustedes terminen, continuaré".

El general Samuel Santos tomó la bandera, la besó y la llevó al otro extremo de la sala, en donde montaron guardia Obregón, Alessio Robles y el mismo general Santos. Para calmar los ánimos, el general Eduardo Hay pronunció un discurso de desagravio a la bandera y terminó su intervención con un beso a la enseña, que fue vitoreado por todos los presentes. Así salvó a Soto y Gama de ser acribillado por los que consideraron que había agraviado a la bandera nacional.

Soto y Gama prosiguió su discurso en tono más mesurado, pero protestó porque “se pretendía poner a un hombre por encima de la Revolución (Carranza) y declaró que la verdadera revolución estaba en el Plan de Ayala, “emancipación y justicia para los humildes”, lo que mereció el aplauso de los presentes. Por su parte, el general Eduardo Hay exhortó a los zapatistas a trabajar sinceramente por el triunfó de la Revolución y el general Roque González Garza, en nombre del General Villa, señaló que en principio, el Plan de Ayala era el de la División del Norte.

En 1915, Soto y Gama fue nombrado ministro de Justicia en el gobierno convencionista de Francisco Lagos Cházaro, cargo que no aceptó. En septiembre de ese mismo año, firmó por los zapatistas el Programa de Reformas Políticas y Sociales de la Revolución. Al regresar a Morelos, ya era uno de los intelectuales más destacados del zapatismo, al que abandonó en 1920 para sumarse al Plan de Agua Prieta. En adelante fue uno de los políticos que apoyaban abiertamente al general Obregón. Pedro Castro (Álvaro Obregón. Fuego y cenizas de la Revolución Mexicana) señala: Los vínculos personales y políticos de Soto y Gama con Obregón se tradujeron en una asociación benéfica para ambos. El caudillo de sangre criolla, proveniente de las vegas sonorenses y de mentalidad agrícola, en un principio tuvo dificultades para entender la situación de los campesinos indígenas del altiplano y del sur. Sin embargo, acabó respondiendo a su manera a la necesidad de resolver uno de los problemas más graves del país, fermento de la lucha de una década cuyo potencial revolucionario se mantenía vigente.”

En 1920 participó activamente en la fundación del Partido Nacional Agrarista, por el que llegó a ocupar un escaño por San Luis Potosí en la Cámara de Diputados. Desde estos puestos influyó decisivamente en que Obregón decidiera el reparto agrario: “nuestra labor consistió, desde luego, en organizar y excitar a los pueblos, por medio de circulares y de agentes, para que procediesen sin tardanza a pedir la restitución y dotación de ejidos; a la vez que les hacíamos ver que nosotros apoyaríamos, como constantemente lo hicimos, esas demandas de tierras ante el Ejecutivo y ante la Comisión Nacional Agraria. Agregadas estas gestiones a la labor intensa de propaganda y agitación que realizábamos desde la tribuna de la Cámara de Diputados, conseguimos que el general Obregón y su secretario de Agricultura, Antonio I. Villarreal, iniciasen en debida forma el reparto de tierras a los pueblos en concepto de ejidos o terrenos comunales.”

 “Cuando me he dado cuenta -afirma Soto y Gama que el presidente le comentó- de que la agitación entre los campesinos se extendía como una corriente eléctrica y que bastaba que un pueblo de determinada región solicitase ejidos para que en seguida lloviesen sobre el Ejecutivo solicitudes semejantes de otros pueblos de la comarca, tuve que rendirme a la evidencia y aceptar que la demanda de tierras no era fruto artificial de la propaganda de ustedes los agraristas, sino que era una exigencia nacional, poderosa e irresistible.

En 1923 contrajo matrimonio con Enriqueta Ugalde Nieto, con la que procreó doce hijos. En tres ocasiones más, fue electo diputado por distintos distritos electorales, y con este carácter defendió la reelección presidencial de Obregón, de cuyo asesinato culpó a los callistas. Convertido en acérrimo crítico del presidente Calles, el Jefe Máximo ordenó su expulsión del Partido Nacional Agrarista y su desafuero en 1930.

A partir de entonces se convirtió en profesor de Historia de México y de Derecho Agrario en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela de Jurisprudencia, al lado de otros distinguidos mentores como Antonio Caso, Lombardo Toledano y Salvador Azuela. Por su trayectoria y brillante oratoria, para los estudiantes era ejemplo del heroísmo revolucionario. Entre sus alumnos destacados se encuentran Manuel Gómez Morín y Antonio Martínez Báez. Durante la rectoría de Rodulfo Brito Foucher, Soto y Gama dirigió la preparatoria por dos semanas.

En 1933 apoyó la candidatura presidencial de Antonio I. Villarreal, contra la de Lázaro Cárdenas, del Partido Nacional Revolucionario, PNR. En marzo de 1934 participó en la formación de la Confederación Revolucionaria de Partidos Independientes y actuó como destacado orador en la campaña presidencial de Villarreal, al mismo tiempo que escribía en El Nuevo Régimen, periódico editado por el hijo de Filomeno Mata. Al sólo obtener el 1.07% de la votación en las elecciones presidenciales, Villarreal y Soto y Gama fueron indiciados por el delito de conspiración, por lo que para evitar ser encarcelado se marchó a San Antonio, Texas, en donde fundó el semanario bilingüe Frente a Frente, que se distribuía en el noroeste de México.

Al año siguiente regresó al país, retomó sus cátedras y se convirtió en colaborador del diario El Universal que sólo abandonaría a su muerte. Desde las páginas de este periódico fustigó a los políticos corruptos y denunció las desviaciones de la reforma agraria.

Durante el gobierno cardenista fue abogado consultor de la Dirección de Asuntos Jurídicos de la Secretaría de Agricultura, puesto al que renunció por negarse a obedecer la instrucción de la Oficialía Mayor de esa dependencia, de repudiar públicamente la rebelión del general Saturnino Cedillo, pues consideró que no le correspondía juzgar el conflicto entre Cedillo y el presidente Cárdenas, como lo hizo público en una carta abierta. Por este motivo sufrió la presión del gobierno cardenista y vio sumamente reducidos sus ingresos.

En 1939 apoyó la candidatura presidencial de Juan Andrew Almazán, su amigo y correligionario, contra Manuel Ávila Camacho del Partido de la Revolución Mexicana, PRM. Pero nuevamente salió derrotado por la maquinaria oficial y por el veto que los Estados Unidos ejercieron en contra de su candidato, al que acusaron de simpatizar con Adolfo Hitler.

Posteriormente, en 1946, fue fundador y vicepresidente del Partido Democrático Mexicano, organización que respaldó la postulación presidencial de Ezequiel Padilla contra Miguel Alemán Valdés del Partido Revolucionario Institucional, PRI. Obviamente fue derrotado.

Después del nuevo fracaso electoral, Soto y Gama se refugió en la UNAM y en su labor periodística. Durante el conflicto contra el rector Salvador Zubirán porque se negó a rendir homenaje a Carlos Pereyra, fue electo rector de la Universidad Nacional por los estudiantes, al margen de la Ley Orgánica. Fue entonces cuando se opuso a la Junta de Gobierno, criticó a la burocracia universitaria, y se comprometió a reformar el artículo tercero constitucional para incluir la libertad de cátedra y “el reinado de Cristo” en la UNAM.

Durante la guerra fría de mediados del siglo XX, Soto y Gama se convirtió en abanderado del catolicismo, se unió al anticomunismo y fue enemigo de los soviéticos. Por esta vía, aumentó cada vez más su religiosidad y emprendió su nueva lucha a favor de la regeneración cristiana de la sociedad y del individuo.

El 7 de octubre de 1958 el Senado de la República le otorgó la medalla “Belisario Domínguez” por su ya histórica trayectoria política.

Además de sus numerosos discursos y artículos periodísticos, entre sus obras destacan: La Cuestión Agraria en México, La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata, su caudillo e Historia del Agrarismo en México.

Falleció en la ciudad de México el 14 de marzo de 1967.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 23 de enero de 1880. Muerte 14 de marzo de 1967.