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Edicion 2017

Edición Web Limitada

Autora: Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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Salvador Alvarado

1880-1924

Nace el 20 de julio de 1880 en Culiacán, Sinaloa. Autodidacta, es comerciante y boticario. Lector constante del periódico magonista “Regeneración”, siente la necesidad de un cambio de las condiciones de miseria general, alcoholismo, violación de las leyes y abuso y corrupción de las autoridades. Se incorpora al movimiento maderista en Pótam, Sonora y participa en el asalto al cuartel de Hermosillo. Lucha en las montañas del noroeste de Sonora hasta la caída de Díaz. En 1911, bajo las órdenes de Juan G. Cabral, asciende a los grados de mayor y de teniente coronel. Combate en 1913 la rebelión orozquista y llega a ser jefe de un Cuerpo Auxiliar Federal.

Al darse el cuartelazo de Huerta, se une al ejército constitucionalista y Carranza lo nombra coronel y jefe de la zona central de Sonora. Con la toma de Guaymas en 1914, obtiene el grado de general y se convierte en uno de los miembros más prominentes del constitucionalismo sonorense, con independencia política de Obregón. En ese mismo año, cuando José María Maytorena desconoce a Carranza, sus soldados se suman a la revuelta y es encarcelado en la penitenciaria de Hermosillo. Tres meses después es liberado por acuerdo de la Convención de Aguascalientes y asume la comandancia militar de la capital de la República nombrado por el Primer Jefe. Se reincorpora al gobierno de Carranza establecido en Veracruz y recibe la orden de reorganizar las tropas constitucionalistas en Puebla y Tlaxcala.

Es jefe militar del sureste cuando se rebela Abel Ortiz Argumedo supuestamente a favor del villismo en Yucatán, en realidad encabezando una guerra separatista de la “casta divina” bien pertrechada por intereses norteamericanos. Carranza lo nombra comandante militar en ese estado. Derrota a los sublevados en Blanca Flor y el 19 de marzo de 1915 toma la ciudad de Mérida y queda encargado del gobierno local. Desde esta plaza, Alvarado se apoderó de los recursos que producía el henequén, cuyos precios se habían elevado por la guerra en Europa, para financiar al carrancismo en su lucha contra Villa y Zapata.

Como gobernador expide una Ley Agraria (que después cancelará Carranza) convencido de que los revolucionarios “pedimos tierra y libros… queremos independencia económica… no queremos riqueza acumulada en pocas manos… que los señores propietarios reasignen algo para aliviar las necesidades de la mayoría”… Asimismo, promulga nuevas leyes en materia de Hacienda, Trabajo, Catastro y Municipio Libre, a las que se les denominó “Las Cinco Hermanas”, por su homogeneidad en cuanto a su ánimo reformista. Paralelamente, combate los monopolios norteamericanos representados por Avelino Montes y Olegario Molina que manejan haciendas henequeneras, ferrocarriles, bancos y escuelas. Con similar propósito reorganiza la Comisión Reguladora del Mercado Henequenero para evitar el acaparamiento y la especulación de la International Harvester Co. Asimismo, funda la Compañía de Fomento del Sureste para desarrollar las comunicaciones marítimas y terrestres en la región.

En su Ley de Trabajo del 15 de diciembre de 1915, establece la libertad de trabajo y de asociación para trabajadores y patrones; regula la contratación y las relaciones laborales; fija las jornadas según la actividad de que se trate pero sin que rebasen las 48 horas semanales, con un mínimo de hora y media de descanso; y señala el “salario remunerador”, que “no se trata de un salario para sostener la situación actual del trabajador, sino del que necesite para colocarlo en condición mejor de la que hasta ahora ha vivido”. Asimismo, dispone condiciones de trabajo más benignas para mujeres y niños. También norma la higiene y seguridad en el trabajo, la huelga como último recurso del trabajador para su defensa, y crea Consejos de Conciliación y Arbitraje para la atención de los conflictos.

Desde el punto de vista social, legisla sobre relaciones familiares, incluyendo el divorcio absoluto; libera a los mayas de la servidumbre; anula sus deudas con los hacendados y prohíbe los azotes, la retención de los hijos y otras formas de opresión; decreta la ley seca por “el engrandecimiento de nuestra raza debilitada por la esclavitud y por la degeneración producida por el alcohol.” También suprime los prostíbulos, controla sanitariamente a las prostitutas, prohíbe las corridas de toros, las peleas de gallos, los garitos, las rifas y las loterías.

Además, suprime la servidumbre doméstica sin salario y exige la indemnización por trabajos personales prestados. Organiza el primer Congreso Feminista, porque “mientras no elevemos a la mujer, nos será imposible hacer patria”. Escribe: “así como había miles de esclavos en los campos, también había en las ciudades miles de pobres mujeres sometidas a la servidumbre doméstica, en una forma que, con apariencias de paternidad, era de hecho una positiva esclavitud. El servicio de las casas ricas se hacía por docenas de pobres mujeres, indias o mestizas, que vivían encerradas, trabajando incesantemente, sin más salario que el techo, la ropa y la comida”. Así procura arraigar en todos los ciudadanos la convicción de que los estímulos a la mujer debían constituir el máximo orgullo de todo hombre libre.

En materia educativa, disuelve el Consejo de Instrucción Pública y la Escuela de Jurisprudencia por su conservadurismo; establece la primaria obligatoria y laica, así como que cada hacienda grande y mediana cuente con una primaria; introduce el sistema froebeliano y la República Escolar en cada plantel, a manera de un gobierno democrático representativo, para estimular la conciencia cívica y revolucionaria de la juventud e infancia; moderniza la educación normal; prohíbe la incorporación de escuelas religiosas de enseñanza preparatoria y profesional, y cierra colegios femeninos de monjas; aumenta el presupuesto educativo, nombra más de dos mil maestros y funda más de mil escuelas rurales, cientos de bibliotecas, escuelas para adultos y la Escuela Vocacional de Artes Domésticas.

Finalmente, reorganiza y moraliza la administración pública estatal, trata de hacer de la misma una función libre de sectarismos; implanta horarios fijos, reduce la burocracia y aumenta el sueldo de los mejores empleados públicos.

Entrega el gobierno en 1918, tras las elecciones realizadas conforme a la nueva Constitución de 1917.

Al año siguiente funda el periódico El Heraldo de México en el que permite que escriban los grupos comunistas. Es ascendido a general de división en 1920. Se opone a la candidatura de Bonillas y se adhiere al Plan de Agua Prieta contra Carranza. Al triunfo de la rebelión, ocupa la secretaría de Hacienda y Crédito Público en el gobierno provisional de Adolfo De la Huerta.

El 4 de diciembre de 1923, se subleva en Jalisco en apoyo a Adolfo de la Huerta. Ahí defiende la línea de trincheras de Ocotlán, hasta ser vencido por Obregón el 11 de febrero de 1924. Es aprehendido en Colima, pero apoyado por los masones que agradecían al general Enrique Estrada, jefe de los rebeldes delahuertistas en Jalisco, haber respetado la vida de Lázaro Cárdenas cuando, herido, fue su prisionero, huye a Nueva York para presentarse con De la Huerta, quien lo nombra Jefe Militar del Sureste de una rebelión ya derrotada. Vuelve a Tabasco en marzo siguiente, en donde es vencido otra vez, por los generales Lucero y Castrejón en Palenque, Chiapas. ´

El 9 de junio de 1924, muere en la hacienda de El Hormiguero, Tabasco, víctima de una traición en una emboscada cerca de Palenque a manos del teniente coronel Diego Zubiaur que cumple órdenes del coronel Federico Aparicio, militar exfelicista.

Escribió: Mi actuación revolucionaria en Yucatán, La reconstrucción de México, Un mensaje a los pueblos de América, Carta al pueblo de Yucatán y Mi sueño.

Concluye su libro La reconstrucción de México con las siguientes Palabras Finales:
“Es hora de prueba para todos. Pero quienes mayores deberes y responsabilidades tenemos, somos nosotros los revolucionarios, que destruimos todo lo que nos pareció que no estaba bien, prometiéndonos a nosotros mismos y ofreciéndole a la nación que lo reconstruiríamos mejor.

Es ahora cuando debemos probar que no somos unos miserables que venimos a buscar nuestro mejoramiento personal en medio de la revuelta, del saqueo y del motín, porque nos consideramos incapaces de obtenerlo por nuestros esfuerzos.

Es el momento, único tal vez, en que tendremos la oportunidad de cumplir con nuestras promesas de mejoramiento social. Jamás circunstancias más favorables se presentarán a partido alguno, para llevar a cabo una obra gigantesca y maravillosa de amor y de bien.

La nación y el mundo entero tendrán ocasión de enterarse de si nosotros los revolucionarios somos hombres de bien, de si amamos a nuestro país, de si somos capaces de impulsar su progreso, de si somos un grupo de ciudadanos empujados a la acción por el ideal y por la sed de adelanto, de progreso y de justicia; o de si simplemente somos una cuadrilla de escapados de presidio, bajos, innobles, bestiales, en cuyos espíritus no tienen cabida los bellos, los altos pensamientos que anidan en las almas superiores.

Aquélla es la oportunidad. Este es el dilema:

O somos capaces de aprovecharla y mostramos que hemos merecido la confianza de que nos apoderamos por la fuerza o la dejamos escapar, confesándonos impotentes y cobardes.

O demostramos que somos dignos de guiar los destinos del país, o nos retiramos a maldecir nuestra derrota.

¡Basta ya de palabras! ¡Basta de declamaciones!

El mundo necesita saber de qué somos capaces. Pero quiere hechos tangibles, positivos, reales; no juegos malabares, ni prestidigitaciones, ni farsas, ni mentiras.

Este es, pues, el momento crucial para la nación y para nosotros los revolucionarios.

Debemos, pues, ser honrados con ella y con nosotros mismos.

Si no nos consideramos capaces de salvarla, dejemos la tarea a los conservadores: siquiera ellos son sinceros en fuerza de ser cínicos. Ellos aseguran que nuestro pueblo no se regenerará y que el único modo de tratarlo es a latigazos. Aseguran asimismo, que la libertad, la independencia y la soberanía de esta patria, que no es la de ellos, no son sino mentiras.

Dejemos pues, que se cumpla el destino y retirémonos a llorar nuestra impotencia y a ocultar nuestra vergüenza. Pero no sigamos representando esta farsa tragicómica; no sigamos jugando con el corazón, con la fe, con las ilusiones de este pueblo a quien sólo adulamos a fin de que nos sirviera para encaramarnos sobre sus espaldas y de allí saltar al poder, a la riqueza, a los goces.

El dilema no se presta a equívocos:

O cumplimos con espíritu de sacrificio; con abnegación los claros deberes que nos hemos impuesto; o seguimos con estas farsas irritantes y sangrientas.

'No hay términos medios.

En el primer caso, habremos merecido el respeto, el cariño y la estimación de los hombres de bien; y habremos conquistado la mayor gloria a que puede aspirar un buen ciudadano.

En el segundo caso, mereceríamos que los hombres honrados nos cerraran las puertas de sus moradas; y que las madres, tomando de la mano a sus hijos y señalándonos les dijeran:

Hijo mío, ese hombre que ves allí, ¡es un miserable! Huye de él, y aprende a odiarlo; porque esas charreteras de que se ufana, las robó a la sangre de millares de víctimas y a las lágrimas de dolor y desesperación de millares de viudas y de huérfanos, que se revuelcan en la miseria mientras el bandido, la bestia, nada en la opulencia, ¡malditos sean!”.

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride. Nacimiento 20 de julio de 1880. Muerte 9 de junio de 1924.